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FORJADORES DE MÉXICO: DON FRANCISCO I. MADERO GONZÁLEZ (1a. Parte)

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  • 2 feb 2025
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador


  Francisco Ignacio Madero González nació el 30 de octubre de 1873 en la hacienda del Rosario, Parras de la Fuente, Coahuila; hijo de Francisco Madero Hernández y Mercedes González, ambos procedentes de familias de hacendados pudientes, y básicamente apolíticos, , no obstante que su bisabuelo, don José Francisco Madero, había sido diputado en el primer Congreso Constituyente de los Estados de Coahuila y Texas, y su abuelo, don Evaristo Madero, había sido gobernador del Estado de Coahuila, ya definido como una entidad federativa. 

  Francisco I. Madero estudió la carrera de comercio; primero en Baltimore, Estados Unidos, después en el Liceo de Versalles, Francia, y finalmente en la Universidad de California, en Berkeley, donde terminó su educación formal a los veinte años de edad, cuando regresó a México para casarse con doña Sara Pérez y establecerse en San Pedro de las Colonias, con el encargo de su padre de administrar las vastas tierras de cultivo que tenía la familia en la región de La Laguna.  En esta posición, él se entregó  de lleno a las faenas agrícolas, investigando e implantando nuevos modelos de sistemas de cultivo, y sobre todo de aprovechamiento de las aguas del Río Nazas, que eran el recurso hidráulico de los campos de Tlahualilo y de La Laguna. 

  Aquí comienza a perfilarse en él una nueva ética, si bien no propiamente revolucionaria, sí distinta de la que habían sustentado sus ancestros, quienes  vivían prácticamente como señores feudales, seguidores de una tradición hispánica ancestral, pues en sus ideas tenía vigencia el concepto de equidad social y la propuesta del progreso económico para beneficio de la comunidad en su conjunto.  En este sentido, en 1900, publicó un folleto en el que proponía la construcción de una presa en previsión de la sequía, lo que fue un proyecto muy bien acogido por los tecnócratas “científicos” de la política de ese momento, incluyendo al propio Porfirio Díaz, quien leyó el citado folleto y mandó una nota de felicitación al que llegaría a ser el artífice de su caída y la de su sistema político.

  En aquellos tiempos, Madero no manifestaba tendencias políticas, pero sin duda era un hombre de poder, pues en las condiciones sociales de la época, el podía haber hecho lo que su voluntad le dictara en beneficio del feudo familiar y personal, explotando al máximo a los trabajadores del campo para beneficio de una elite a la que pertenecía.  Sin embargo Madero ya no era el representante lógico de ese sistema político, sino un hombre que, a pesar de su posición, ha concebido una energía de vanguardia, caracterizada por la reinterpretación del liberalismo tradicional, en busca de un modelo social que no haga distinción entre las personas y promueva el bien político en armonía con el privado.  Pro más que una postura filosófica , su actitu deviene en una especie de “bondad intrínseca”, de una suerte de humanismo del corazón y no sólo de la razón.

  Cuidaba de que no engañase a los empleados de su hacienda en el peso del algodón; aumentaba espontáneamente los salarios de los jornaleros; construía para sus trabajadores habitaciones espaciosas, higiénicas y bien ventiladas, y, aficionado a la medicina homeopática, a menudo cargaba con su pequeño botiquín y recetaba a sus peones.  Era digno de verse como lo asediaban los enfermos y menesterosos, a quienes proporcionaba alivio del dolor, consuelo de las penas, y recursos pecuniarios;  en los años de malas cosechas, en las que los vecinos carecían de trabajo, organizaba en Parras un comedor público, sin que por eso faltasen cincuenta o sesenta niños pobres en su casa particular, donde se  les alimentaba diariamente, siempre contribuía con fuertes sumas a sostener los institutos de beneficencia; recogía huérfanos desamparados y le preocupaba sobremanera  la instrucción del pueblo; protegía y dio educación a muchos jóvenes pobres que ansiaban abrirse paso en la vida, y los mandaba, a sus expensas, a estudiar a diversos lugares del país.  Fundó la Escuela Comercial de San Pedro, asignándole, de su peculio, una fuerte cantidad, además de otros colegios que sostenía en sus dominios, obligando a sus trabajadores a mandar a sus hijos a la escuela, predicando siempre que es la ignorancia la que engendra la ignominia.

