FORJADORES DE MÉXICO: DOROTEO ARANGO, EL OTRO PANCHO VILLA (3a. de 4a. partes)
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- 24 ago 2025
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
Para el mediodía Doroteo estaba en la cárcel de San Juan del Río, detenido por abigeato; mientras, las campanas de la iglesia doblaban a muerto por Pancho Benítez. Doroteo llevaría siempre a cuestas la muerte de Pancho Benítez, como la de un hermano, incluso cuando hubo que cambiar su nombre adoptó el de “Francisco” en honor de él. Con todo y eso, Doroteo seguía con su buena suerte, pues don Pablo Valenzuela, su protector, fue a verlo y le dijo que pagándole algo al juez y hablando con unos amigos que tengo en Durango, a lo mejor logramos que lo convenzan de dejarte a mi custodia; por ser menor de edad y no tener antecedentes judiciales de agigeato. Al quinto día don Pablo regresó a San Juan con algunas cartas para el juez y el jefe político de San Juan del Río, y se tomó el día para visitar a don Agustín López Negrete, arrendatario de la hacienda Santa Isabel de Berros; y de múltiples ranchos e inmuebles de Canatlán y sus alrededores, y de quien, además, era deudor Doroteo por la deudas de su padre y abuelo y que pasaban como herencia a él.
Al séptimo día don Pablo se presentó ante Doroteo con la buena noticia de que tuvo que ver al gobernador y logró su libertad bajo custodia. También le dijo que había logrado que don Agustín López Negrete lo tomara para que le trabajara como mediero el rancho del Gûagojito; donde hay una muy buena casa para cortijero (capatáz que cuida un cortijo). Puedes llevarte ahí a tu madre y a tus hermanos; López Negrete se interesó, porque te va ir cobrando la deuda de tus mayores; y vas a estar bajo su custodia y la mía. Pero vas a estar a prueba, otra de esas y no te libro de la leva o el fusilamiento. Doroteo le agradeció a don Pablo esta nueva oportunidad y le prometió pagarle todos sus gastos que sumaban, según don Pablo, cien pesos. Doroteo no se imaginaba que esos gastos los había pagado don Luis Fermán, su padre, aprovechándose don Pablo para retribuirse con creces sus servicios.
Don Agustín López Negrete era un hombre que frisaba los cuarenta y tres años de edad; pulcro bien vestido, generalmente con indumentaria charra. Había formado una sociedad agrícola con don Juan Nepomuceno Flores Manzanera, tomando como arrendatario (concesionario) la Hacienda Santa Isabel de Berros, propiedad de doña Isabel Pérez Gavilán. Doroteo había corrido con suerte, era verdad, pero todavía no se acostumbraba a verse reducido a mediero encasillado, lejos de sus cerros y sus montes que tanto amaba y lo hacían sentirse libre. Regresar al feudo, bajo la bota del patrón, era algo que no le agradaba.
Antes de comenzar a trabajar, don Agustín López Negrete su nuevo patrón, le hizo varias advertencias: don Pablo Valenzuela, que debe ser muy tu amigo, me convenció de contratarse a prueba; dice que eres muy trabajador y que sabes ser leal; dos cosas muy importantes: a mi no me importa si has cometido algún delito, mientras no lo cometas aquí y para conmigo, por eso no tengo objeción en que entres a trabajar a mi servicio. Eso sí te advierto, si cometes una sola fechoría o si traicionas mi confianza, puede que ni te entregue a la autoridad porque aquí mismo te hago justicia. Además se te a empezar a cobrar las deudas de tu abuelo y de tu padre. Puedes llevarte a tu familia al Guagojito tu lugar de trabajo, ahí tenemos una casa vacía para ustedes.
El Gûagojito era un centro de producción importante, tenía siembra de maíz, frijol, lenteja, sorgo y alfalfa; un buen número de hortalizas y cría de puercos y aves; aparte de ganado de leche y las huertas de manzana. Su fortaleza de producción era la buena tierra, la abundancia de agua y la mano de obra barata; pues no menos de diez familias trabajaban allí. Pasaron los meses con rapidez, Doroteo visitó semanalmente a don Pablo y a don Agustín, éste último fue tomándole confianza al cabo de un año de trato. Don Agustín un día le dijo que para que no se viera tan apretado en la cuestión de dinero, le ofreció trabajo para sus hermanas en la casa grande de la hacienda al servicio de su esposa. A la siguiente semana, las dos muchachas se habían acomodado en la hacienda, en labores de limpieza y cocina; su aportación a la economía familiar se volvió indispensable; mientras Doroteo había logrado abonarle a la deuda cincuenta pesos con la siembra de maíz y veinticinco pesos con la siembra de frijol, de sus legítimas ganancias.
