top of page

FORJADORES DE MÉXICO: LEONA VICARIO FERNÁNDEZ, HEROÍNA INSURGENTE

  • Foto del escritor: .
    .
  • 1 dic 2024
  • 12 Min. de lectura


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador

 

María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador nació en la ciudad de México el 10 de abril de 1789 como hija única del segundo matrimonio de su padre, don Gaspar Martín Vicario, español procedente de Castilla la Vieja, que afincado en la Nueva España, se dedicó al comercio, logrando al final de su vida un éxito poco común.  Su madre doña Camila Fernández de San Salvador, provenía de una familia de pocos recursos afincada en Toluca.  Leona tuvo dos medias hermanas: Brígida, que profesó en un convento de España, y María Luisa, que casó con don Antonio Guadalupe Vivanco, marqués del mismo nombre.

  En sus años de adolescencia, la joven Leona recibió una educación esmerada, que excedió con mucho a los parámetros de la época.  En la biblioteca de Leona se encontraban diversos tipos de libros:  adelantos científicos, obras filosóficas y literarias, además de los libros de oraciones.  Se sabe que dominaba el francés y que figuró entre sus maestros el pintor Tirado; gracias a sus lecciones, Leona dibujaba y pintaba con mano hábil, sin dejar por ello de ocuparse del arreglo de su casa y de su persona con telas y adornos de excelente gusto.

   Octaviano Obregón, joven heredero originario de Guanajuato, graduado ya de abogado, solicitó el permiso de sus padres para cortejar a Leona, con el consentimiento de la muchacha, quien encontraba al sobrino del conde da La Valenciana y propietario de varias minas en el Real de Catorce, muy de su agrado.  En compañía de Octaviano y  su hermana Luz Obregón, Leona pasó los últimos años de la guerra.  La muchacha quedó huérfana en 1807, sin embargo, antes de morir su madre, se firmaron las capitulaciones matrimoniales.

  Don Octaviano Obregón, así como don Ignacio, padre de éste, eran cercanos al virrey Iturrigaray, por lo que cuando llegó a México la noticia de la invasión de España por las tropas francesas y de la prisión del rey Fernando VII en 1808, los Obregón secundaron el plan de Talamantes, Primo Verdad y Azcárate, a fin de que la soberanía regresara al pueblo y el virrey Iturrigaray encabezara un gobierno autónomo.  Cuando el virrey fue encarcelado tras el golpe de Gabriel del Yermo, el suegro de Leona se vio herido y muerto en su casa de Guanajuato, mientras que Octaviano Obregón, a pesar del compromiso matrimonial firmado con la madre de Leona, huyó a Cádiz, España.

  A finales de 1808 Leona, de 19 años, era una rica heredera (la fortuna de su padre ascendía a más de cien mil pesos), acababa de mudarse a una casa espaciosa en la calle de Don Juan Manuel, donde vivía con su tío y apoderado don Agustín Pomposo Fernández de San Salvador y su numerosa familia, en alas separadas, conservando a la vez su independencia.  Don Agustín era abogado y gozaba de una excelente reputación en el gobierno virreinal.  Había sido dos veces rector de la Universidad y publicó varios opúsculos (artículos periodísticos) a favor de Fernando VII y contra el movimiento insurgente.

  Leona en cambio, era partidaria de la autonomía de la Nueva España, y sus numerosas lecturas la llevaron a buscar otros compañeros que compartieran sus inquietudes.  Tal vez por influencia de la familia Obregón, se dice que Leona llegó a frecuentar a los “Guadalupes”, un grupo de personas de todas clases sociales que favorecía la autonomía  y que estaba en contacto con otros conspiradores en Valladolid, San Miguel el Grande y Querétaro.

  El entonces joven bachiller en artes y cánones Andrés Quintana Roo llegó en 1809 al bufete de don Agustín Pomposo, en calidad de pasante, a fin de completar los requisitos para conseguir su título de licenciado, cosa que ocurría en 1811.  En el tiempo que permaneció el yucateco Andrés al servicio del licenciado Fernández de San Salvador, tuvo oportunidad de tratar a Leona, y de ese frecuente trato nació el ambos en ambos jóvenes.

  Leona rompió el compromiso matrimonial con Octaviano Obregón, quien para entonces era diputado a las cortes de Cádiz, dispuesta a contraer nupcias con el agraciado joven Quintana Roo.  Sin embargo, don Agustín habría de negar la mano de su sobrina a su discípulo, sospechando que se hallaba involucrado en las conspiraciones a favor de la insurgencia.  De hecho, a fines de 1810, Quintana Roo pasó dos meses en la cárcel, al imputársele el delito de guardar cartas del capitán Ignacio Allende, uno de los líderes de la naciente insurgencia.

  Terminado el plazo de la pasantía en el bufete de don Agustín, con quien la relación se había enfriado tras la negativa de tener la mano de Leona, vigilado de cerca por la Junta de Seguridad de la  Inquisición, Andrés Quintana Roo salió por aquel entonces de la ciudad de México, dirigiéndose a Tlalpujahua.

  Para entonces, Leona ya había establecido correspondencia con los jefes insurgentes, en particular con don Ignacio López Rayón.  Les remitía impresos a favor de la causa, así como noticias de las disposiciones realistas a fin de que los insurgentes pudieran prevenirse, todo esto a través de un sistema de claves que ella misma inventó.  También uso nombres cifrados que tomó de sus libros favoritos, pero en especial de “Telémaco” , hijo de Ulises el de la Odisea de Homero y de los “églogas” de Garcilaso; así como los “nemorosos”, los “mayos”, los “delindor” eran los destinatarios  de las misivas de aliento. 

