FORJADORES DE MÉXICO: GENERAL, PORFIRIO DÍAZ MORI (3a. Y última parte).
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- 2 mar 2025
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Actualizado: 6 mar 2025

Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
Desde luego, la situación del país era poco propicia para alentar esperanzas de crear un gobierno estable. Por los gastos extraordinarios que hizo para combatir la rebelión, Lerdo dejó la tesorería en bancarrota. No había dinero para pagar el sueldo completo ni siquiera al ejército; los caminos hervían de bandidos. Peor aún, el país que Porfirio Díaz comenzó a gobernar el 23 de noviembre de 1876 distaba mucho de merecer el nombre de Nación, pues los gobernadores mantenían aduanas propias en las que cobraban ruinosas alcabalas a cuanta mercancía procedente de otras entidades entraba a sus dominios, lo cual encarecía estratosféricamente los precios e imposibilitaba el desarrollo de una industria nacional. Los caminos se hallaban peor que en la época colonial, ya que el México independiente no había construido nuevas rutas, y ni siquiera había hecho reparaciones a las heredadas.
La situación internacional tampoco era tranquilizadora. Don Benito Juárez había roto relaciones con los países europeos que apoyaron la intervención francesa y apenas en 1878 otorgó Estados Unidos el reconocimiento diplomático al gobierno surgido del Plan de Tuxtepec. Y América Latina veía en México a un pariente molesto con el que era preferible no tener tratos. Esto requería imponer la paz a toda costa, y como medio para alcanzar el objetivo encontró el de desarrollar económicamente al país, ya que la creación de fuentes de trabajo generaría una corriente de simpatías hacia su persona y así se crearían elementos interesados en conservar la estabilidad. El lema del nuevo gobierno era: “Poca política y mucha administración”. Un centenar de magnates estadounidenses aceptaron la invitación de visitar México y observar de primera mano al país.
Siempre se acusó a Porfirio Díaz de haber entregado el país a los extranjeros. Lo que nadie explicó es quienes más podrían haberlo ayudado a superar la catastrófica situación, pues casi no quedaban ricos nacionales y los pocos que continuaban actuando no tenían interés en crear empresas modernas ni sabían manejarlas. Pero el presidente sabía lo que estaba haciendo, por falta de lazos diplomáticos con Europa, necesitaba a los vecinos ricos más que nunca. Zamacona, en Relaciones Exteriores, Justo Benítez en Gobernación, y Manuel González, en Guerra y Marina, fueron los principales colaboradores de Díaz en su primera incursión presidencial.
En Hacienda tuvo que cambiar ocho veces de ministro en menos de cuatro años que duró el primer período, pues ninguno de ellos fue capaz de introducir un principio de orden en el caos de las finanzas públicas. Así, la actividad del presidente en el terreno económico se redujo a entregar 26 concesiones ferroviarias y en la realización de estas obras cifró las mejores esperanzas no sólo de comprar partidarios, sino también de desarrollar la economía, para Porfirio Díaz los caminos de hierro resolverán todas las cuestiones políticas, sociales y económicas que no han podido resolver el patriotismo, la abnegación y la sangre de dos generaciones.
En el campo, Díaz emprendió una ofensiva relámpago para combatir el bandidaje. Su principal instrumento fue el cuerpo de guardias rurales, una creación juarista en donde encontraron empleo cientos de militares desmovilizados y bandidos con deseos de rehabilitarse, quienes llevaron a cabo redadas de bandoleros y sospechosos de serlo. Miles de individuos, entre ellos una infinidad de inocentes, fueron ahorcados y ejecutados, pero los rurales justificaban su actitud diciendo: “No importa; allá en la otra vida, el señor acogerá a los buenos”.
En 1878, en observancia del Plan de Tuxtepec, Díaz promovió dos reformas a la Co nstitución. La primera restó al presidente de la Suprema Corte de justicia la función de vicepresidente de la República y, como tal, adversario en potencia del jefe. La segunda prohibió la reelección presidencial, con un añadido: “excepto después de un período de cuatro años”. Era obvio que trataría de reelegirse una vez transcurrido ese tiempo. Y efectivamente, en las elecciones de 1880 eligió por dedazo a su compadre Manuel González para el periodo que terminaría en 1884, dejando vestido y alborotado a Justo Benítez, quien además de estar considerado como el cerebro del presidente, controlaba a la mayoría de los diputados, y por lo tanto era el más poderoso de los porfiristas. Pero Díaz deseaba una especie de marioneta y Benítez no entraría en el juego del presidente y Manuel González sí; por lo tanto, éste fue el elegido.
