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FORJADORES DE MÉXICO: GENERAL MARIANO ESCOBEDO PEÑA

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  • 4 nov 2024
  • 9 Min. de lectura


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador


  Nació el 16 de enero de 1826, en la misión de San Pablo de los Labradores, actual municipio de Galeana, Nuevo León.  Su nombre de bautizo fue Mariano Antonio Guadalupe y fue el hijo más pequeño de los seis que tuvo el matrimonio formado por don Manuel Escobedo y doña Rita Peña.

  La educación que recibió en su niñez fue sencilla; a diferencia de sus hermanos mayores, quienes fueron a estudiar a la ciudad de Monterrey, el recibió las primeras lecciones con una maestra de su pueblo.  Como todos los niños de su época, aprendió a leer, a escribir, las cuatro reglas de la aritmética y el catecismo de Ripalda.

  En el siglo XIX, la vida en la frontera del norte de México no era sencilla; la lejanía del resto del territorio y las duras condiciones climáticas se sumaban al problema de la incursión de grupos de indios bárbaros, que acababan con la tranquilidad de las familias que habitaban la región.  Entre estas circunstancias vivió sus primeros años, mismas que sin duda le forjaron el carácter y lo prepararon físicamente para sobrevivir en la carrera de las armas que estaba por iniciar.

  La invasión angloamericana que sufrió el país en 1846-1848 se caracterizó, entre otras cosas, por ser un semillero de militares.  Mariano Escobedo fue parte de esa generación que tomó las armas en defensa del territorio nacional, comenzando así su trayectoria militar.  Con apenas 20 años se presentó ante el capitán Francisco Martínez Salazar para incorporarse al Guardia Nacional que éste mandaba y que se formó en Galeana al recibir la noticia del inicio de la guerra.  Con el empleo de alférez marchó a Monterrey y allí recibió su bautizo de fuego en la batalla que tuvo lugar entre el 21 y el 24 de septiembre de 1846, en donde combatió bajo las órdenes del general Pedro de Ampudia.

  No debió ser fácil para el joven enfrentar a las tropas del experimentado general estadounidense Zachary Taylor sin tener un adiestramiento militar profesional, pero su espíritu aventurero y el carió hacia su tierra ocupada por tropas extranjeras lo hicieron decidirse y salir a combatir.

  Entre los hechos de armas en que demostró su talento natural para el combate durante la campaña contra el ejército angloamericano, está la captura que hizo en Galeana de 37 invasores, a quienes puso a disposición del gobierno.  Para 1847 se encontró en La Angostura, en donde participó en la memorable batalla del 23 de febrero.  En esa ocasión, la fuerza en la que marchaba estaba dirigida por el general Antonio López de Santa Anna, a quien saldría a combatir pocos años después.

  Al término de la guerra en 1848 y con las tropas angloamericanas fuera del país, Mariano regresó a su tierra con la intención de retomar su vida en el campo; sin embargo, la experiencia vivida en las batallas lo capacitaron para combatir a los indios seminómadas que asolaban la frontera, por lo que no abandonó del todo las armas.  Tribus salvajes de lipanes en el norte de Nuevo León y comanches en el sur hacían indispensable la existencia de las Guardias Nacionales, en las que Escobedo se mantuvo activo; pasaba largas horas en campo abierto en persecución del enemigo.

  El escenario político nacional a mediados del siglo XIX estaba envuelto en constantes pronunciamientos y asonadas.  En 1854 el cacique Juan Álvarez, junto a otros militares del sur del país, organizaron un movimiento revolucionario en contra del gobierno de Santa Anna que tuvo importantes repercusiones en el noreste.  En Nuevo León fue aprovechada la insurrección y, además de apoyarla, surgió un movimiento local encabezado por Santiago Vidaurri, quien proclamó en Lampazos el Plan Restaurador de la Libertad y ocupó la gubernatura del Estado.

  De esta forma se inició una serie de combates en los que Mariano Escobedo formó parte.  Ya con las ideas liberales arraigadas en su mente, se incorporó a las fuerzas militares de Vidaurri; en esos momentos tuvo como compañeros de armas a otros militares que comenzaban a tener renombre en la región, entre los que se encontraban Ignacio Zaragoza y José Silvestre Arramberri.  Todos ellos formaron parte de la Guardia Nacional que tenía al frente a Juan Zuazua.

  Durante la Guerra de Reforma su compo de actividad se extendió al interior del país y en la campaña que emprendieron los liberales estuvo bajo las órdenes del general Santos Degollado.  Por rencillas entre éste y Vidaurri, se vió en la necesidad de tomar partido por uno u otro y decidió permanecer con Degollado, por lo que se fracturó la relación con Vidaurri.

