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FORJADORES DE MÉXICO: AGUSTÍN DE ITURBIDE ( 2a. Parte)

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  • 19 ene 2025
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador

 

Al día siguiente, una Junta de 38 miembros, presidida por Iturbide, proclamó el “Acta de Independencia del Imperio Mexicano” y constituyó una Regencia de cinco miembros:  Agustín de Iturbide, por supuesto, presidente; y los señores don Juan O”Donojú, don Manuel de la Bárcena, don Isidro Yáñez y don Manuel Velázquez de León.  Esta Junta Provisional Gubernativa nombró a Iturbide “Generalísimo”, por supuesto, con un sueldo de $120,000 pesos anuales; un millón de pesos de capital y veinte leguas cuadradas de terreno en Texas.

  Más tarde constituyó una Regencia, a la cual dirigí desde entonces, con el tratamiento de, por supuesto, “Su Alteza Serenísima”. Cito nuevamente a Iturbide: “durante el tiempo que formé parte de la Regencia, di muestras de mi talento y de mi energía personal para gobernar al país”.   El 25 de febrero de 1822 comenzó su actividad en el “Congreso Constituyente del Imperio”, que pronto entró en roces con la Regencia:  el Congreso se proclamó único representante de la soberanía de la nación, prohibió los gastos no autorizados por él (el Congreso), y eliminó los empréstitos forzosos.

  El 18 de mayo se produjo un motín en el Regimiento de Celaya exigiendo nuevamente que Iturbide fuera elegido emperador.  Otras unidades de la guarnición de la capital se unieron a la propuesta.  En los días siguientes hubo voces que decían que esos eventos habían sido organizados por el mismo Iturbide para obtener el trono.   Ese mismo día, 18 de mayo, el sargento Pio Marchá y los soldados del Regimiento de Celaya, se lanzaron a la calle y pedían a gritos la proclamación de Iturbide como emperador de México.  Iturbide, fingiendo sorpresa, por la manifestación cívico-militar que tenía lugar fuera de su casa y por los gritos de  ¡Viva Agustín Primero!  Iturbide, siguiendo con la farsa, salió de su casa a pedir calma a los manifestantes.  En su autobiografía Iturbide jura que no deseaba ser coronado emperador, tan es así que había solicitado a España que enviara a un infante para que se hiciera cargo del imperio mexicano, pero por la presión popular se vio obligado a aceptar; también menciona que el sacerdote Fray Servando Teresa de Mier, siempre le reprochó que se fuera a coronar emperador.

  Algunos días después, ya en la intimidad, en una carta, (Iturbide siempre fue un compulsivo epistolar) dirigida al general (ese sí generalísimo) Simón Bolívar, al que consideraba el único hombre en América capaz de comprenderlo, en la que le confesaba: “Carezco de la fuerza necesaria para empuñar un cetro; lo repugné, y cedí al fina por evitar males a mi patria, próxima a sucumbir de nuevo, si no a la antigua esclavitud, sí a los males  de la anarquía”.

  El 21 de mayo del mismo año de 1822, bajo la aprobación de un Congreso sin quorum e intimidado por la tropa adicta a Iturbide que de hecho lo tenía secuestrado, y bajo una votación de 67 votos a favor y 15 en contra, Iturbide fue coronado “Emperador de México, por la divina providencia y por el Congreso de la Nación, con el nombre de Agustín I”, confiriéndose él mismo, y como primer acto de su gobierno, el tratamiento de  “Alteza Serenísima”  Por esos días, un panegirista fanático del iturbidismo, publicó en un periódico de la capital con una evidente falta de la verdad y muy  insidiosamente, lo siguiente:  “Muy pocos monarcas de entonces y de ahora pudieron demostrar la legitimidad de dichas credenciales.  El emperador había sido llamado al trono no sólo por elección popular, sino también por el voto democrático del Congreso.