Martina, la hermana menor de Doroteo, había desarrollado un halo de sensual inocencia y movimientos de acentuada femineidad que despertaban el interés varonil; y dicho sea de paso, Martina le ofrecía un discreto coqueteo a don Agustín. Probablemente don Agustín López Negrete tenía una debilidad pedófila y gustaba de las mujeres muy jovencitas o de casi niñas; debilidad que por su situación llegaba a ocultarse hasta a sí mismo. Con los coqueteos de Martina, esta se le llegó a convertir en morbosa obsesión. Bromeaba con ella, la trataba amablemente y le hacía discretos y pequeños regalos, que en ocasiones tenía que duplicar con María Ana para no despertar sospechas. Martina lo admiraba y lo consideraba el mejor hombre que hubiera conocido.
Por su parte don Agustín, que ya se había fijado en Martina y sus inocentes coqueteos, pensó que no sería muy difícil tomarla como ya lo había hecho en innumerables ocasiones con diferentes hijas de sus peones que por su ignorancia y temor a las represalias del patrón no podían hacer nada, después de todo él era dueño de vidas y honras. Esta vez el miserable pedófilo maduró un plan; aprovechando que tenía un “chalet” de caza en las faldas de la Sierra de La Silla y cerca también del Guajojito, a donde llevaba a cazar a sus amigos de Durango, decidió planear una excursión ese fin de semana; sólo que esta vez iría sólo, acompañado de su escolta personal de cuatro hombres y una señora de edad, Ramona Luján, muy discreta y la “celestina” que le conseguía a sus prospectos y futuras víctimas; y de Martina a quien había convencido para que lo atendiera “personalmente” durante esos días.
A Martina le pareció fabuloso el atender personalmente y por algunos días al patrón; sólo qué en su inocencia, le comentó el asunto a Micaela, su mamá, quien de inmediato entendió la intención del patrón don Agustín. Micaela anduvo preocupada esos días, hasta que López Negrete le avisó a Martina que al día siguiente no fuera a la hacienda, que el pasaría después del mediodía por ella a su casa, ya que quedaba de camino al chalet o casa de campo. Esa noche Doroteo notó preocupada a su mamá y al enterarlo Micaela de la situación y el plan de don Agustín para llevarse a Martina, quedó muy sorprendido e incluso pensó en el primer momento que Micaela exageraba y tergiversaba la intención de López Negrete, al que tenía en muy buena estima como patrón y amigo. Pero Micaela lo convenció de las malas intenciones de Agustín y Doroteo la tranquilizo cuando le dijo que al mediodía de mañana el estaría en su casa para esperar al patrón y aclarar todo el asunto.
Era una mañana soleada a finales de septiembre de 1894, Doroteo tenia dos años y meses como mediero de Agustín López Negrete, y dieciséis y meses de edad. Sentía que el asunto era delicado y que le podría costar el trabajo y posiblemente algo más, pero primero estaba su dignidad de hombre y el honor de su familia. Pero antes de salir a la labor pasó por la casa de Romualdo Franco, su primo y compañero de trabajo, por una pistola pues sabía donde la guardaba Romualdo, y sabiendo que don Agustín siempre andaba con hombres armados y si la discusión subía de tono es estaba preparado y dispuesto a todo. Al punto del mediodía regresó a su casa con el ánimo preocupado y a unas doscientas varas (casi doscientos metros), se percató que un coche de la hacienda estaba fuera de su casa; señal inequívoca que el todavía patrón ya estaba en su casa. Espoleó su caballo y a galope llegó hasta el coche desmontando con rapidez, para advertir que don Agustín ya tenía cargada a Martina mientras Micaela lo increpaba para que dejara a la niña, no bien había terminado Micaela de hablar, cuando indignado, Doroteo sacó su revolver y disparó tres veces a las piernas de López Negrete.
Uno de los disparos dio en la pierna derecha de don Agustín, que se dolió de inmediato cayendo de rodillas, mientras que sus hombres levantaban sus fusiles en actitud de disparar sobre el muchacho. López Negrete desde el suelo los contuvo gritándoles que al muchacho no le hicieran nada y a él lo llevaran a la hacienda. Los cuatro mozos obedecieron y subieron a Agustín a su coche, para regresar a la hacienda. Antes de llegar y con agudo dolor en la pierna, mandó reunir a los mozos recomendándoles que nada dijeran del asunto, y sí, que él mismo por descuido se había dado un tiro con su pistola, y que a la policía nadie la enterara del hecho. Dada la orden, siguieron hasta Santa Isabel de Berros. Sin embargo, varias de las familias cercanas a la casa de los Arango oyeron los disparos y saliendo vieron la última escena. No faltaron algunos espontáneos que se apresuraron a dar parte a la policía de Canatlán.
