FORJADORES DE MÉXICO: GENERAL PORFIRIO DÍAZ MORI (1a. Parte).
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- 16 feb 2025
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
Nació Porfirio Díaz el 15 de septiembre de 1830 en un cuartucho del mesón de la Soledad, en la ciudad de Oaxaca. Su padre, José de la Cruz, administraba el establecimiento, en el que alquilaba pesebres y rincones donde dormir a los arrieros que pasaban por la ciudad. Para completar el gasto, trabajaba en un banco de herrería y ofrecía sus servicios de veterinario práctico proporcionando atención a las bestias enfermas de sus huéspedes.
Cuando Porfirio tenía tres años, don José de la Cruz murió en una epidemia de cólera que asoló al país. Doña Petrona Mori, la madre viuda, no pudo administrar eficientemente el mesón; tuvo que abandonarlo e instalarse en una casa de las orillas de la ciudad, donde ganaba una miseria tejiendo rebozos en compañía de sus tres hijas. Porfirio se vio en la necesidad de trabajar desde que tuvo uso de razón; además de él, su madre debía mantener a tres hijas y a otro hijo, Félix, el benjamín de la familia. Don José de la Cruz y doña Petrona eran indios mixtecos con levísima mezcla de español. Ambos representaban el prototipo del mexicano “luchón” que se las ingenia para sobrevivir aún en la mas espantosa de las adversidades. Como herencia única e inapreciable, Porfirio recibiría el carácter indomable de sus progenitores.
Mientras estudiaba la primaria, Porfirio fue aprendiz de carpintero y zapatero. Cuando llegó a la adolescencia consiguió ser admitido en el Seminario de Oaxaca, y para ayudar a doña Petrona aprendió a reparar carabinas y pistolas. Jugando con pólvora, un día le produjo serias quemaduras en la nariz a su hermano Félix, el que fue conocido a partir de entonces por el apodo de “El Chato”. Alto y fortachón, a base de golpes y pedradas se hizo respetar en un medio que lo menospreciaba por pobre. Se dice que llegó a portar machete bajo la capa de seminarista, y que muy pronto se convirtió en el terror de sus compañeros.
Cierto día, un prominente abogado de Oaxaca llamado Marcos Pérez lo empleó para que diera clases de latín elemental a su hijo. Marcos Pérez era un zapoteca que se había encumbrado en la sociedad oaxaqueña gracias a sus actividades como dirigente del embrionario partido liberal. Cobró afecto por Porfirio, y en las frecuentes visitas de éste a su casa le transmitió los rudimentos de su doctrina política, que el joven abrazó con ardor porque representaba el mejor recurso para abrirse paso en un ambiente dominado por los conservadores.
Cuando le faltaba apenas un año para ordenarse, comunicó a doña Petrona su deseo de abandonar el sacerdocio e inscribirse en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca para seguir la carrera de abogado. Tras lloriquear tres días doña Petrona cedió. Porfirio fue alumno del Instituto entre 1849 y 1854. En los últimos meses desempeñó trabajo de bibliotecario y pasante de abogado. Es falsa la idea que se tiene de él en el sentido de que era casi un analfabeta; todo lo contrario, sabía expresarse vigorosamente por escrito aunque con faltas de ortografía, y su hablar era claro y agradable, aunque hasta el fin de sus días siguió pronunciando incorrectamente “máiz” por maíz, “páis” por país y así sucesivamente.
No alcanzó a recibirse de abogado porque en octubre de 1854 Antonio López de Santa Anna, en su último y peor período presidencial, convocó a un plebiscito para que todos los ciudadanos declararan si aprobaban o no su gestión. El votante debía escribir su nombre en un libro cuyas páginas estaban encabezadas con un “si” y un “no”. Por supuesto la negativa se castigaba con la cárcel o con la incorporación al ejército. Todos los maestros y empleados del Instituto recibieron orden del director en el sentido de votar afirmativamente. Porfirio fue obligado a presentarse en la casilla, pero una vez allí dijo que no deseaba votar. Cuando los funcionarios santanistas encargados de la casilla le preguntaron si tenia miedo de expresar sus opiniones, el aludido se encendió, tomó la pluma y ante los desorbitados ojos de los presentes escribió en la columna encabezada por el “no” el nombre de Juan Álvarez, el caudillo de la revolución contra Santa Anna cobijado por el Plan de Ayutla que recién se había iniciado.
La estupefacción que produjo en los funcionarios santanistas el atrevimiento de Porfirio determinó que por el momento no dieran orden de aprehenderlo. La girarían unas horas más tarde, cuando el joven ya había huido a la Mixteca para incorporarse a la gavilla liberal que encabezaba un tal Francisco Herrera. Al lado de este cabecilla Porfirio tomó parte en sus primeros combates, acciones de tan poca importancia que no vale la pena reseñar. Una vez derrocado Santa Anna obtuvo el puesto de Jefe político del distrito oaxaqueño de Ixtlán.