El nuevo presidente aseguraba haber nacido en el rancho El Moquete, en el municipio de Matamoros, Tamaulipas, en 1833, aunque muchos afirman que vio la primera luz en España y siendo niño fue llevado por sus padres españoles al ranchito tamaulipeco. Era un hombrón simpático y de gran inteligencia natural que compensaba sobradamente su falta de estudios. Era un amigo íntimo y compadre de Porfirio Díaz. Al culminar la revuelta de Tuxtepec, González llegó por sorpresa al pareje de Tecoac, donde sus correligionarios porfiristas estaban a punto de ser derrotados por el ejército lerdista, y atacando la retaguardia aseguró el triunfo de los suyos. Una vez en la presidencia, Díaz lo nombró ministro de Guerra y Marina y en 1880 le cedió la silla presidencial.
González cosechó los frutos de la siembre de concesiones ferroviarias hecha por Díaz, de manera que al terminar su cuatrienio el país tenía 5,731 kilómetros de vías contra 640 que dejó Lerdo. La gente quedó fascinada por el rugido de las locomotoras y la rapidez conque se llevó a cabo la construcción, millares de hombres encontraron trabajo. Abundó el dinero para pagar puntualmente a militares y burócratas y aún así en su primer año el gobierno tuvo un superávit de un millón de pesos.
En un país impreparado para recibir fuentes inyecciones de dinero, la inflación hacía estragos entre las capas más pobres de la población. Se necesitaba además pagar los subsidios concedidos a las empresas ferroviarias y el gobierno no tenía con que hacerlo. El famoso superávit del primer año había desaparecido y el gobierno no tuvo la atingencia de prever fondos de reserva para afrontar posibles épocas de escases, debido a los síntomas de corrupción que ya afloraban en el gobernó gonzalista. Los periódicos porfiristas contrastaban el desbarajuste con la relativa honestidad que privó durante el cuatrienio de Díaz.
Sin embargo, dentro de los claroscuros de su gobierno, podemos entrever algunos buenos logros: durante su administración se normalizan las relaciones con Inglaterra, se decreta obligatoria la instrucción primaria en algunos estados, se establece el sistema métrico decimal en el país, funda el Banco Nacional de México y empiezan a llegar capitales extranjeros.
El primero de diciembre de 1884 ocurrió el cambio de gobierno. La Tesorería estaba exhausta y el descontento crecía y los gonzalistas, empeñados en recuperar la presidencia en el siguiente cuatrienio, aprovecharon la coyuntura para agudizar las críticas a Díaz. González declaró públicamente su oposición a que se reeligiera Díaz y por momentos pareció inminente una guerra entre los partidarios de ambos personajes. Al final el primero se reconoció vencido y aceptó la gubernatura de Guanajuato, sin ser guanajuatense. González permaneció en la gubernatura hasta 1893, año en que fue a descansar a su espléndida hacienda de Chapingo, Estado de
Sobre las ideas del orden, la paz y el progreso, Porfirio Díaz cimentó la estructura de su régimen. Los tres pilares abrevaban en la filosofía positivista de Augusto Comte, pero adquirieron sentido en un México sumido en el caos durante todo el siglo XIX. Díaz fue el mejor soldado de la república. Cuando asumió el poder en 1877 todo estaba por hacerse. El orden, la paz y el progreso se convirtieron en sus patrióticas obsesiones.
Su primer cuatrienio estuvo enfocado a ganarse la confianza de los Estados Unidos gracias al pago puntual de los compromisos de la deuda y a la pacificación del país. Junto a la paz y el progreso, la conciliación. Bajo su gobierno las viejas rencillas partidistas desaparecieron casi por completo. Con el tiempo, y la generosa distribución de cargos públicos, todos terminaron siendo porfiristas. El clero se acercó nuevamente al poder político, no para ejercerlo sino para apoyarlo. Los poderes de la nación fueron sometidos a la voluntad presidencial. El Congreso fue conocido como el club amigos del presidente.
