FORJADORES DE MÉXICO: DOROTEO ARANGO, EL OTRO PANCHO VILLA.(1a. de 4 partes).
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- 10 ago 2025
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
_________________________________________________________________________________ Nota aclaratoria del que escribe: No soy conferencista ni mucho menos historiador de profesión y de tiempo completo. Cuando mucho me considero un investigador de textos históricos y de afición autodidacta, generada por mi enamoramiento de la historia mexicana en especial de la Revolución y particularmente de la legendaria personalidad del general Francisco Villa, del cual, y a pesar de todo, soy admirador.
Todos estos escritos son fruto de labores de investigación de las obras de incontables autores a las que he recurrido en mi afán por conocer gran parte de la historiografía mexicana, y poder plasmar los datos adquiridos de la misma en todos estos artículos complementados en parte por mi aportación personal; precisamente el siguiente artículo sobre Doroteo Arango está basado en los datos consignados por el historiador señor Ernesto Visconti Elizalde en su magnífico libro: “El gûero Doroteo Arango”, y parte también del autor austriaco Fiedrich Katz en su magnífica obra; “Francisco Villa”; posiblemente la mejor biografía del personaje en cuestión que se haya publicado. Obras que son enumeradas en la bibliografía general de “Los Forjadores de México” presentada al final de todos ellos.
PRIMERA DE CUATRO PARTES
Francisco Villa fue un personaje polémico y el más controversial de le Revolución mexicana, y yo iría más lejos, de toda la historia de México, ya que, de acuerdo con mi opinión, no existe otra figura que haya causado más controversia y polémica en toda nuestra historia y más aún más allá de nuestras fronteras.
En la historia de este personaje el investigador se encontrará con varias y distintas versiones en muchos acontecimientos que conforman la vida de este singular personaje ya que desde su origen y hasta en su nombre existen controversias, y al efecto nuestro presente artículo es sobre la figura no del Villa revolucionario, sino de su antecesor Doroteo Arango.
Cuando alguna vez pregunté a alguien su opinión sobre Pancho Villa, me respondió simple y llanamente con la cantaleta acostumbrada del que no ha leído mucho sobre el personaje: “ fue un bandido y un asesino”, y aun como admirador que soy de él no tengo más remedio que darle la razón aunque en parte solamente, ya que si quiero ostentarme con justicia e imparcialidad y en honor a la verdad, no puedo soslayar la vida criminal del Francisco Villa en su faceta de Doroteo Arango, por más admiración que sienta por el personaje.
Pero vayamos a escudriñar los datos que sobre la vida de este singular personaje, Doroteo Arango, tenemos a la mano. Son los principios del siglo XIX, allá por los años 1820, tiempos en que nuestro México estaba a punto de despertar, y nos situamos en el Estado de Durango en la hacienda llamada “Ciénega del Basoco” una pequeña hacienda en comparación con su vecina, la hacienda “Santa Isabel de Berros”, que incluía el Rancho de Río Grande y el caserío “La Coyotada”.
La hacienda Ciénega del Basoco era una hermosa hacienda de don Luis Fermán Gurrola, mexicano de 41 años, viudo de doña Rosario Gracia y padre de los niños Luis y Miguel Fermán Gracia. Don Luis era a su vez hijo heredero de don Luis Fermán, padre, judío austriaco converso al cristianismo y originario del Principado Lichtenstein (pequeño principado independiente, situado entre Suiza, Austria y Alemania), quien inmigró a México y se casó con doña Úrsula Gurrola, los que adquirieron y ocuparon desde 1836 la Ciénega de Basoco; procreando a tres hijos: Luis, Jorge y Candelaria. Años más tarde fallecería Jorge, siendo niño, y Luis, llegaría a ser dueño de la hacienda, a la muerte de sus padres.
