FORJADORES DE MÉXICO: FRANCISCO I. MADERO GONZÁLEZ (2a. y última parte)
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- 9 feb 2025
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
El 7 de junio de 1911 Madero hace su entrada triunfal a la Ciudad de México, lo que fue todo un acontecimiento popular, algo que la ciudad no había vivido durante tanto tiempo como había durado la “paz porfiriana” y una estabilidad social que tenía sus cimientos en la sojuzgación de las grandes mayorías y la represión de los disidentes. De cualquier manera, para los tranquilos habitantes de la capital aquella mañana todo se cimbró, y no solamente por la llegada del líder de la Revolución triunfante, sino porque ocurrió un sismo de regular magnitud, lo que parecía una manifestación de lo que estaba ocurriendo en la historia de México y un presagio de lo que vendría después.
El dictador ya no estaba, perlo los Tratados de Ciudad Juárez permitieron que los grupos reaccionarios siguieran en el poder. Francisco León de la Barra, un acérrimo porfirista, que como presidente interino aceptado por Madero, fue el instrumento de los conservadores para socavar el triunfo armado de la Revolución. De cualquier manera, la campaña de Madero como candidato a la Presidencia de la Republica, resulta exitosa y Madero alcanza el triunfo electoral, pero en condiciones vulnerables, por lo que, tal vez como una medida obligada o con un afán conciliatorio, Madero forma su gabinete con personajes de indudable fuerza política, pero de ambigua filiación ideológica y de antecedentes porfiristas lo que aumenta el desconcierto de sus partidarios.
En la Secretaría de Gobernación designa a Abraham González; en Relaciones a Manuel Calero; en Justicia a Manuel Sánchez Tagle; en Instrucción Pública a Miguel Díaz Lombardo; en Fomento a Rafael Hernández; en Comunicaciones a Manuel Bonilla, a Ernesto Madero en Hacienda y a José González Salas como Secretario de Guerra. Sin embargo, con excepción de Abraham González, Bonilla y Díaz Lombardo, los demás miembros del gabinete presidencial eran reconocidos como personajes afines al porfirismo y nada proclives a un cambio auténticamente revolucionario.
Madero no vislumbró los alcances del proceso revolucionario iniciado un año antes y se limitó a promover transformaciones insustanciales, dando lugar a que Emiliano Zapata lo desconociera y continuara su lucha en el sur lanzando el Plan de Ayala en noviembre de 1911 y los militares porfiristas continuaron manteniendo el poder del ejército mientras que las milicias revolucionarias que habían logrado el derrocamiento del dictador, eran disueltas.
Después de la de Zapata, Madero tuvo que enfrentar una serie de rebeliones: la del general Bernardo Reyes, que encabeza una rebelión evidentemente reaccionaria, en diciembre; la de los hermanos Francisco y Emilio Vázquez Gómez, con los planes de Tacubaya Y Santa Rosa; la de Félix Díaz en Veracruz, y la más seria de todas, la de Pascual Orozco en el norte, durante casi todo el año de 1912, en la que Victoriano Huerta alcanzó relevancia nacional al conseguir el triunfo maderista, aunque con la ayuda del general irregular Francisco Villa, en la rebelión orozquista. De esta manera Huerta se convierte en una especie de brazo armado de Madero, pero convirtiéndose él mismo en el mayor peligro a causa de su ambición por el poder que lo llevó a consumar la mas terrible de las traiciones. Pero no fue el señor Madero quien llamara a Huerta para que salvara a su gobierno; fue ese hombre falso quien astutamente logró engañar a aquel a quien le juró muchas veces, bajo su palabra de su honor militar y por las cenizas de su madre, que era su fiel y leal subordinado y amigo.
Madero había, ingenuamente, considerado al ejército federal como elemento básico para la defensa y sostenimiento de las instituciones, pero el resentimiento de los militares derrotados en la Revolución, se concentró en varios altos oficiales de dicho cuerpo. Así, el 9 de febrero de 1913, estalló otro movimiento en su contra en la misma capital: el general Manuel Mondragón, al mando de los infieles cadetes de la Escuela Nacional de Aspirantes, liberó a Bernardo Reyes y Félix Díaz, a quienes Madero había perdonado la vida al derrotarlos en sus incipientes revueltas; luego atacaron al Palacio Nacional que defendía el general Lauro Villar, muriendo Reyes en el combate.
Félix Díaz y Mondragón huyeron y se atrincheraron en La Ciudadela y Madero, extraña y cándidamente y dejándose engañar por Huerta, designó a éste en substitución del general Villar, que había resultado herido en el combate del Palacio Nacional, como general en jefe de las fuerzas defensoras del gobierno. La política del gobierno del señor Madero había provocado la aversión del embajador angolamericano Henry Lane Wilson, quien protegió a los rebeldes y negoció un acuerdo político entre Félix Díaz y Huerta. Los acontecimientos se precipitaron y el día 18 de febrero de 1913 el funesto traidor Aureliano Blanquet aprehendió a Madero y Pino Suárez. Éstos, a cambio de que se les permitiera salir al extranjero, firmaron su renuncia al día siguiente; no obstante, fueron asesinados por órdenes del chacal Huerta tres días después, el día 22.