Doroteo no tenía ningún plan en la cabeza, le parecía increíble que don Agustín no hubiera permitido que su escolta lo acribillara, pero entendió que se sentía avergonzado, y sintiéndose atrapado en su delito, se había comportado como todo un hombre reconociendo su culpa. Pero eso lo hacía esperar mejor trato de las autoridades; además que ya no podía trabajar con López Negrete; y la salvadora custodia judicial, se acababa de ir al diablo. La única salida era remontarse a la Sierra de la Silla, que se amurallaba enfrente; conciliar sus pensamientos y en calma y seguridad decidir su futuro. Doroteo había sellado su destino, de ahora en adelante, y salvo contadas etapas de su vida, su sino sería, cabalgar pelear, huir y ocultarse. Doroteo se despidió de su madre: “Me tengo que ir, madre, écheme su bendición; y ustedes María Ana y Martina, tráiganme bastimento en el morral, y llénenme la caramañola (cantimplora) de agua”. Doroteo hincó su rodilla, mientras Micaela lo persignaba y encomendaba a Dios y a todos los santos del cielo, sollozando con fuerza; algo le decía que sólo volvería a ver a Doroteo en contadas ocasiones.
Doroteo echó al trote su cabalgadura, volteando de cuando en vez, su rostro al caserío de Guagojito. Sentía la necesidad imperiosa de comunicarse con alguna persona amiga y platicarle su condena. Así, se dirigió al poblado de Madero, donde vivía la familia Zubiría, que lo apreciaba mucho; cuando la familia lo escuchó, lo urgió que se escondiera en la Sierra de La Silla, no sin antes proporcionarle mejor caballo y montura, algo de bastimento y algunos pesos. Para en la noche, Doroteo estaba en la Sierra de La Silla. Esa misma noche don Pablo, acompañado del jefe político de Canatlán. Don Avelino Molinar, y el jefe de rurales, Pablo Soto, llegó a la finca de don Agustín en Canatlán para entrevistarse con él. Él les contó todo lo que había pasado: que Doroteo no había tenido la culpa porque el lo había provocado, yo por andar de caliente queriendo llevarme a la hermana del gûero, llegó en el momento en que fui por ella con estos resultados. Yo no puedo ser la comidilla de todos, por lo que no voy a denunciarlo; prefiero que digan que soy un pendejo que me di un tiro en la pierna, a que digan que soy un sátiro frustrado y que abuso de mis peones.
Ya parece que escucho a los Bracho y del Río, a los Pérez Gavilán, a los Irazoqui y Samaniego, a los Azúnsolo y tantas amigas de la familia en Durango, que reprobarían mi conducta; y refiriéndose a las autoridades presentes les dice que, si quieren perseguir al gûero por desacato a la ley, a su compromiso laboral o a la evasión de la custodia que nos dio el juez, que lo hagan o si quieren dejarlo en paz por mi no hay problema, que yo no hare ningún cargo contra él. Doroteo por su parte, había llegado a la casa de su amigo Antonio Lares; quien le dio de comer y le explicó que se habían llevado a Durango a don Agustín para atenderlo, ya que tenía quebrada una pierna con la bala todavía incrustada en el hueso; que todavía no sabía cómo estaba su situación judicial en su contra, pero que ya lo buscaban soldados, rurales y policías.
Doroteo se volvió a remontar a la Sierra de la Silla; después de unos días agotó su bastimento. El hambre apretaba y el estómago ardía; hacia dos días que no comía. Por la mañana había cortado unas pencas de nopal, las había tatemado y cortado con su navaja. Le habían sabido a gloria, pero iba a poder vivir de puros nopales y para el mediodía el hambre arreciaba. En eso estaba cuando pasó un hombre arriando dos burros cargados con diversos alimentos y cuando le pidió un taco el arriero le contestó con insultos por lo que le sacó la pistola y el hombre salió corriendo y saltando la barda del camino. Doroteo procedió a darse un banquete y ahí mismo decidió quedarse a dormir. Amanecía apenas cuando Doroteo despertó ya tenía cuatro rifles que le apuntaban; Dos días después estaba preso en el penal de Durango y la noticia no tardo en llegar a Canatlán; don Pablo Valenzuela fue a verlo sin dilación a Durango y entre otras cosas le comunicó que López Negrete no le pasó nada irremediable y que el no haría ningún cargo en tu contra. Tus delitos son haber violado la custodia y el asalto al arriero, y con el antecedente de abigeato y dada tu juventud lo más seguro es que te enrolen en la leva del ejército. Por lo pronto te van a llevar a San Juan del Río para juzgarte allá dado que tus delitos se cometieron en esa jurisdicción.