  Pero las rencillas de los antiguos insurgentes que fueron desconocidos por Iturbide para la conformación del nuevo gobierno de la nación seguían en pie, ya que doña Josefa Ortiz de Domínguez, quien en 1810 fuera participe en la iniciación de la Revolución de Independencia, se rehusó a formar parte de la Casa Real a la que había sido invitada como dama de honor.

  Acudo nuevamente a su autobiografía:  Durante mucho tiempo, hubo quienes pensaron que yo fui el verdadero héroe de la independencia mexicana y no Miguel Hidalgo.  Puesto que yo declaré la independencia de México pacíficamente.  Igualmente, hubo en su momento quien me acusó ser enemigo de la independencia por haber combatido a los primeros insurgentes.  Nada más falso, puesto que yo, como la mayoría de los criollos, estaba de acuerdo con alcanzarla desde que era coronel realista, aunque eso sí, nunca comulgue con los procedimientos de los primeros insurgentes a los que combatí.  Esto explica porque una gran cantidad de partidarios de la independencia prefirieron apoyar al virrey ante el peligro que suponía para sus vidas y propiedades el paso de la multitud sin cabeza”.

  En realidad, sus detractores olvidan que su ingenio político y militar que alcanzó en cuestión de meses hizo todo aquello que diez años de lucha fratricida y estéril no lograron: el fin del derramamiento de sangre.  A él se debió la anexión de Centroamérica, que pidió su incorporación al mexicano que en ese entonces extendió su territorio, desde Oregón y las márgenes del Río Mississippi, hasta Costa Rica.

  Las provincias de Centroamérica se habían unido al imperio desde el 5 de enero de 1822, por lo que durante el imperio de Iturbide, la extensión territorial del país fue de—4, 871.733 kilómetros cuadrados, Abarcando hacía el sur hasta Costa Rica y hacía el norte las Californias, Nuevo México y Texas.  Sin embargo, el imperio enfrentaba la oposición republicana y la resistencia de algunas guarniciones españolas.

  El enfrentamiento entre el gobierno imperial y el Congreso era inevitable.  En la sala de sesiones el presidente del Congreso don Isidro Yañez acuso al emperador Iturbide de traidor.  Una conspiración contra el gobierno fue descubierta en agosto de 1822 y el 26 de ese mes se apresó y encarceló a varios diputados implicados.  Se corrió la noticia de una conjura contra el imperio, por lo que inmediatamente se ordenó el arresto de aquellos traidores.  Entre ellos se encontraban don Carlos María Bustamante, don José del Valle, don Marcial Zebadúa, don Francisco Sánchez de Tagle y el padre Fray Servando Teresa de Mier, entre muchos otros.

  El emperador Iturbide se limitó a hacer una declaración en la que afirmaba: “Yo no puedo dejar que la nación se dirija hacía la anarquía y que hombres con poca experiencia y malas intenciones la dirijan al quitarme los medios que necesito para poder gobernar y hacer el bien.  El Congreso lleva ya ocho meses de sesiones y hasta ahora no me ha entregado un avance de la Constitución del Imperio, la ley hacendaria o el ejército; han pasado todo este tiempo discutiendo sobre asuntos vacuos con la intención de manchar mi imagen pública y hacerme parecer un tirano.  La nación ya está harta y desea una solución”.

  Acto seguido Iturbide decidió disolver el Congreso y nombrar una Junta que actuaba por completo a su servicio.  En contra de esas medidas, el gobernador de Veracruz, Antonio López de Santa Anna, decidió proclamar la República, con el llamado “Plan de Casamata”, e inmediatamente recibió el apoyo de otras generales como Vicente Guerrero, e incluso de las tropas que en principio debían acabar con el naciente imperio.

  Pero las arcas del país estaban vacías, había que tomar medidas para obtener fondos para la manutención del Imperio, por lo que se decidió aumentar el impuesto al pulque, además de solicitar un préstamo al extranjero por el monto de 30 millones de pesos.  Pero esto fracasó en Londres.  La necesidad de dinero en las arcas se había vuelto apremiante y las soluciones que se habían intentado para dar solución al problema no habían funcionado.