Es el tiempo de la famosa “paz porfiriana” cuando la modernización tocó a las puertas de México dando principio a un auge económico sin precedente. El ferrocarril se convirtió en el ícono de la dictadura porfirista ya que al comenzar el largo régimen del porfiriato existían en el país poco más de 800 kilómetros de vías férreas, y al dejar Díaz el poder en 1911 la red alcanzaba los 20 mil kilómetros al mismo tiempo que empezó a fluir la inversión extranjera; Se reactivaron la industria, el comercio y la minería, la explotación del petróleo se manifestó como la actividad más rentable, los bancos se expandieron a lo largo y ancho del territorio nacional y las casas comerciales se multiplicaron. Las ciudades comenzaron a mostrar un rostro diferente: el de la luz eléctrica y las calles asfaltadas, el del telégrafo, el correo eficiente y el teléfono; los apellidos de abolengo florecieron pronto y una gran aristocracia rodeó al Presidente.
Pero, como en toda dictadura, la prosperidad de unos cuantos se asentaba sobre la miseria de la mayoría. Las contradicciones sociales eran escandalosas. El progreso material corría sobre los rieles de la desigualdad. Buena parte de las haciendas porfirianas habían despojado a los pueblos de sus tierras, con la complacencia y aún con la complicidad de las autoridades porfiristas. La llamada paz porfiriana se había escrito con sangre de los desposeídos que con el tiempo pasaron a ser la clase esclavizada de los terratenientes.
Las haciendas de esos terratenientes se nutrían con el trabajo de los peones de las rancherías circundantes a las mismas, que al no encontrar sustento en sus lugares tenían por fuerza que ingresar a los únicos lugares donde podían por lo menos asegurar los alimentos para sus familias, a costa de sufrir jornadas de trabajo agobiante durante 12 o 16 horas al día por un mísero jornal que, incluso, era manejado por las esclavizantes tiendas de raya que le aseguraban al hacendado disponer de la vida de sus peones y de sus familias. Una de esas rancherías era la llamada “Coyotada” que pertenecía a la Congregación de Río Grande en la municipalidad de San juan del Río, Durango.
En La Coyotada vivía la pareja formada por Agustín Arango y Micaela Arámbula qué aunque ya tenían buen tiempo de casados no habían podido procrear descendencia. Agustín era uno de los peones que se enrolaron en la Hacienda Ciénega del Basoco de la familia Fermán Gurrola. Agustín, que era un individuo trabajador, disciplinado y cumplido, pronto llegó a ser un mediero de confianza del Patrón don Luis Fermán (mediero: el que trabaja la tierra ajena, con reparto proporcional de la cosecha) y tan cercano estaba con el patrón que logró, con anuencia de él, colocar a su esposa Micaela como doméstica en la casa grande de la hacienda.
La casa grande la dirigía la mano inestable de doña Candelaria Fermán Gurrola, mujer extravagante, hermana de don Luis, qué al quedar viudo hacia cuatro años, había tomado el manejo de la casa, aunque con múltiples deficiencias por su carácter especial y excéntrico. Sin embargo, estas deficiencias las cubría con creces doña Encarnación, matrona que había sido asistente de la finadita Rosario Gurrola la madre de toda la familia. Fue la misma doña Candelaria, preocupada siempre y de manera extrema por la limpieza y pulcritud, quien había decidido que Micaela fuera de los “criados de adentro”; pues si algo tenía Micaela, era ser muy limpia, disciplinada y bien portada, pues planchaba a diario sus modestas blusas y faldas, y lo primero que hacía al llegar a la hacienda era quitarse los huaraches y asearse los pies del polvo del camino (la distancia que tenía que recorrer de la Coyotada a la hacienda era poco menos de dos leguas, algo así como 8 kilómetros). Esto le valió que doña Candelaria la designara al servicio personal del patrón don Luis para que limpiara su habitación, le atendiera en su despacho y ordenara su ropa y enseres.
Don Luis era un hombre alto casi rubio y de ojos azules y de buenos modales, en suma era un individuo bastante atractivo a los ojos femeninos. Micaela por su parte era una mujer alta muy blanca y con buenos atributos físicos y don Luis no tardó mucho en fijarse en ella y siempre hablándole con piropos y requiebros. A Micaela por su parte, y aunque le incomodaba la actitud del patrón, que cada vez era más atrevida y evidenciaba su intención, no dejaba de proporcionarle la satisfacción muy interior de serle atractiva al patrón de Ciénega del Basoco, dueño y señor de vidas y tierras; y del que ella sabía le sobraban mujeres pues desde que se quedó viudo, eran conocidas sus aventuras amorosas.