Fue Florentino Soto, juez de San Juan del Río, quien por influencia de don Manuel Díaz Couder, jefe político de San Juan, consideró que el mejor castigo para Doroteo Arango sería la leva, donde el reo encontraría disciplina y corregimiento. Ni siquiera se abrió proceso por el asalto al arriero; la violación de la custodia fue razón suficiente para destinarlo a la leva. Doroteo quedó a disposición del ejército mexicano y mientras esperaba al escuadrón al que lo habían destinado pasaron tres días. Todos los días lo visitaban sus amistades de la región y desde luego su madre no podía faltar. En una de esas visitas le dio la noticia de la muerte de don Luis Fermán y el aprovechó para interrogar a su madre con relación a don Luis: “Dígame una cosa que es fuerza que yo sepa, madre, pero no me lo vaya a ocultar así que contésteme con la verdad; ¿Soy hijo de don Luis Fermán? Micaela, dado que posiblemente no fuera a ver a Doroteo pues del ejército nunca se vuelve, le confesó que efectivamente era hijo de don Luis Fermán: Micaela siguió diciéndole: no me desprecies por eso son de esos errores de juventud que luego se pagan toda la vida. No me juzgues con dureza ni a don Luis, que no abusó de mí; fue por mi voluntad. Doroteo le contesto que quien era él para juzgarla y que ya no se preocupara por eso; le dio un beso en la frente y se despidió de ella.
Doroteo estaba confundido, habían pasado tantas cosas en tan pocos días, y el iba hacía un destino incierto; sabía por haberlo oído, que en el cuartel enseñan a los reclutas con insultos y golpes. Ahí no vale ponerse valiente y arrojado; pues a golpes y mentadas, lo doblan a uno; el recluta y el soldado raso, son el hilo más débil, ahí se obedece el rango, no al individuo; ahí ni ponerse al brinco con nadie, mejor mantenerse dócil, obediente, sumiso; o se va a arrepentir hasta de haber nacido. Cinco años tendría que cumplir de enganche; después de eso o se enrola de nuevo o esta libre. Sólo tendría tres agujeros por donde salirse: el reemplazo (pagarle a alguien de afuera para que tomara su lugar), la evasión o la muerte.
Doroteo se inició en el décimo cuarto regimiento, luego pasó al décimo primer regimiento con base en Los Mochis, Sinaloa, para enfrentar la rebelión de los indios yaquis y mayos en Sonora. Pasaron 2 meses y Doroteo se había hecho indispensable del jefe del regimiento capitán primero Juan Mata, quien había advertido que era un muchacho avisado, valiente y dispuesto a todo. y Doroteo fue ascendido a cabo del décimo primer regimiento por su esmero, táctica y valor en el servicio. Días después el capitán Juan mata fue comisionado para recuperar un hato de ganado que habían robado un grupo de cuatrero a los que emboscaron en medio de la sierra cuando regresaban después de la venta del ganado. Los cuatreros que eran cinco fueron eliminados y al que parecía el jefe de ellos le encontraron dos mil pesos que por sugerencia de Doroteo se los repartieron a mitades el capitán y su cabo, que no era otro que el mismo Doroteo. Y ya con mil pesos en la bolsa destinó quinientos mil pesos para comprar su reemplazo. Y así a los 6 meses de servicio, Doroteo Arango causaba baja por reemplazo del decimoprimer regimiento de Los Mochis, Sinaloa.
Doroteo llegó a su casa de Río Grande donde todo era felicidad por su llegada e iniciándose un convivio que duró hasta la madrugada, era el mediodía del mes de abril de 1895; faltándole dos meses para cumplir 17 años. Todo era felicidad en la casa de los Arango. Pero nuevos nubarrones se aproximaban a la vida de Doroteo Arango. El comandante de rurales, Manuel Valenzuela; el jefe político de San Juan del Río, Manuel Díaz Couder y el juez de San Juan, Florentino Soto, con la liberación de Doroteo y urdieron un malvado plan para apresarlo nuevamente. A sugerencia de Manuel Valenzuela lo acusaron del robo de unas borregas y aunque Doroteo les probó que el se encontraba muy lejos cuando sucedió el robo, la influencia de don Agustín López Negrete ante el gobernador fue suficiente para condenarlo y sentenciarlo; si antes don Agustín no pedía nada contra él, ahora sí le resultaba muy molesto y consideraba una afrenta que el peón que se le había enfrentado y herido, anduviera libre por sus mismos territorios.
“En virtud de la peligrosidad del reo, sus antecedentes criminales, y los delitos por los que se le juzga, se sentencia al mismo, a purgar una pena de dos años de prisión en la penitenciaría de la ciudad de Durango; por lo que habrá de ser trasladado a la primera oportunidad, de San Juan del Río, a la penitenciaría designada”. Esa fue la sentencia del juez de San Juan del Río, Florentino Soto, para deshacerse de Doroteo.






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