FORJADORES DE MÉXICO: DOROTEO ARANGO, EL OTRO PANCHO VILLA. (2a. de 4 partes)
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- 17 ago 2025
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
Los años pasaron, Doroteo ya tenía tres años y se desarrollaba como un niño muy sano y ya sus rasgos físicos estaban definidos: cabello castaño claro con entrepelo rojizo, ojos amarillo dorado que cambiaban de intensidad según la luz del ambiente y la piel muy blanca, lo que propiciaba que, cuando hacía esfuerzos o se irritaba, adoptaba el tono de “gûero”. La gente comenzaba a llamarle “el gûero Doroteo”, que en el tono de piel no se parecía ni a su padre Agustín ni a su madre Micaela, aunque esta era muy blanca.
El bautizo de Doroteo fue la última fiesta ostentosa de los Arango por ser el primogénito de la familia, pues al siguiente año, el 25 de julio de 1879 nacería su hermana María Ana Arango Arámbula. Al siguiente año, el 25 de julio de 1880, nacería José Antonio, su segundo hermano; para el 30 de enero de 1882, llegaría María Martina; y el 3 de agosto de 1883 su cuarto hermano José Hipólito, arribaría a este mundo.
Cinco embarazos casi continuos habían desmejorado y avejentado a Micaela, hoy de 25 años. Y Agustín, desde el tercer embarazo de Micaela, había perdido el entusiasmo por su mujer y descendencia; la economía familiar bastante abatida y la demanda de mayores recursos, acompañado de una fiebre reumática crónica, hacían que a los 34 años de edad Agustín pareciera de 50; a más de los constantes cambios de domicilio ---cada uno de los hijos había nacido en distintas comunidades--- en busca de estabilidad laboral y económica, lo iban derrotando.
Agustín había sido un padre afectuoso, sin ser cariñoso en extremo. Doroteo ya lo acompañaba a las lomas magueyeras, donde su padre cuidaba de unos magueyes silvestres y él fue conociendo el oficio de tlachiquero y ayudaba a su padre a colectar el aguamiel en guajes o bules, y venderlo en pequeñas barricas o botellas que compraban en San Juan del Río; distribuyéndolo a pedimento por toda la región. El negocio no era lo suficientemente bueno, y Agustín tenía el compromiso de llevar aguamiel gratuito a la Hacienda de Santa Isabel de Berros, cercana a Canatlán, a cargo de don Agustín López Negrete, pues era el arrendatario donde estaban las magueyeras de aguamiel; aun así le quedaban unos pocos centavos para el mantenimiento de su casa.
Pasó el tiempo y el destino quiso que Agustín se enterara por medio de Rodolfo el caporal de la hacienda y al que apodaban “el tejón”, de los hechos que rodeaban el nacimiento de su hijo Doroteo y él porqué era tan diferente al resto de sus hijos. El tejón en su momento supo por los chismes de las mujeres que trabajaban en la casa grande de la hacienda, que el niño Doroteo en realidad era hijo del patrón don Luis y aunque supo guardar el secreto por varios años llegó el día en que estando un domingo tomando con Agustín en una piquera de San Juan, y bajo los humos del alcohol, le soltó a Agustín toda la historia de cuando Micaela trabajaba a las órdenes de don Luis y los hechos tortuosos que rodeaban el nacimiento del niño Doroteo. La reunión en la piquera terminó liándose a golpes los dos “amigos” y aunque finalmente no hubo consecuencias de consideración, Agustín llegó a su casa donde le reclamó a Micaela todo el escabroso asunto y aunque ella lo negó rotundamente alegando que todo era un chisme de las criadas de la hacienda con las que nunca se llevó nada bien, Agustín no quedo muy convencido .
Micaela, emocionada y llorando en silencio, se fue a su habitación, Agustín se quedó en la cocina rumiando sus pensamientos y pensando en las palabras de Micaela. Doroteo lo escuchó todo y a los siete años de edad, empezó a considerar que algo no estaba claro en su pasado; sin embargo, esto no se lo preguntaría a Micaela, guardaría sus temores para cuando la ocasión propicia llegara si es que llegara algún día; mientras tanto guardaría el secreto como si fuera una tumba.
Agustín se fue alejando poco a poco de la familia, se sentía enfermo y cansado, y de alguna manera, decepcionado. Así, le comunicó a Micaela que se iría a trabajar al mineral de San Lucas, donde un familiar le ofrecía trabajo como velador y ayudante de un almacén de semillas. La despedida fue fría, Doroteo tenía ocho años y no volvería a ver a Agustín, de quien cuatro años después, les avisarían que había muerto en San Lucas. Desde que Agustín se fue, Doroteo entendió que él se quedaba como jefe de la familia y a la edad de ocho años asumió esa responsabilidad. Agustín nunca enviaría recursos económicos y Micaela tendría que lavar, zurcir y lavar ajeno para sobrevivir; y Doroteo se convertiría en su apoyo principal.