  En 1906, figuró como delegado por el Centro de Estudios Psicológicos de San Pedro de las Colonias, en el Primer Congreso Nacional Espírita, donde expone una síntesis de una visión metafísica de la vida y de la muerte que parten de la idea de las personas como entidades espirituales que van ascendiendo de vida en vida y de mundo en mundo en un proceso de perfeccionamiento que lleva a la conciencia absoluta, desligada de la materialidad.  Este era un paráfrasis  de su libro favorito en aquellos tiempos: “El libro de los espíritus”, de Alan Kardec, que representaba para mucha gente avanzada de la época, una alternativa entre religiosa y racional, con lo que se procuraba llenar un hueco espiritual que la iglesia tradicional había dejado vacante.

  A pesar de aquella orientación metafísica, desde 1904 Madero comienza a orientarse a la política, tal vez buscando trascender su labor filantrópica particular en una forma más amplia y organizada de transformación social, creando la primera de sus células políticas, que fue el Club Democrático Benito Juárez, donde el fungió como presidente, tomando con ello la primera iniciativa política, en un proceso que ya no terminaría sino hasta el ascenso de su efímero mandato presidencial.

  En 1905, Madero tuvo contacto con la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano y se entusiasmó con sus propuestas, por lo que apoyó económicamente para la publicación del periódico “Regeneración”; sin embargo, después retiró su apoyo por diferencias ideológicas con Ricardo Flores Magón y su grupo de tendencia radical, que veía en Madero un idealista sin una filosofía social definida.  Ese mismo año edita el periódico “El Demócrata” con la finalidad de crear una base política para participar en las elecciones del Estado de Coahuila, realizando una convención a la que estaban invitados todos los personajes de importancia del Estado, a la manera tradicional, es decir, de manera aceptable para el régimen; pero Madero lanza una iniciativa inusitada, revolucionaria y ciertamente retadora: la Convención debía realizarse al margen del gobierno federal, en Torreón y sin someterse a la anuencia de Porfirio Díaz. El discurso en el que Madero hace dicha propuesta representa una denuncia explícita al régimen, presentando ya una clara actitud revolucionaria.

  En febrero de 1908, Porfirio Díaz concedió una entrevista, al periodista angloamericano James Creelman, en las que destacan las siguientes afirmaciones:

---Es cierto que no hay partidos de oposición, tengo tantos amigos en la República que mis enemigos no se encuentran deseosos de identificarse con las minorías.  Aprecio la bondad de mis amigos y la confianza que en mí deposita el país; pero una confianza tan absoluta impone responsabilidades y deberes que me fatigan más y más cada día.  Tengo la firme resolución de separarme del poder al expirar mi período, cumpla ochenta años de edad, sin tener en cuenta lo que mis amigos y sostenedores opinen, yo no volveré a ejercer la presidencia.

---Mi país ha depositado en mí su confianza, han sido bondadosos conmigo; mis amigos han alabado mis méritos y han callado mis defectos; pero quizá no estén dispuestos han ser tan generosos con mi sucesor, y es posible que él necesite de mis consejos y de mi apoyo; por esta razón, deseo estar vivo cuando mi sucesor se encargue del gobierno.

---Si en la República llegase a surgir un partido de oposición, lo miraría como una bendición y no como un mal, y si ese partido desarrollara poder, no para explorar, sino para dirigir, yo lo acogería, lo apoyaría, lo aconsejaría y me consagraría a la inauguración de un gobierno completamente democrático.