La Revolución había triunfado, sus hombres lo apoyaban irrestrictamente, podía gobernar como un caudillo victorioso y tomar la Presidencia de la República inmediatamente, tenía el derecho de tomar el poder y acabar con sus enemigos. Sin embargo, su convicción democrática era más fuerte, sólo ocuparía la Presidencia de la República si la nación le otorgaba esa responsabilidad mediante el voto. Respetuoso de la ley Madero asumió el poder cinco meses después del triunfo de la Revolución tras salir victorioso en el proceso electoral.
Su gobierno pretendía realizar un ejercicio de equidad política, delimitar los poderes de la Unión, defender el federalismo, aplicar correctamente la justicia y fortalecer las instituciones. Uno de los pilares de su gobierno fue el de respeto a las libertades públicas, los obreros se beneficiaron con el reconocimiento irrestricto de su derecho de huelga e incluso lograron, con el apoyo del gobierno, crear la “Casa del Obrero Mundial” para defender sus intereses.
A los ojos de la sociedad mexicana ---acostumbrada al servilismo ante la dictadura---Madero parecía todo menos un Presidente. No usaba escoltas ni hacía ostentación de su investidura, no abusaba del poder ni se mostraba autoritario. Era cariñoso con su esposa, practicaba el espiritismo, era un gran orador y excelente conversador y un mejor bailarin; era, en suma, el “anticaudillo”. Con todo y las buenas intenciones y un inquebrantable optimismo, no era un hombre hecho para gobernar, al menos no en un país tan caótico como el México de esos tiempos. A su juicio, la terrible desigualdad social imperante en el país seria solucionada, simple y llanamente, con la instauración de la democracia y el respeto a la ley; lo demás vendría por añadidura. No quiso ver que los restos políticos del porfirismo, más vivos que nunca, intentaban acabar, a toda costa, con su gobierno y probablemente con su vida. Los desaciertos políticos del nuevo gobernante propiciaron su caída.
En los escasos quince meses de su gobierno, Madero enfrentó las rebeliones de Emiliano Zapata, Bernardo Reyes, Félix Díaz y Pascual Orozco. No quiso hacer uso de su autoridad con la que legítimamente estaba investido, y perdonó a Reyes y Díaz sentenciados a muerte por un tribunal militar por el delito de sedición. En beneficio de la libertad de expresión aceptó el ataque sistemático de la prensa porfirista, que llegó al libertinaje al criticar hasta los detalles mas íntimos de su persona y de su familia y muy especialmente de su esposa, doña Sara, a la que indignamente llamaban el sarape de Madero (Sara Pérez de Madero).
Aceptó la renuncia de sus colaboradores más leales e importantes y dio la espalda a otros que pudieron abrirle el camino para gobernar acertadamente. Coexistió con dos congresos distintos, generalmente adversos a sus propuestas políticas, que por momentos paralizaron su administración; resistió la presión de los Estados Unidos ejercida mediante el dipsómano embajador Henry Lane Wilson, que detestaba a Madero porque de su administración no recibió un solo centavo y nunca le permitió la corrupción de sus negocios turbios, contrariamente a lo que sucedía en el régimen porfirista.
La Decena Trágica ---febrero de 1913--- fue el acto final del fallido ensayo democrático de Madero. El Presidente, ingenuamente, puso la seguridad de las instituciones en manos del chacal Victoriano Huerta, a pesar de que éste la había dao muestras más que suficientes de su odio y rencos hacia él y que además ya antes lo había traicionado cuando Huerta era apoyado por el funesto criminal León de la Barra. Y bajo esa situación, el 18 de febrero se consumó abiertamente la traición. Un día después el Presidente firmó su renuncia y el día 22 fue asesinado. En vísperas de su muerte alguien le escucho decir (el embajador de Cuba don Manuel Márquez Sterling) : “Un presidente electo por cinco años, derrocado a los quince meses, sólo debe quejarse de sí mismo. La causa es esta, y así la historia, si es justa, lo dirá: no supo sostenerse”.
PENSAMIENTO PÓSTUMO A DON FRANCISCO I. MADERO:
Triste de ti, Francisco I. Madero, arcángel de la tragedia mexicana, iluso buscador de una esperanza que aún no podemos alcanzar.
Duerme en paz bajo la tierra que quisiste limpiar de maldad; y recuerda que las grandes ideas, las geniales ideas de los predestinados como tú, no son semillas que fructifiquen fácilmente.
Piensa en México, allá en tu soledad, que de las corrientes embravecidas donde la patria se debate ahora, se alzará tu corazón, tu exquisita bondad, para contemplar algún día, un México próspero y feliz.
Carlos Marín Foucher.






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