A partir de ese momento, Doroteo desplegaría un abanico interminable de oficios, siempre limitado por su edad e inexperiencia. El profesor Francisco Lireno, encargado de la escuela de San Juan, llegó a invitar a Doroteo a asistir a clases, pero Doroteo le decía que a pesar de tener muchas ganas de aprender todo lo que enseñaba, tenía que trabajar mucho para ayudar a su madre; por lo que Doroteo nunca entró a la escuela. “tengo muchos hermanos y yo soy el mayor; a lo mejor algún día aprendo a leer y escribir”, le decía con tristeza al maestro. Por cerca de dos años Doroteo se dedicó a cortar leña de encino y venderla en San Juan y las rancherías vecinas; fue su primer oficio que le dejaba seis centavos diarios, casi medio real. Su escuela era la observación de la naturaleza y su relación con la gente; lo que le permitía analizar sus conductas y tratar de conocer sus almas; le gustaba granjearse a las personas.
Doroteo tenía en su contra ser “gûero picoso”, enredoso y peleonero y con el antecedente conocido de haberse robado en algunas ocasiones las gallinas de los vecinos que Micaela tuvo que pagar, su fama por entonces no era muy halagûeña. Pero a su favor tenía que era muy trabajador, distribuía la leña, hacía mandados y nunca se negaba a hacerle un favor a nadie. En alguna ocasión una amiga de él tres años mayor de nombre Concepción, le dijo a manera de gran chisme que su madre había dicho, también como un chisme, que Doroteo era un “bastardo” de don Luis Fermán. Eso no lo supo Micaela, Doroteo se lo guardó, asociando el dato con la discusión que alguna vez escuchó entre sus padres Micaela y Agustín.
Contaba con diez años de edad y se sentía capaz de todo; y gracias a Nacho López, su vecino, consiguió el puesto de aguador en la Hacienda Ciénega del Basoco. Su obligación era acarrear agua en unas tinajas contenidas en jaulas sobre un burro y llevarles agua a los jornaleros que trabajaban para la hacienda. La paga había mejorado a un real diario; y aunque todavía no era la paga de un peón adulto, ya era el doble de lo que ganaba en la leña. El trabajo le parecía muy liviano y divertido, pero lo único que le incomodaba, era la distancia a la que estaba de su casa en La Coyotada; había que caminar desde las cuatro de la mañana para recorrer tres o cuatro leguas, cargar las tinajas con el agua de la noria, y llegar al lugar del trabajo a tiempo; esta rutina durante el invierno le parecía el mismo infierno.
Cuando termina la faena, se regresaba a Ciénega del Basoco, donde descargaba a su bestia, y corría a las caballerizas, donde su padrino, Eugenio Acevedo, el caballerango de don Luis Fermán, se encargaba de cuidar los caballos finos de la hacienda; Doroteo se subyugaba viendo a aquellos preciosos animales. Pasaron unos días, antes que su padrino lo admitiera como mozo aprendiz de caballerango, pues había descubierto en el muchacho una rara manera de hacerse obedecer fácilmente de los equinos. Doroteo aprendía y memorizaba todo lo que veía, sobre todas las instalaciones de la hacienda. Doroteo tenía una memoria fotográfica, todo lo aprendía rápido; las razas de los caballos, los colores y sus denominaciones, las cantidades de alimento, el ejercicio, la limpieza del caballo, las curaciones y a herrarlos. A usar menos la cuarta y más los cariños y lisonjas. A reconocer y quitar las mañas de las cabalgaduras.
Un mes más tarde Eugenio le da una buena noticia, ya no eras aprendiz de mozo de caballerango, en adelante serás mozo de caballerango. En eso llega el patrón don Luis y pregunta quien es él a lo que Eugenio respondió que era el muchacho nuevo de La Coyotada. Le preguntó al muchacho su nombre y su edad y si era hijo de Micaela a lo que él respondió once años y que su madre era Micaela sorprendido Doroteo que el patrón todavía se acordara de Micaela su sirvienta de años atrás. Doroteo era lo bastante inteligente como para asociar ese detalle con aquella discusión de sus padres sobre su nacimiento, y más cuando ahí mismo el patrón le subió el salario de un real y medio a dos reales.
Don Benito Juárez en sus tiempos de Presidente de la República impuso en el uso de la moneda nacional el sistema decimal para eliminar el uso del patrón virreinal de los reales. Por eso se emitieron monedas de peso, cincuenta centavos y veinticinco centavos pesetas en plata y monedas de menor denominación, en cobre: veinte, diez, cinco y un centavo. Y también monedas de cinco, diez y veinte pesos en oro. Sin embargo, la fuerza de la costumbre obligó que siguiera usándose el modelo virreinal de los reales de manera alterna con los pesos lo que vino a complicar el sistema financiero mexicano hasta que el gobierno pudo eliminar de la circulación nacional las monedas denominadas “reales”.