  Fracasado el intento de separatismo político y autoafirmación del Estado de Coahuila, Madero se retira a su feudo de La Laguna y comienza a escribir su famoso libro: “La sucesión presidencial en 1910” en el que prácticamente le “toma la palabra” a Porfirio Díaz y se asume como representante de esa madurez política que ahora ya no sólo anhela la libertad, sino que la exige, y la postula en la forma de una democracia representativa que dé voz y voto a todos los ciudadanos, rompiendo con el esquema tradicional de las elites gobernantes.

  Uno de los grandes méritos del libro de Madero era su estilo claro y sencillo, en el que se manejan propuestas tan puntuales que podían ser comprendidas y asimiladas por cualquier persona y repetidas de viva voz, con lo que se tenía una forma de ideología práctica y vivaz, que podía convertirse en un rumor popular lleno de sentido, pues de lo que se trataba, en primera instancia, era de acabar con lo viejo y dar acceso a lo nuevo, siendo el primer paso del advenimiento de lo nuevo el respeto al voto y el impedimento que personas y grupos se entronizaran en el poder; es decir: “sufragio efectivo y no reelección”.

  Con base en la amplia difusión de su libro y el protagonismo político que se ha creado a partir de sus artículos en diversos medios y sus presentaciones públicas, Madero decide lanzarse a la lucha electoral por la presidencia de la República en 1910, como candidato del Partido Antireeleccionista, cuya convención se realiza en la ciudad de México el 17 de abril de ese 1910, definiéndose como candidato a la Presidencia de la República a Francisco I. Madero y a la Vicepresidencia a Francisco Vázquez Gómez.

  Así comenzó la exitosa campaña electoral de Madero, lo que sin duda preocupaba mucho al grupo en el poder, por lo que decidieron recurrir al juego sucio y elemental que les había funcionado durante treinta años, de manera que el 15 de Junio, menos de un mes para las elecciones, Madero fue arrestado en Monterrey por la policía secreta del dictador Díaz, por el cargo de “oponerse a la autoridad”, y el 21 de ese mes fue trasladado a San Luis Potosí, donde se aumentaron los cargos, atribuyéndosele “conato de rebelión y ultraje a las autoridades”.  Una vez ahí, se le concedió libertad condicional, y la condición era que no podía salir de la ciudad.  Simultáneamente, el régimen procedió a callar toda forma de protesta pública, clausurando las publicaciones de oposición y encarcelando o amenazando a los líderes de opinión.

  El 16 de septiembre de 1910, el general Díaz se dirigió al Congreso para señalar que las elecciones se habían celebrado en calma en todo el país y que se estaban realizando los recuentos correspondientes.  Ocho días después, la Cámara de Diputados y el Congreso electoral se reunieron para dictaminar sobre las elecciones y el cuatro de octubre Porfirio Díaz y Ramón Corral fueron declarados reelectos.  Lo único que quedaba para Madero en esas circunstancias era fugarse de su confinamiento en la ciudad de San Luis Potosí, y comenzar el proceso revolucionario que ya había concebido.

                                             El 16 de abril, contando con la ayuda de un empleado suyo, Julio Peña, y disfrazado de empleado de los ferrocarriles, Madero logró escapar, y el 7 de octubre cruzó la frontera para dirigirse a la ciudad de San Antonio, Texas, donde se encontraba el centro de operaciones de los exiliados políticos, mismos que estaban dispuestos a impulsar la Revolución armada, por lo que suscriben un proyecto auténticamente revolucionario que Madero lama “Plan de San Luis”, pues, al parecer, fue redactado por el mismo en su prisión en San Luis Potosí. Ahí se fija la fecha del 20 de noviembre de 1910 para dar comienzo a la lucha armada, por lo que esa fecha se ha consagrado como el símbolo conmemorativo de la Revolución Mexicana. A principios de mayo de 1911, el avance revolucionario en el norte y sur del país,obligó a Porfirio Díaz a obtener una paz convenida, enviando emisarios para pactar con los cuadros maderistas que se encontraban en las afueras de Ciudad Juárez, apoyados por las fuerzas de Francisco Villa y Pascual Orozco, quienes, por acciones revolucionarias, habían sido ascendidos a coronel y general  respectivamente.