  Los agitados tiempos de guerra que vivía el país requerían de su presencia en el campo de batalla. Por lo que debía alejarse del hogr por larga temporadas;  sin embargo, cuando se encontraba en casa no perdía la oportunidad de convivir con su familia.  Quienes lo conocieron y escribieron sobre él, decían que era un esposo y padre amoroso, así como un hijo obediente que prodigaba respeto y ternura a su madre, pero por otro lado no podía dejar la carrera de las armas.  Escobedo era un militar nato, no tenía miedo de salir tras el enemigo, hacer lad fatigosas marchas comunes en las campañas y, lo más importante, tenía el talento que se requería para dirigir un ejército.

  Al iniciar la guerra de invasión francesa en 1862, su antiguo compañero, el general Ignacio Zaragoza, le solicitó que se incorporase al Ejército de Oriente para combatir a las tropas francesas que se encontraban en Veracruz y avanzaban hacia el centro del país.  Mariano, que en ese momento tenía el grado de coronel, acudió al llamado y tomó las armas.  Nuevamente tenía que combatir a un ejército extranjero, cuyo adiestramiento y disciplina se presumía de lo mejor del mundo.  En ese momento nadie imaginó ---quizá ni él--- que aquel arriero de Galeana sería una pieza fundamental en la guerra contra Francia.

  En todo el año 1862 se mantuvo activo y se hizo más notoria su participación.  Siempre se le mencionaba en los partes de guerra, como en el de Las Cumbres de Acultzingo, y en el de la batalla del cinco de mayo, donde se encontraba en las filas de la brigada de San Luis al mando del general Santiago Tapia, quien solicitó que se incorporara a su fuerza por considerarlo hombre de toda su confianza.  El coronel Escobedo no tenía ningún inconveniente en subordinarse a otros oficiales; resaltaba en todo momento su vocación militar.

  El año de 1863 fue muy importante en su trayectoria.  Debido a su desempeño en el sitio de Puebla, entre marzo y mayo, ascendió a general de brigada.  Después de concluido el cerco con la capitulación del general Jesús González Ortega fue hecho prisionero, pero pudo evadirse y nuevamente se puso al servicio del supremo gobierno.  El general Porfirio Díaz lo convocó a unirse al Ejército de Oriente que organizaba, y así combatió a los franceses con una brigada a su mando que operó en Oaxaca, Guerrero, Puebla, ciudad de México y, por poco tiempo, en Querétaro y Michoacán.  Al igual que en el resto del territorio nacional, la resistencia republicana el noreste fue incansable.  A pesar de que operaban oficiales franceses con un gran prestigio militar, la capacidad de Escobedo para organizar la campaña fue notable y bajo su mando las fuerzas armadas republicanas dieron grandes triunfos a la causa liberal.

  A pesar de los conflictos que se presentaban, el año1866 fue decisivo para la causa liberal; especialmente comenzaron los triunfos para los fronterizos.  Los resultados favorables en las batallas de Santa Isabel, Coahuila, y Santa Gertrudis, Tamaulipas, tuvieron importantes repercusiones en el curso de la guerra.  La batalla de Santa Gertrudis fue un golpe importante para Maximiliano de Habsburgo, ya que ocasionó la capitulación de las principales plazas que ocupaban los imperialistas en el noreste, especialmente las de Tamaulipas que comprendían la de Matamoros con su aduana y el puerto de Tampico, e inició la desocupación militar en este punto del país.

  Con todo ello, Escobedo obtuvo en noviembre de ese mismo año el grado de general de división; además se ganó el reconocimiento no sólo de los republicanos y del Supremo Gobierno, sino también del enemigo.  “Escobedo es hoy el mejor apoyo militar con el que cuenta Juárez, escribió el oficial francés Albert Hans pocos años después de la caída del imperio.  El oficial tenía razón, el neoleonés fue de los mejores militares que tuvo el Presidente de la República.  En el tenía un militar de toda su confianza, ya que era alguien que no ambicionaba el poder político, además que había demostrado en numerosas ocasiones su capacidad para la administración y organización castrenses.

  Por todo lo anterior, en la última etapa de la guerra contra el ejército imperialista, Juárez no dudo en entregarle el mando del ejército de operaciones, que comprendía las fuerzas de los Estados de Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí, Zacatecas y Aguascalientes, además del que ya tenía como general en jefe del Ejército del Norte.  Con todo este cargo iniciaba 1867, un año que sería decisivo para la causa liberal.

  Para la batalla final del imperio, Maximiliano de Habsburgo se dirigió a Querétaro acompañado de los generales Tomás Mejía, Miguel Miramón, Ramón Méndez, Severo del Castillo, Leonardo Márquez y Santiago Vidaurri, quienes prepararon la plaza para su defensa.  Posteriormente llegó Escobedo con las fuerzas a su mando, las cuales superaban en número y adiestramiento a las del emperador.  A demás cubrió la línea entre Querétaro y San Miguel de Allende (Guanajuato), así como el camino de la ciudad de México a Querétaro.  Se sentía con mucha confianza y sabía que era el momento para acabar con el imperio y la guerra.

