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FORJADORES DE MÉXICO: GENERAL PORFIRIO DÍAZ MORI (2a. Parte).

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  • 23 feb 2025
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                                           Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador  

 

  Porfirio Díaz pensó que había llegado el momento de ocuparse de sus asuntos personales.  Poco después de ña victoria poblana firmó un poder para que un abogado de sus confianzas contrajera matrimonio a su nombre con la señorita Delfina Ortega, Porfirio estaba por cumplir los 37 años.  Por el momento, Díaz no pudo disfrutar de la dicha conyugal.  Después de la victoria de Puebla, Benito Juárez ni siquiera se molestó en enviarle la felicitación reglamentaria; sólo su ministro de guerra, el general Ignacio Mejía, le escribió para informarle que el Presidente se había enterado ya de su triunfo.  Desde tiempo atrás, Juárez, receloso de los triunfos de Díaz, lo consideraba ya como un competidor en la persecución del empleo presidencial.

  Puebla ofreció a Porfirio Díaz la oportunidad de tomar la capital de la República, que estaba defendida apenas por cuatro mil soldados imperialistas, en tanto que el Ejército de Oriente ya contaba con 25.000.  Juárez sabía esto muy bien, y no podía escapársele el detalle de que si Porfirio tomaba la capital se convertiría en el general más famoso del país y en un candidato natural para ascender a la Presidencia; por ello ordenó a su paisano que mandara refuerzos a Escobedo, cuyas energías seguían absorbidas por el sitio de Querétaro.

  Porfirio Díaz se sintió víctima de la tortuosidad juarista y desobedeció la orden.  El 13 de abril el Ejército de Oriente inició el ataque a las posiciones imperialistas de Tacubaya y Villa de Guadalupe.  El 15 de mayo los liberales de Mariano Escobedo y Ramón Corona ocuparon Querétaro y tomaron prisioneros a Maximiliano y sus generales, sin que el oaxaqueño Díaz hubiera logrado aún adueñarse de la capital.  Juárez le envió desde Querétaro a Ramón Corona con 14,000 hombres, no como ayuda sino para restar brillo al inevitable triunfo de su paisano.

  Porfirio Díaz entró en la capital el 21 de junio de 1867.  Ese mismo día cometió el erroer de enfrentarse a Juárez en el terreno de la política.  Anunció su propósito de volver a la vida civil, renunció a su cargo y entregó al gobierno $115,000 pesos que le habían sobrado después de pagar todos los gastos de su ejército.  Con esto último buscaba evidentemente hacer quedar mal a otros jefes regulares, quienes en su mayoría eran poco escrupulosos.  Por supuesto, un general no puede renunciar al mando de sus tropas antes de que se establezca un gobierno capaz de conservar el orden.  Juárez ni siquiera se dignó contestar la carta de renuncia; sólo prosiguió su viaje hasta la capital donde haría su entrada el 15 de julio.

  Porfirio tuvo que encargarse de organizar la recepción popular.  El gran día se traslado hasta Tlalnepantla para dar allí la bienvenida al presidente.  El carruaje de Juárez encabezaba el convoy gubernamental.  El general oaxaqueño se paró frente al vehículo, pensando que el presidente lo invitaría a subir, de modo que ambos recibieran la ovación popular.  Pero Juárez se limitó a pronunciar un glacial “¡Hola, Porfirio!” y ordenó a su cochero que siguiera adelante, mientras que el general se quedaba parado en el camino, con el rostro encendido por el bochorno y el coraje.  Salvó la situación el ministro Sebastián Lerdo de Tejada, quien viajaba en el carruaje de atrás e invitó al general a subirse.  Así, como personaje de segunda, Porfirio Díaz entro en la urbe que había ganado para Juárez y los juaristas.  Adelantándonos un poco a los tiempos de le Revolución de Madero, notamos también que el Primer Jefe Venustiano Carranza, receloso y en su odio a Francisco Villa, desautorizó a éste el ataque a Zacatecas con el avieso propósito de detenerlo en su carrera triunfal, y, por el contrario, le ordenó enviar 7,000 hombres para reforzar a los jefes Joaquín Amaro y Pánfilo Natera que estaban siendo derrotados en Zacatecas.  Y también, reconociendo la tortuosidad de Carranza, desobedeció la orden de éste y con su triunfo en Zacatecas logró el derrocamiento del chacal Victoriano Huerta y con eso el triunfo de la Revolución.