Por esas fechas Benito Juárez llegó a Oaxaca como gobernador. El triunfo de los liberales tenía fuera de sí a los militares del ejército federal. En su carácter de comandante de las milicias del distrito de Ixtlán, Porfirio asistió a los cursos de la academia, y cuando lo pusieron a escoger entre regresar a su puesto de jefe político o quedarse en la milicia con el grado de capitán, optó por lo segundo a pesar de que el cambio significaba una reducción de sueldo de 160 pesos mensuales a sólo 50. Las labores oficinescas del jefe político le repugnaban, y la satisfacción de ejercer el mando militar ya se había convertido en una especie de droga que necesitaría en adelante para vivir con plenitud.
En los primeros días de 1858 estalló la Guerra de Tres años o Guerra de Reforma. Don Benito Juárez ascendió a la Presidencia y, perseguido por el gobierno militar-conservador que se apoderó de la capital de la República, estableció su gobierno en Veracruz. Durante tres años consecutivos, el país estuvo envuelto en la guerra sin cuartel entre liberales y conservadores. Esta terrible lucha dio ocasión a Porfirio Díaz de ganar varios ascensos. A mayor, el 12 de abril de 1858, por haber deshecho una gavilla conservadora. A teniente coronel dos años más tarde y a coronel poco después, como premio a otra serie de triunfos de mediana importancia obtenidos en la región de Tehuantepec. En un combate sufrió el impacto de una bala que trajo clavada dos años, por falta de un médico competente que se la sacara.
Félix Díaz se unió a su hermano en la lucha. El 20 de octubre de 1860 ambos derrotaron a los conservadores que ocupaban Oaxaca. Porfirio quiso continuar su marcha victoriosa hasta el centro de la República, pero sus soldados se negaron a seguirlo más allá de los límites de su entidad. Sólo un puñado de fieles lo acompañaron a la ciudad de México, donde participaría casi anónimamente en el desfile del primero de enero de 1861 con el que los liberales festejaron su triunfo.
A mediados de 1861 Porfirio Díaz fue electo diputado federal y debió establecer su residencia en la capital de la República. Cuando llegó la noticia de que una gavilla conservadora había matado al caudillo liberal Santos Degollado, solicitó licencia para separarse de su curul y marchar en persecución de los asesinos. Más adelante y en premio de su destacada y valiente intervención en varias acciones bélicas, fue ascendido a general brigadier; tenía entonces 31 años de edad. (La jerarquía del generalato en el Ejército Nacional se compone de tres grados: general brigadier, el que forma parte de una brigada; general de brigada, el que comanda toda la brigada; general de división, el que comanda 25 brigadas en conjunto las cuales forman toda una División).
Al comenzar 1862 llegaron a Veracruz las fuerzas inglesas, españolas y francesas, que pretendían obligar al gobierno mexicano a pagar diversas deudas para cuya liquidación no había un solo centavo en la Tesorería. Ingleses y españoles no tardaron en darse cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos y dejaron solos a los franceses, quienes secretamente habían entrado en tratos con los conservadores mexicanos para arrojar a los juaristas del gobierno e instalar a Maximiliano de Habsburgo en el trono del que ser ía el nuevo Imperio Mexicano.
El 5 de mayo siguiente un ejército francés de 6,000 hombres inició el ataque a la guarnición mexicana de Pueblo, comandada por el general Ignacio Zaragoza. Confiados en su superioridad bélica y en hecho de que hasta entonces no habían encontrado resistencia, los franceses fueron rechazados el mismo día del ataque y puestos en fuga. Porfirio Díaz, comandante de la sección que defendía el fuerte de Guadalupe, fue el único que salió en persecución de los invasores, aunque el daño que alcanzó a causarles fue escaso.
Al año siguiente otro ejército francés, ahora formado por 27,000 europeos y 2,000 mexicanos imperialistas, intentó restaurar el honor de la bandera francesa y el 18 de marzo de 1863 puso finalmente sitio a la ciudad de Puebla. El ya general de Brigada Porfirio Díaz se encontraba entre los defensores, quienes comandaba el general Jesús González Ortega; el general Zaragoza ya había muerto en septiembre del año anterior debido a un ataque de tifoidea. Puebla resistió dos meses el ataque y capituló el 17 de mayo. Una veintena de generales mexicano, entre ellos Díaz, cayeron prisioneros.
Los generales presos debían ser trasladados a Veracruz y de allí conducidos a Francia. Díaz aprovechó un descuido de sus guardianes y escapó. Por caminos apartados llegó a la ciudad de México, donde encontró a don Benito Juárez abrumado por la deserción general y preparándose para abandonar la capital e instalar su gobierno en el norte. Porfirio acompañó al presidente hasta Toluca, y allí recibió el encargo de trasladarse a Oaxaca para organizar el Ejército de Oriente. No pudieron dar más que 2,800 hombres y unos cuantos cientos d pesos, pero en cambio fue ascendido a general d división.