El primero de diciembre de 1822 había nacido ya el príncipe Felipe Andrés María Guadalupe. Pero no todo iba ser felicidad con la llegada de set nuevo miembro de la familia imperial, ya que al día siguiente, 2 de diciembre, el brigadier Antonio López de Santa Anna, quien había estado fraguando su venganza contr el emperador, se rebeló contra el imperio en la ciudad de Veracruz, proclamando la Republica.  Días después, el 6 de diciembre Santa Anna y Guadalupe Victoria proclamaron el Plan de Veracruz, exigiendo la reinstalación del Congreso y el 24 de enero de 1823 Vicente Guerrero y Nicolás Bravo se pronunciaron a favor.

  Mientras tanto el emperador envió al general Echávarri contra Antonio López de Santa Anna, pero Echávarri, en un acto de traición, en vez de combatir a Santa Anna se unió a él con su Plan de Casamata el 1º de febrero.  Las presiones de sus opositores en la ciudad de México obligaron al emperador a reunir al mismo Congreso que había disuelto antes.  Se presentó ante los diputados ofreciendo una disculpa por la disolución del Congreso tratando de hacer las paces con ellos. Pero todo fue inútil, los diputados estaban dominados por el rencor y el resentimiento contra Iturbide, y a base de presiones y amenazas lograron que el emperador Agustín I abdicara el 1º de marzo de 1823.

  Fray Servando Teresa de Mier, dominado por el odio gratuito que sentía por Iturbide, opinaba ante el Congreso que debía ser ahorcado; el Congreso, sin dar oídos a la opinión bárbara de Fray Servando, lo que si hizo, en acciones fuera de toda lógica y sin bases argumentativas, anular los Tratados de Córdoba y también el Plan de Iguala o sea que, de un plumazo, desconocía el triunfo de los insurgentes independentistas y también la independencia de México, al desconocer los tratados que convertían a México en una nación libre y soberana y la hacían de nuevo una colonia.

  Antes de salir del país, y con el fin de evitar una guerra civil y decidir exiliarse, Iturbide reinstaló el Congreso que había disuelto y el 22 de marzo abandonó la capital escoltado por una fuerza al mando del general Nicolás Bravo, y el 11 de mayo se embarcó rumbo a Europa.  Permaneció un tiempo en Livorno, Italia, para trasladarse luego a Londres. A pesar de su renuncia y exilio, la situación de México empeoró en lugar de mejorar resultando en vano el sacrificio del exemperador, pues llegaron rumores asegurando que Fernando VII, había restablecido en España el régimen absolutista y proyectaba la reconquista de México.

  Reportes provenientes de México indicaban que el país estaba cayendo en la anarquía y que la población, la iglesia y el ejército seguían pensando en el emperador y vieron en él la única persona capaz de traer paz y orden al México independiente.  Tales noticias suponían, sin embargo, un grave riesgo para los enemigos de Iturbide, todos aquellos que habían luchado por hacerlo caer, ahora redoblaban sus esfuerzos para anular todo el trabajo que sus partidarios hacían por traerlo de vuelta.

  En vista de todo eso, para el 28 de abril de 1823, el gobierno mexicano lanzó un decreto que decía:

1.- Se declara traidor y fuera de la ley a don Agustín de Iturbide, siempre que se presente en algún punto de nuestro territorio bajo cualquier título.  Si este fuere el caso, queda por el mismo declarado enemigo público del Estado.

2,- Se declaran traidores a la Federación, y serán juzgados conforme a la ley del 27 de septiembre de 1823, todo aquel que por escrito encomiásticos o de cualquier otro modo, coopere a favorecer su regreso a la República Mexicana.