  El 15 de octubre del año 1867 hubo elecciones presidenciales.  Lanzado como candidato por sus partidarios, Porfirio Díaz sólo obtuvo 2,709 votos contra más de 6.000 de Juárez y cerca de 3,000 de Lerdo (en ese tiempo las elecciones se desarrollaban por medio electores de los congresos estatales y de acuerdo con la cantidad de habitantes de cada Estado).  La influencia del presidente en aquellos momentos convenció a Díaz que debía abandonar por un tiempo la escena política;  se refugió en la hacienda de La Noria, una extensa propiedad situada a corta distancia de la capital oaxaqueña, que el gobierno estatal le había regalado como premio a sus servicios.

  En La Noria, donde aparentó dedicarse a labores agrícolas, nacieron sus primeros dos hijos legítimos, Porfirio Germán y Camilo, muertos a poco de nacer, igual que la primera hija, Luz, nacida en 1871.  Delfinita, la esposa, era hija de una hermana de Porfirio y de un abogado oaxaqueño que la sedujo y la abandonó.  El matrimonio de parientes cercanos era usual en la época, pero la consanguinidad de Porfirio y Delfinita parace haber causado taras notables a su descendencia.

  Azuzaban a Porfirio Díaz enjambres de políticos y militares despechados porque Juárez no les daba los puestos que creían merecer.  El principal de todos era el oaxaqueño Justo Benítez.  Entre los demás estacaban el escritor Ignacio Ramírez “El Nigromante”, el periodista Ireneo Paz y los licenciados Protasio Tagle y Manuel M. de Zamacona; los generales caciques del noreste Jerónimo Treviño y Francisco Naranjo, y los generales caciques Trinidad García de la Cadena, de Zacatecas, y Donato Guerra, de Durango.  Ninguno de estos individuos veía en Díaz a su caudillo; en el fondo lo consideraban un simple instrumento para satisfacer sus propias ambiciones.

  A favor de Porfirio Díaz actuaban los vaivenes de la opinión pública.  La popularidad que tenía Juárez cuando volvió triunfante a la capital se esfumó a medida que la gente se daba cuenta de que la victoria liberal sólo había servido para cambiar de altos funcionarios y poner en vigor nuevas formas jurídicas, pero no para crear empleos o hacer obras públicas.  La imagen que proyectaban los altos funcionarios liberales era lamentable.  Juárez, vestido siempre con su taje obscuro, daba la impresión de ser un abogado sin clientela.  Pero fuera de unos cuantos letrados con aspecto de aspirantes a caballero francés, los funcionarios juaristas parecían pordioseros.

  Porfirio Díaz tampoco era precisamente un “dandy”.  Entró a la capital a la cabeza de la invicta División de Oriente con traje de “encargado de tlapalería, mostrando un tipo verdaderamente infeliz”.  Cuando se ponía levita, su aspecto era ridículo; después de comer se limpiaba los dientes con buches de agua que arrojaba a las alfombras, y con su voz cavernosa soltaba a cada paso expresiones de cuartel.  Pero representaba a una generación más joven que los apolillados funcionarios juaristas que nunca se imaginaron que llegaría a convertirse en amo del país, pero sí se pensó que podría ser útil para precipitar un cambio.

  En 1871 se celebraron las nuevas elecciones presidenciales.  Participaban como candidatos Benito Juárez, el ministro de Relaciones Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz.  Ninguno de los tres obtuvo mayoría absoluta; la decisión final corrió a cargo del Congreso, que declaró a Juárez presidente y a Lerdo Presidente de la Suprema Corte de Justicia y vicepresidente.  En noviembre de 1871 los porfiristas publicaron su llamado a la revolución mediante el Plan de La Noria en el que rechazaban el resultado de las elecciones y lanzaban la célebre frase: “Que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el ejercicio del poder, y ésta será la última revolución” . 

  Juárez encontraba fácil reelegirse por el disparatado sistema electoral imperante y dar a su camarilla los empleos del gobierno; y mientras no hubiera alternancia, la camarilla adherida al Plan de La Noria no podía aspirar a ningún puesto público.  A la hora de la hora, los porfiristas escasearon al estallar la revuelta.  Entre botella y botella de coñac, el general Juarista Sóstenes Rocha aplastó en el norte a Treviño, Naranjo y García de la Cadena, los rebeldes más peligrosos.  En Oaxaca Félix Díaz tuvo la ocurrencia de meterse a la sierra de Ixtlán, el terruño de Juárez, y los indios de la comarca lo tomaron preso y lo torturaron horriblemente hasta matarlo.