De Toluca marchó Díaz hacia Taxco a través de la áspera sierra y sus caminos en los que ni siquiera se podía ir a caballo. Sin comida, casi desnudos, sus hombres morían o caían al suelo desfallecidos. El general los reanimaba a sablazos; para substituir las bajas, tomaba en leva a cuantos hombres mayores de doce años lograba capturar. Así y todo, logró vencer a la guarnición conservadora de Taxco; levemente repuesto, prosiguió hacia las márgenes del Río Mezcala y poco después se internaba en territorio oaxaqueño. En la capital del Estado observó secretamente con los imperialistas. Díaz lo obligó a renunciar y durante dos meses que el gobernador liberal negociaba desempeñó la gubernatura.
Maximiliano llegó a México en junio de 1864. A continuación, el ejercito francés, que ya tenía 36.000 efectivos, ocupó gran parte del país excepto partes del norte y del sur así como el territorio que dominaba Porfirio Díaz: Oaxaca. La situación oaxaqueña era comprometida. Varios oficiales liberales fueron inducidos a desertar y el Ejército de Oriente se redujo a unos cuantos centenares de hombres. Al mismo Díaz trataron de corromperlo con dinero, pero rechazó las ofertas y se convirtió en un factor de irritación para los franceses, quienes redoblaron sus esfuerzos por capturarlo. A principios de 1865 lograron acorralarlo en Oaxaca; el 8 de febrero se vio en la necesidad de rendir la plaza y fue llevado prisionero a Puebla.
Dos meses lo tuvieron en el fuerte de Loreto, contiguo al que había defendido el 5 de mayo de 1862. Luego lo trasladaron al convento de Santa Catarina. Ya dentro de su celda, comenzó a abrir un túnel hacia la calle y para su desgracia, a los cuatro meses de estar escarbando el túnel, sus captores decidieron trasladarlo al monasterio Carolino. La noche del 20 de septiembre de 1865, cuando ya tenía nueve meses en prisión, Porfirio Díaz recibió en su celda un puñal y cuatro reatas que le hicieron llegar sus correligionarios. Ya con esos aditamentos escaló el muro del convento y deslizándose y saltando por entre las cupulas de la construcción logró llegar hasta el muro exterior, escalarlo y salir finalmente a la calle.
Marchó a Guerrero con el propósito de solicitar ayuda al cacique Juan Álvarez. Éste le proporcionó doscientos hombres de su guardia y ochocientos rifles. Así empezó a rehacer en serio su ejército. La tarea era particularmente difícil porque sólo podía pagar doce centavos diarios a los soldados y nada a los oficiales, con todo y eso, 1866 sería para él un año de triunfos que culminaron con dos victorias importantes. En septiembre se sintió lo bastante fuerte para combatir en grande y con la ofensiva como táctica fundamental. Había encontrado dos magníficos auxiliares en las personas de su hermano Félix, quien tenía el grado de coronel y en la del coronel Manuel González, un corpulento tamaulipeco barbón que originalmente había sido coronel del ejército conservador, pero cuando vio que sus correligionarios se entregaban al ejército invasor cambió de bando.
El 8 de octubre, los hermanos Díaz sitiaron Oaxaca, donde el enemigo se refugió en cuatro conventos. Mientras se desarrollaba la lucha, Porfirio fue informado de que por el camino de México se acercaban 1,500 franceses y austriacos en auxilio de los sitiados. Dejó una débil fuerza que mantuviera el sitio y se encaminó al encuentro del enemigo. Lo esperó en el cerro de La Carbonera, y después de una de las batallas más feroces de la guerra de Intervención, las fuerzas liberales obtuvieron una victoria contundente, una de las pocas que se anotarían los mexicanos frente al poderoso ejército de Napoleón III. Dueño del magnifico armamento de los invasores, Díaz ya no tuvo ningún problema para ocupar Oaxaca. Al finalizar el año 1866 había limpiado de imperialistas todo el Estado.
Durante las primeras semanas de 1867, Porfirio Díaz recibió un enorme Cargamento de armas que le mandaba Juárez, quien a su vez las recibió de Estados Unidos. Con un ejército que crecía incesantemente avanzó hasta Acatlán, Puebla, a tiempo para darse el gusto de permitir el paso de las tropas francesas, que marchaban hacia Veracruz para tomar los barcos en los cuales volverían a su patria por órdenes de Napoleón III. Maximiliano quedó sin más apoyo que el de los mexicanos imperialistas y un puñado de oficiales y mercenarios europeos que aceptaron seguir a su lado. El 12 de febrero el gobierno y la mayoría de las fuerzas imperialistas se refugiaron en Querétaro.
En el norte, los liberales de Mariano Escobedo, abundantemente dotados de armas que les proporcionaban los angloamericanos, habían marchado de triunfo en triunfo. Otro tanto ocurría con las fuerzas de Ramón Corona, un joven jalisciense que a base de ingenio y audacia había formado un gran ejército con el que obtuvo una serie de sonadas victorias en todo el occidente y noroeste del país. Cientos de guerrilleros liberales liquidaban en otras partes los últimos focos de resistencia. Escobedo sitió Querétaro el 9 de marzo; el mismo día que Porfirio Díaz inició el sitio de Puebla. El 2 de abril tomó ---por asalto, según los porfiristas, o porque sobornó al general defensor, según otros--- la plaza, adelantándose a la llegada de un ejército conservador que marchaba en auxilio de los sitiados.






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