  Iturbide ya había planeado su regreso sin saber que esos decretos lo exhibían como un criminal, un traidor para esa patria que él había ayudado a libertar.  En el exilio publicó sus memorias, en Inglaterra, a donde llegaban miles de cartas de México.  Los partidarios del añorado imperio no desistieron y pedían su regreso.  Sin dudarlo un instante decidió regresar y ofrecer su espada para defender a su país.  Su intención era retomar el trono que le había sido arrebatado, consideraba que era su obligación salvar al país de las manos de los irresponsables que lo habían hecho pedazos.

  Vuelvo a sus memorias:  “Mi única intención es ayudar a la consolidación de  un gobierno que en realidad haga feliz a la gente y que México ocupe el lugar que le corresponde entre las demás naciones.  No voy a buscar un trono que en verdad me desagrada, sino a mediar entre los partidos para lograr la unidad nacional y la paz”.

  Salió de Londres sin hacerse notar.  No le convenía que alguien se enterara de su partida, pues podría alertar al gobierno mexicano.  Un año después de su exilio, el 11 de mayo de 1824, navegó de Southampton a bordo del barco “Spring” rumbo a México.  No llevaba hombres armados y sólo lo acompañaba su familia.

  Desembarcó el 14 de julio en Soto la Marina.  Lo que él no hubiera querido sucedió, espías en Inglaterra habían llevado la noticia de su llegada a Antonio López de Santa Anna.  El nuevo gobernador y comandante de las provincias interiores, Felipe Garza, estaba esperando por él para arrestarlo.  Ante su sorpresa fue arrestado y conducido a la población de Padilla, Tamaulipas.  Iturbide ignoraba que el Congreso mexicano había expedido un decreto hecho público el 7 de mayo, por el cual se le consideraba fuera de la ley y ordenaba que en caso de presentarme en México, se me ajusticiara sin contemplaciones.

  Estaba resguardado en una habitación que daba a la plaza de Padilla, afuera de la misma 20 soldados lo custodiaban; eran las dos de la tarde con cuarenta y cinco minutos, cuando le notificaron que habría de morir tres horas más tarde.  Cuando llegó la hora, se levantó y el mismo gritó a los soldados que ya había llegado el momento.  Camino mu dignamente hasta el lugar de la ejecución.  Al sacerdote que lo confortaba le entregó, para hacerlo llegar a manos de su esposa, su rosario, su reloj y una carta.  Le quedaban en los bolsillos tres onzas de oro y quiso que las repartiesen entre los soldados que iban a ejecutarlo.

  De pie, cara a la muerte, habló a la multitud que se había reunido en torno a él atónita y conmovida contemplando la escena:  “Antes de morir quiero decir que no he sido un traidor a México, a quien he dado su independencia.  Mexicanos, ¡muero con honor por haber venido a ayudaros y gustoso porque muero entre vosotros!

  Una vez hecho esto, se arrodilló y beso el crucifijo que se le presentó y casi al mismo tiempo se dio la orden de fuego.  Recibió las balas en la cabeza y en el pecho, cayendo de bruces sobre el piso de la plaza.

  La pena se cumplió en Padilla, Tamaulipas, el 19 de julio de 1824.  Iturbide fue fusilado a la edad de cuarenta y un años.  Su cuerpo quedó en el suelo bañado en sangre, durante largas horas.  Sus restos fueron sepultados en una tumba frente a la iglesia del pueblo, en la misma población de Padilla.

  Al conocerse su muerte, se produjo una gran conmoción y México ya no  volvió a ser el mismo.  Acerca de este hecho, Manuel Payno afirmó que “ la muerte de Iturbide es una de las manchas más vergonzosas de nuestra historia.  El pueblo que pone las manos sobre la cabeza de su libertador es tan culpable como el hijo que atenta contra la vida de su padre”

  ¡Que aberración tan monstruosa, sólo vista en México--- dice Alfonso Junco--- loar la  libertad y maldecir al libertador, glorificar la obra y desdeñar al obrero, tomar el don y escarnecer al que lo da!