  El sitio se inició el 8 de marzo de 1867.  Por casi setenta días la ciudad sufrió no sólo el fuego de la artillería, sino también el hambre y la falta de víveres, aunado a los cientos de heridos en las calles, lo cual conformaba una escena terrible.  A principios de mayo el general en jefe sabía que era cuestión de días apoderarse de la plaza, lo que sucedió a las tres de la mañana del 15 de mayo.

  Sostener el sitio era ya imposible porque los republicanos atacaban por todos lados y habían llegado hasta el convento de La Cruz, donde se encontraba el cuartel general de Maximiliano.  Ante la situación, el emperador, junto con algunos de sus oficiales, se trasladó al Cerro de las Campanas, donde finalmente ocurrió su captura.

  La caída del sitio de Querétaro y la rendición de Maximiliano fue un tema muy discutido en su momento y lo sigue siendo.  La supuesta traición del Miguel López hacia el emperador en una conferencia sostenida con Escobedo para entregar la plaza, hizo que las acciones realizadas por Escobedo se vieran opacadas.  Lo cierto es que además de evitar el derramamiento de más sangre, se mantuvo firme en sus decisiones y no permitió ninguna negociación.  Con la toma de Querétaro había caído el imperio.  El Presidente Juárez ordenó que se iniciara un proceso judicial  contra los principales prisioneros, es decir, el emperador Maximiliano y los generales Tomás Mejía y Miguel Miramón, el cual concluyó con la sentencia de fusilamiento para los tres.

  Desde el inicio del juicio, Escobedo tuvo la responsabilidad de cuidar que todo se realizara conforme las órdenes que recibió de Juárez, no obstante que el recuerdo de un hecho de armas que tuvo lugar durante la Guerra de Reforma le daba vueltas en la cabeza.  En esa ocasión, la intervención del general Tomás Mejía evitó que fuera fusilado, por lo que era el momento de pagar de igual forma la deuda moral que tenía con el imperialista, pero éste le respondió que sólo aceptaría el ofrecimiento si también se otorgara el perdón al archiduque y al general Miramón, petición que era imposible cumplir.  Finalmente, el 19 de junio de 1867 el emperador y sus dos principales generales fueron fusilados en el mismo Cerro de las Campanas.

  Después de concluida la guerra con Francia, la vida política del país entró en una nueva etapa de lucha interna por el control político, en la que Escobedo tuvo una participación discreta.  Al finalizar el conflicto solicitó la separación del servicio militar con la intención de dedicarse a su familia y a las actividades campestres.  No obstante, fue nombrado jefe de la 3ª división del ejército, que tendría como función principal defender las instituciones republicanas.

  Como lo hizo a lo largo de su carrera, se mantuvo leal a Juárez hasta la muerte de éste en 1872, después apoyó la candidatura y el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada.  A diferencia de Porfirio Díaz, no ambicionaba el poder ni mucho menos la presidencia.  No obstante, incursionó en la administración pública cuando, en 1868, fue electo gobernador de San Luis Potosí, puesto para el que fue reelegido en 1872.  Más tarde ocuparía otros cargos: fue senador por los estados de San Luis Potosí y Querétaro, así como ministro de guerra durante el gobierno de Lerdo de Tejada.

  En 1876 el ambiente político se convulsionó con la contienda por la presidencia de la República y el estallido de la revolución de Tuxtepec encabezada por el general Díaz, a la que Escobedo salió a combatir en Nuevo León y Tamaulipas, aunque sin éxito.  Las disputas políticas que prevalecieron en las postrimerías del siglo XIX le trajeron importantes desavenencias con quien años atrás habían sido sus compañeros de armas, especialmente con sus paisanos Gerónimo Treviño y Francisco Naranjo.  Más tarde ocupó el cargo de presidente de la Suprema Corte de Justicia Militar.

  El general Mariano Antonio Guadalupe pasó los últimos años de su vida en una casa que tenía en Tacubaya, en la ciudad de México, donde vivía con su familia.  Finalmente, la madrugada del 22 de mayo de 1902 dejó de existir el arriero de Galeana que hizo caer a un imperio.

  El general nacido en Nuevo León fue una figura fundamental del siglo XIX;  de aquellos que dese jóvenes se iniciaron en el camino de las armas y pasaron la mayor parte de su vida en el campo de batalla.  Debido a su reconocida vocación militar, combatió las invasiones angloamericana (la que los yanquis llaman norteamericana) y francesa.  Peleó contra los conservadores, venció a los imperialistas, luchó contra Porfirio Díaz.  Pero a diferencia de muchos caudillos de su tiempo, no ambicionó el poder político;  fue un personaje que entregó su vida a defender a la Patria.  ¡¡Un auténtico forjador de nuestro México!!

 
 
 

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