A partir del segundo período en 1884 ---luego de los cuatro años de su compadre González--- la modernización tocó a las puertas de México. Principio entonces un crecimiento económico sin precedentes. El ferrocarril se convirtió en el ícono de la dictadura. Al comenzar el largo régimen—de treinta años--- existían poco más de 800 kilómetros de vías férreas, al dejar Díaz el poder en 1911 la red alcanzaba los 20 mil kilómetros. La inversión extranjera empezó a fluir dentro de las fronteras mexicanas, se reactivaron la minería y la industria, la explotación del petróleo se manifestó como la actividad más rentable del nuevo siglo, los bancos abrieron sucursales en distintos puntos del país, las casas comerciales se multiplicaron. Las ciudades comenzaron a mostrar un rostro diferente: el de la luz eléctrica y las calles asfaltadas; el del telégrafo, el correo eficiente y el teléfono.
Los apellidos de abolengo florecieron pronto y una pequeña aristocracia rodeó al presidente. El grupo de los “científicos” alcanzó notoriedad al ocupar los cargos más importantes en el gabinete de Díaz. Su tarea era aconsejar a don Porfirio, mantener a la nación en la ruta del progreso y de paso enriquecerse con los negocios públicos.
Pero, como en toda dictadura, la prosperidad de unos cuantos se asentaba sobre la miseria de la mayoría. Las contradicciones sociales eran escandalosas. El progreso material corría por los rieles de la desigualdad. Buena parte de las haciendas porfirianas habían despojado a los pueblos de sus tierras. La llamada “paz porfiriana” se había escrito con sangre. Nadie olvidaba que don Porfirio inauguró su primera administración con la frase “mátalos en caliente”, ni que centenas de indios yaquis y mayas sufrieron deportaciones al terrible Valle Nacional, en Oaxaca, donde la esclavitud era casi un hecho. Tampoco podía olvidarse la represión de los obreros en Cananea, Sonora, y Río Blanco, Veracruz, ni los periodistas que terminaron sus días en las tinajas de San Juan de Ulúa por criticar al régimen.
Porfirio Díaz cerro las puertas al otro progreso, el político, y en 1910 prefirió atrincherarse en el espíritu de una dictadura vieja y decadente. Con sobrada razón, el movimiento revolucionario le cobró cada uno de los agravios sociales condenándolo a la mayor de las penas que puede sufrir un soldado de la patria: morir en la soledad del exilio.
Mucho se ha reprochado a Díaz que no haya tomado medidas para suavizar la miseria de la mayoría de la población. Esto es tan injusto como reprocharle que no haya introducido el uso de las computadoras, pues en su época no se adjudicaba a ningún gobierno del mundo la responsabilidad de combatir la miseria, que a la sazón hacía estragos hasta en Europa. A Porfirio Díaz habría que criticarle más bien el que haya prohijado la subsistencia de una sociedad burocrática que entorpeció el crecimiento de una sociedad burguesa como el de las naciones adelantadas, la cual, en primer término, no lo habría dejado ejercer el gobierno durante 34 años.
Hasta su muerte, causada por la arterioesclerosis y registrada a las 6:30 de la tarde del 2 de julio de 1915 en su discreto apartamento de la avenida del Bosque, en París, Francia, Porfirio Díaz resistió las incitaciones de sus partidarios para encabezar una nueva rebelión; sabía que ya le faltaban energía y tiempo.
Realmente, si Porfirio Díaz hubiera muerto, o por lo menos renunciado a la presidencia, cuando cumplía 75 años, o hubiese dejado al país organizado para que alguien más lo pudiera gobernar, hoy tendría estatuas dedicadas a homenajearlo en todas las ciudades mexicanas. Pero no lo hizo, a sabiendas de que debió hacerlo, y por lo tanto merece una buena parte de los denuestos con que tapizaron su figura histórica quienes lo sucedieron en el ejercicio del poder.
PERÍODOS DE GOBIERNO DE PORFIRIO DÍAZ.
Presidente de facto: 21 de noviembre de 1876 a 6 de diciembre de 1876
17 de febrero de 1877 a 5 de mayo de 1977
Presidente Constitucional--- 6 de mayo de 1877 a 30 de noviembre de 1880
Primera reelección----1º de diciembre de 1884 a 30 de noviembre de 1888
Segunda reelección---1º de diciembre de 1888 a 30 de noviembre de 1892
Tercera reelección-----1º de diciembre de 1892 a 30 de noviembre de 1896
Cuarta reelección------1º de diciembre de 1896 a 30 de noviembre de 1900
Quinta reelección------1º de diciembre de 1900 a 30 de noviembre de 1904
Sexta reelección--------1º de diciembre de 1904 a 30 de noviembre de 1910
Séptima reelección-----1º de diciembre de 1910 a 25 de mayo de 1911






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