Doña Candelaria, en una de sus extravagancias, decidió irse de viaje de compras a la ciudad de Durango y llegar incluso hasta Guadalajara y para lo cual solicitó a su hermano, el patrón, que le acompañaran Agustín y Rodolfo el caporal para que le ayudaran a manejar todas las compras que tenía proyectadas en el viaje que iba a durar dos semanas. Don Luis y Micaela, ya enamoriscados el uno del otro, y con dos semanas completas para ellos solos, se dieron vuelo en sus devaneos lúbricos sin importarles que la servidumbre y en especial doña Encarnación, se dieran cuenta de sus trafiques amorosos aun cuando todo era consensuado por ambas partes, principalmente por Micaela quien aprovechaba que Agustín, su esposo, también iba a estar ausente por esas dos semanas. Don Luis se había enamorado de Micaela pues sentía una necesidad extrema de conservarla para sí. Para Micaela había sido una aventura feliz, pero sólo una aventura, sabía qué aunque no existiera Agustín, su esposo, la “rancia sociedad” no permitiría que ella fuera nada más que una de tantas amantes del patrón. Quería ya regresar a su vida rutinaria anterior y compensar a Agustín de algún modo, por la ofensa cometida.
Eran mediados de noviembre de 1877 y la menstruación de Micaela se había detenido; señal inequívoca de embarazo, máxime que empezó a sentir nauseas moderadas, mareos apenas perceptibles y hambre, mucha hambre a todas horas. Era el momento apropiado para comentárselo a Agustín su esposo diciéndole, por supuesto, que él era el culpable de ese embarazo. Los acontecimientos naturales de la situación se precipitaron: doña Encarnación, al saber del embarazo de Micaela y de donde provenía, y que el producto del mismo pertenecía a don Luis, despidió a Micaela no sin antes indicarle hablara con el patrón e informarle su situación y el motivo de su despedida. Don Luis, lamentando la situación, pero reconociendo que dadas las circunstancias Micaela no podía permanecer en la hacienda, le dio una compensación de veinte pesos plata más veinte reales que se le debían por su trabajo del mes; la compensación no era nada despreciable teniendo en cuenta que Micaela ganaba 3 reales diarios y el real equivalía a 12 centavos, esa gratificación significaba por lo menos 3 meses de trabajo.
Al esposo de Micaela le dio mucho gusto que su mujer se embarazara después de varios años de casados y más cuando el patrón don Luis le condonó la deuda que tenía en la tienda de raya y que equivalía a más de cincuenta pesos, prácticamente 6 meses de trabajo. Con todo eso don Luis buscaba que su próximo hijo naciera bien y que no le faltara nada, aunque posiblemente nunca pudiera conocerlo; todavía, y quizá para acallar un poco su conciencia, le dobla el salario al futuro “padre de su hijo”.
Y llegó el día 5 de junio del año 1878 y eran las tres de la tarde, cuando micaela dio a luz un varón sano, en buenas condiciones generales y con un excelente peso; “blanco y colorao”, como expresara su “padre” Agustín; y que respiró y lloró inmediatamente. Doña Simona la partera y Sarita su asistente, lo recibieron y atendieron. El cielo estaba radiante y el día caluroso, empezaban a caer las primeras lluvias fuertes de la temporada y el campo se vestía de verde. En la casa todo era movimiento. Rosita y Angelina, vecinas de La Coyotada, habían llevado tamales, arroz y agua de melón; además de camote con miel de piloncillo, que fue lo único que le apeteció a Micaela. Hasta Nacho, el matancero de la hacienda y esposo de Angelina llevó un medio costillar de borrego, para que se preparara ese o el día siguiente. Esa tarde con su hijo rodeado con su brazo, Micaela recordaba como algo lejano, las premoniciones de doña Lucita, la bruja blanca, que al tocarle la panza dijo que había sentido un halo de muerte. El parto fue normal, no hubo mucha sangre ni mucho dolor y un universo de proyectos se abría para el futuro y se sentía realmente completa y feliz, dejando en un apartado rincón de su mente, el engaño y la infidelidad que le había cometido a Agustín.






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