Don Luis Fermán que ya había identificado a Doroteo como el hijo resultado de sus amoríos pasados con Micaela la madre de Doroteo, pidió a su socio en los negocios que ambos manejaban don Pablo Valenzuela de Canatlán, tomara a su cuidado y protección al muchacho y lo empleara en su almacén de compra y venta de todo, y sacarlo de trabajar de su hacienda del Basoco por las habladurías de la gente y sobre todo de sus trabajadoras que ya maliciaban por su parecido con el hijo menor del patrón Miguelito. Por lo pronto ya tenemos a Doroteo en el negocio del comercio, donde ganaría no dos sino tres reales diarios aparte de las comisiones que don Pablo le daría por las ventas realizadas por él. Para Doroteo los tiempos de pastor de gallos en el palenque de San Juan, leñador y Tlachiquero en la hacienda Santa Isabel de Berros, de aguador en la Basoco y de aprendiz de mozo de caballerango en las cuadras de don Luis Fermán y en general de mandadero de todo y para todos, ya habían quedado atrás. Ahora ya era todo un comerciante y gracias a su trabajo en el negocio de don Pablo Valenzuela, Micaela y sus hermanos ya podían vivir sin demasiados sobresaltos económicos.
Comenzó también a desarrollar el vicio del juego de azar; y aunque era muy hábil para ganar, en ocasiones llegaba a su casa sin nada; lo que le valía serias reconvenciones de Micaela. Luego el palenque con los gallos de pelea y las carreras de caballos lo empezaron a obsesionar. Pero era la baraja y hasta los volados, los que le daban a ganar centavos, reales y hasta ropa de los perdedores. El conquián y el albur, cuando no le daban dinero, le daban golpes y reyertas. Ya frisaba los doce años, y se manejaba como un adulto. Su tercera afición, serían las peleas de gallos; desde los 10 años ayudaría en la crianza y cuidado por unos centavos en las jaulas del palenque de San Juan. Fue un tiempo en que don Manuel Díaz Couder, jefe político de Canatlán, trató de corregirlo innumerables veces, por delitos menores que cometía con gran frecuencia.
Entre descanso y faena, Doroteo se iba a jugar a la baraja o los gallos; y uno de sus mejores amigos era Francisco Benítez, un ranchero ladino, nueve años mayor que él, que por cosas del destino o de afinidades personales se habían cobrado un afecto mutuo. Y es que Benítez era algo así como su modelo a seguir, hombre bien parecido, bien vestido, bien montado, decidor y dicharachero; pero sobre todo muy avisado e inteligente, con un solo gran defecto aparente, muy mañoso para el juego y los negocios. Por aquel tiempo Benítez se había dedicado al abigeato, o sea al robo de ganado, por lo que era perseguido por las autoridades.
Benítez convenció a Doroteo para que lo acompañara a uno de sus negocios de abigeato donde iba a sacar hasta cinto cincuenta pesos cada uno, cantidad que Doroteo nunca se imaginaba ni verlos juntos. El “negocio” esta vez resultó un éxito, sacaron de un corral unos toros sementales y fueron a vendérselos a un ranchero que Benítez ya tenía tratado. Fueron trescientos pesos repartidos a mitades. La siguiente aventura era más grande y les dejaría por lo menos trecientos pesos a cada uno. Se trataba de un hato de ganado que se estaba reuniendo en un rancho de san Juan del Río para enviarlo a Durango y que por las noches no dejaban a nadie para cuidarlo. Confiados en eso, llegaron una noche obscura sacaron del corral veinticinco reses y las arrearon hacia la sierra de Gamón donde llegaron hacia la medianoche. Descansaron unas tres horas y reanudaron el viaje, y no habían caminado quinientas varas (una vara: 83.5 centímetros) cuando se vieron rodeados por diez rurales armados conminándolos a rendirse.
El jefe del cuerpo de rurales era Manuel Valenzuela que conocía a ambos y ellos lo conocían a él: “Pancho Benítez y Doroteo Arango, bonitas fichitas” . Doroteo estaba asustado y reprimido; o lo mataban, o lo enviaban a la leva; ahí se había acabado su carrera comercial y sus sueños; estaba verdaderamente arrepentido de su tozudez (estupidez); Valenzuela dio la orden de descansar hasta el amanecer. Los prisioneros tuvieron que dormitar sentados con las manos amarradas a la espalda y con centinela de vista. Al alba los rurales se pusieron de pie les quitaron las amarras para que descansaran de ellas, dándoles la oportunidad de que orinaran; Valenzuela dio la orden cuartelera: “¡Órale cabrones! A miar y a zurrar si quieren. Al terminar ordenó los ataran nuevamente pero frente al cuerpo.
Enseguida Valenzuela le dijo a Benítez que hay orden del gobernador que en donde te agarremos te fusilemos, y en este momento lo vamos a hacer, así que encomiéndate a Dios mientras te formamos el cuadro. Y tú, muchacho pendejo, debíamos hacerte lo mismo, pero estas muy chavalo; tú si vas con el juez de San Juan del Río. Doroteo sintió que un peso se le quitaba de encima, mientras que Benítez, incrédulo, sentía que las lágrimas se le venían a los ojos. No queriendo perder más tiempo, Valenzuela llevó a Benítez frente a unas rocas grandes que sobresalían del suelo, y casi al mismo tiempo daba las órdenes al pelotón de fusilamiento y Pancho Benítez se desplomaba. Valenzuela se acercó a Benítez y le descerrajó un tiro de pistola en la cabeza; para concluir el ritual del fusilamiento.






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