  Porfirio Díaz anduvo a salto de mata, disfrazándose de arriero y de cura, hasta refugiarse en Nayarit, el feudo del cacique eximperialista Manuel Lozada. El famoso ”Tigre de Álica”  (Álica: la sierra nayarita), quien al frente de sus coras y huicholes pretendía restaurar el Imperio Azteca. El cacique lo trató con frialdad, aunque lo acogió en su feudo.  Luego, el 18 de julio de 1872 Juárez murió de una antigua afección cardiaca, y Lerdo ascendía automáticamente a la presidencia; Lozada hizo las paces con Lerdo y expulso a Díaz de sus dominios. 

  En Sinaloa, y luego en Chihuahua, Durango y Zacatecas, Porfirio Díaz se unió a Donato Guerra y anduvo haciendo esfuerzos desesperados por reavivar la revuelta.  Lerdo decretó una amnistía general, y poco a poco Díaz se quedó sólo.  En octubre de 1873 el mismo se acogió a la amnistía.  Un amigo de Tlacotalpan, Veracruz, le facilitó dinero para comprar un terreno a orillas del Río Papaloapan, y allí pasó Díaz un buen tiempo dedicado a cultivar caña de azúcar.  En Tlacotalpan nacieron Porfirito (1873) y Aurora Victoria Luz (1875), los primeros hijos de Delfinita que lograron sobrevivir.

  Hacia la primera mitad de 1876 Díaz publica un nuevo plan revolucionario:  El Plan de Tuxtepec, igual en el fondo al de la Noria ya que era seguro que Lerdo tratara de reelegirse.  Al principio parecía que el plan de Tuxtepec correría la misma suerte que el de La Noria: en Monterrey lo esperaban los generales Gerónimo Treviño y Francisco Naranjo quienes habían sobrevivido a la derrota del plan anterior y antes de llegar a la capital neoleonesa, en el rancho de Icamole, fue atacado y puesto en fuga por los sodados lerdistas.  Díaz se refugió temporalmente en Estados Unidos, pero nunca renuncio a sus planes contra la reelección de Lerdo.  En Nueva Orleans   se disfrazó de médico y tomó un barco que lo condujo secretamente a Tampico y Veracruz.

  El 6 de julio llegó a sus dominios de Oaxaca para enterarse que Treviño y Naranjo ya habían sido derrotados en el norte y Donato Guerra había muerto en una balacera.  Se trasladó después a la sierra de Puebla, donde los caciques aliados mantenían con dificultad la lucha.  Allí se le unió su compadre Manuel González, quien había tenido poca fortuna en La Huasteca.  La mayoría del ejército continuaba fiel al gobierno.  Paradójicamente, la novedosa actitud legalista del ejército acabaría por dar el triunfo a Díaz.  El 26 de octubre el Congreso declaró reelecto a Lerdo de Tejada.

  El Presidente de la Suprema Corte de Justicia, José María Iglesias, tacho de ilegal la reelección, pues pretendía asumir interinamente la presidencia de la República por estar en funciones de vicepresidente.  Mientras los militares lerdistas e iglesistas se preparaban para luchar entre sí, un ejército lerdista atacó a Díaz en Tecoac, Puebla.  El rebelde estaba a punto de ser derrotado, cuando Manuel González llegó con refuerzos, atacó por sorpresa y dio a los porfiristas el primer triunfo significativo de su campaña. Lerdo de Tejada se vio sin posibilidades de combatir y antes que entregar la capital al oportunista Iglesias, prefirió dejarla en manos de los rebeldes.

  Porfirio Díaz entró en la capital el 6 de diciembre de 1876.  Poco después hacía huir a lerdistas e iglesistas por igual.  El 12 de febrero del año siguiente 1877 se celebraron las elecciones presidenciales que dieron a Porfirio Díaz las riendas del poder para el período 1876-1880 iniciando su gobierno bajo el lema del Plan de Tuxtepec: “Que nadie se perpetúe en el poder, y esta será la última revolución”.

 
 
 

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