  El 7 de mayo, Madero anunció que marcharía sobre el sur del país, mientras que un manifiesto suscrito por el coronel federal Manuel Tamborell, en el que se ofendía a los rebeldes, decidió a los jefes maderistas Villa y Orozco a atacar Ciudad Juárez aún en contra de las órdenes de Madero quien temía que un ataque sobre la ciudad fronteriza podría provocar que parte de la metralla de los revolucionarios caería sobre la ciudad de El Paso, Texas, generando una posible reclamación del gobierno estadounidense.  La plaza de Juárez estaba defendida por unos 850 soldados dirigidos por el general Juan J. Navarro.  El combate se prolongó hasta el día 10 de mayo y en el mismo murió el coronel Tamborell y el general Navarro fue hecho prisionero.  La toma de Ciudad Juárez fue la acción de armas más importante del período maderista de la Revolución y dio lugar a la disposición del gobierno de Díaz para entrar en negociaciones.

  Para mayo de 1911 los maderistas de Durango y Coahuila habían ocupado varias poblaciones de sus respectivos Estados, entre ellas las aledañas a la ciudad de Torreón, Coahuila; Matamoros de La Laguna, y las poblaciones de Ciudad Lerdo y Gómez Palacio.  El 4 de mayo Gómez Palacio cayó en manos de los rebeldes maderistas: los federales, que estaban bajo las órdenes del general Emilio Lojero, abandonaron la plaza para concentrarse en Torreón, que quedó sitiada el día 12.  Luego de tres días de recios combates, los defensores, menos de mil, evacuaron la plaza silenciosamente en la madrugada del día 15 de mayo.  Los jefes maderistas: Emilio Madero, Jesús Agustín Castro, Orestes Pereyra, Sixto Ugalde y Gregorio García habían pasado la noche en Gómez Palacio, ignorantes de que la plaza estaba siendo evacuada por los federales del general Vicente Lojero.

  Tan pronto como los rebeldes notaron la ausencia de los federales, algunos grupos secundarios empezaron a entrar a la plaza abandonada y, unidos a los habitantes más pobres de Torreón, notoriamente bebidos unos y otros, se dedicaron a saquear los principales comercios y perpetraron una terrible matanza de la población china de la ciudad.  El único jefe que estuvo presente fue Benjamín Argumedo, a quien después quiso usarse como chivo expiatorio.  Aunque tarde para los chinos, Emilio Madero y Orestes Pereyra lograron poner fin a los desmanes.  Cuando Emilio Madero logró restablecer el orden, contó 249 chinos asesinados.  Tres meses después, la legación china en México presentó los nombres de 303 víctimas.  Algunos resentidos con el villismo, culpan a Francisco Villa, quien en esos momentos estaba a 835 kilómetros de ahí y aún no tenía mando ni presencia en La Laguna.

  Ante estos hechos el gobierno de Díaz tuvo que deponer su actitud combativa y proponer una negociación que bien podía interpretarse  como una claudicación, pues los dos puntos de entrada del Plan de San Luis estaban ganados: Porfirio Díaz renunciaría y se convocaría a elecciones libres y democráticas.  Así las cosas, la Revolución iniciada en noviembre de 1910 había terminado triunfante en mayo de 1911:  El Presidente Porfirio Díaz renunció a la Presidencia el 25 de mayo de ese año.

  El 31 de mayo de 1911, en el puerto de Veracruz Porfirio Díaz  se embarcó en el vapor alemán “Ipiranga”, con destino a su exilio en Francia, siendo despedido por la alta sociedad veracruzana y por aquellos que habían viajado desde la ciudad de México para dar rienda suelta a la melancólica añoranza de unos tiempos que ellos habían vivido como un sueño romántico, en un país que comenzaba a despertar.

 
 
 

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