  En 1832, el general Mier y Terán se suicidó.  Se había arrojado sobre su espada justo frente a la tumba de Iturbide, estaba decepcionado por el fracaso de sus ambiciones de asumir la Presidencia de la República.

  En 1838, bajo la presidencia de Anastasio Bustamante, se trasladaron los restos de Agustín de Iturbide a la ciudad de México y se inhumaron con honores y gran pompa en la capilla de San Felipe de Jesús en la catedral metropolitana, donde permanecen hasta ahora, exhibidos en una urna de cristal.  Su nombre se inscribió más tarde, con letras de oro, en la Cámara de diputados de la Unión:  fue retirado después, a iniciativa de Antonio Días Soto y Gama; era presidente Álvaro Obregón.

 

 

Recurro ahora a las palabras  de Armando Fuentes Aguirre  “Catón”:

“Agustín de Iturbide fue a la tumba envuelto en un tosco sayal.  Ni siquiera hubo para él caja mortuoria:  su cuerpo se entregó a la tierra desnuda, y las paladas del sepulturero cayeron sobre él como si el suelo mexicano quisiera abrazarlo estrechamente.  La áspera estameña del humilde hábito de los franciscanos fue al mismo tiempo ataúd y mortaja para aquel que había vestido el rico armiño del manto de los emperadores.  En la arruinada iglesia de San Antonio de Padilla, que ni techo tenía ya, en una fosa que se cavó de prisa, sin monumento alguno que señalara el sitio en que reposaba el libertador de México su sueño eterno, ahí quedó Iturbide olvidado de todos.  Había dado a los mexicanos independencia y libertad, y ellos lo persiguieron, lo llamaron traidor, lo fusilaron en un cadalso deshonroso, y por fin lo sepultaron y cubrieron de tierra su cuerpo, y de lodo su memoria”.

“Se puede asesinar a los hombres y arrancar de los muros las letras de sus nombres.  Nada, sin embargo, es suficiente para borrar el mérito, la memoria de quien dio la independencia a un pueblo.  Y, niéguelo quien lo niegue, eso fue lo que hizo Iturbide: le dio al pueblo mexicano libertad e independencia”.

  Después de la ejecución del Emperador, su familia huyó al extranjero y vivió en los Estados Unidos cuatro décadas casi en el anonimato.  La exemperatriz doña Ana María Huarte de Muñiz y Carrillo de Figueroa, nieta del Marqués de Altamira, falleció en los Estados Unidos, donde varios de sus hijos contrajeron matrimonio.

  El hijo mayor, Agustín Jerónimo de Iturbide, murió soltero en 1866.  El hermano de éste, Ángel de Iturbide, que casó con la estadounidense Alicia Green, murió en la ciudad de México el 18 de julio de 1872, el mismo día de la muerte de Don Benito Juárez.  Su hijo único, Agustín de Iturbide y Green, nacido en Washington, D. C. en 1863, fue adoptado por el Emperador de México Maximiliano de Habsburgo quien lo hizo heredero al trono; fue expulsado de México por Porfirio Díaz.  Murió en los Estados Unidos en 1925, sin haber tenido descendencia de su matrimonio con Luisa Kearney.  Otro nieto, Salvador de Iturbide y Marzán quien murió en 1895, recibió también el título de Príncipe durante el reinado de Maximiliano de Habsburgo; contrajo nupcias en 1871 con la baronesa Gizella María Teresa Mikos de Tarrodháza.  De esa unión nació María Josefa de Iturbide y Mikos de Tarrodháza, quien hereda el título de Principe Iturbide y la Jefatura de la Casa Real de la Dinastía Iturbide, a su nieto Maximiliano Von Gotzen Iturbide.

  Agustín de Iturbide es una gloria de México.  Su genio militar, su visión política, su gobierno magnánimo, su abdicación gloriosa, su decencia personal, su amor al pueblo y el amor de su pueblo, lo colocan entre las figuras universales de la historia y sin duda alguna uno de los más admirables y auténticos forjadores de México.

 
 
 

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