  Leona efectuó varios servicios a favor de los insurgentes como mandar reparar los relojes de los combatientes; enviar diferentes artículos necesarios como medicamentos; vender muchas de sus pertenencias (sus joyas, sus cucharas de plata, sus rosarios, etc.) para ayudar a la causa.  Prometió mantener a las familias de los armadores vascos más prestigiados de México si se iban a fabricar armas a Tlalpujahua y financió los viajes de aquellos que quisieron unirse a la rebelión; Leona todavía era una rica heredera. 

  A principios de 1813, uno de los arrieros que llevaba los mensajes secretos, fue descubierto e interrogado por la Junta de Seguridad de la Inquisición, delatando a la joven heredera. Leona escapó milagrosamente de ser aprehendida de inmediato gracias a un mensaje que sus amigos los “Guadalupes” le hicieron llegar.  La joven Leona, acompañada por sus dos damas de compañía, pretextando que iba a una fiesta campestre--- a aquellas reuniones campestre les llamaban “jamaicas” ---, salió en un coche de alquiler hasta San Juanico donde se le unieron su cocinera y su ama de llaves.

  De ahí se fueron caminando hasta Huixquilucan, con intención de llegar al campamento de López Rayón en Tlalpujahua.  Fueron largas las jornadas a pie entre los cerros, escondiéndose de las partidas militares, durmiendo en cualquier lado, sin agua ni alimentos.  Seis días más tarde llegaron a Huixquilucan, pero no terminaron ahí sus penalidades.  Los indios asustados de ver a cinco mujeres despeinadas y sucias dudaron en darles abrigo, ¿Quiénes podían ser sino escapadas de la justicia?  Durmieron en una choza sin techo, y los enviados de su tío las encontraron enfermas y fueron conducidas de regreso a la capital.  Don Agustín no logró detener el proceso en curso:  sólo logró que Leona fuera recluida en el Colegio de San Miguel de Belén en vez de la cárcel.

  La Junta de Seguridad le formó proceso con muy poco éxito.  Las autoridades españolas la interrogaron insistiéndole para que delatara a sus compañeros.  La amenazaron con dejarla en la cárcel el resto de su vida si no daba los nombres de los cabecillas de la insurrección.  Ella se mantuvo en silencio todo el tiempo, no era una delatora y hubiera preferido la cárcel perpetua, antes que nada; era una mujer muy valiente.

  La declararon formalmente presa, pero poco tiempo después, el 22 de abril de ese año de 1813, los coroneles insurgentes, Arroyave y Antonio Vázquez Aldana, junto con el pintor don Luis Rodríguez Alconedo, auxiliados por otros cuatro soldados, todos ellos disfrazados de oficiales del ejército español, entraron al Colegio de Belén y la sacaron fuera y la llevaron de inmediato a San Juanico, Tacuba, donde para poder salir se ocultó bajo la apariencia de una mujer negra.  Nadie la reconoció cuando, vestida con harapos, salió montada en un burro que cargaba cueros de pulque, camino a Tlalpujahua.

  Bajo su amplia falda llevaba una pequeña imprente, tinta, letras de molde, botes, todo cubierto con legumbres, entre otras cosas, para continuar editando, aunque fuera de manera muy elemental, el periódico insurgente “El Ilustrador Nacional”.  Por el camino se enteró que fue procesada y condenada en ausencia y que el gobierno virreinal  había confiscado todos sus bienes.  Sus parientes hicieron toda clase de diligencias para que fuera indultada, pero todo fue inútil las autoridades finalmente la declararon traidora; tan entregada estaba ella a la causa que esa noticia no le afectó de ninguna forma.  Sus bienes fueron subastados en pública almoneda adquiriéndolos su tío Agustín a mitad de precio.  Después de muchas horas de camino se refugiaron en el mineral de Tlalpujahua donde se encontraba don Ignacio López Rayón con quien se encontraba trabajando don Andrés Quintana Roo.

  Los insurgentes que se hallaban en Tlalpujahua abandonaron la plaza debido a las derrotas frente a los realistas.  A finales de abril estalló su depósito de pólvora y muchos perdieron la vida, entre ellos el primo de Leona, Manuel Fernández de San Salvador, que ya era alférez.  Morelos ordenó a López Rayón que se dirigiera al sur.  Leona se encaminó a Oaxaca, ya en poder de los insurgentes.  Se rumoraba que allí se llevaría a cabo el Congreso, órgano de gobierno del movimiento, donde tendrían representación todas las provincias de México.  Allá se encontraban varios de los amigos de Leona, como Carlos María de Bustamante.  El Congreso no sesionó en Oaxaca, sino en Chilpancingo en septiembre de 1813 y ahí Leona recibió el homenaje de Morelos y el Congreso la nombró “Benemérita”, por su valor y sus acciones.  Allí se reunió Leona con Quintana Roo, quien fungía como vicepresidente del Congreso del Anahuac.

  En 1816, tres años después de haberse reunido, Leona y Andrés por fin contrajeron matrimonio en la población de Chilapa, en Oaxaca.  Para entonces ella tenia 24 años y él dos más.  Rápidamente se acomodó a su nueva situación.  Los soldados realistas iniciaron la persecución de los miembros del Congreso de Chilpancingo.  Por esa razón los señores Quintana Roo se vieron obligados a huir.  Estuvieron en Tlacotepec y otros puntos del sur.  Anduvieron todo el tiempo a salto de mata y algunas veces se vieron obligados a refugiarse en las cuevas de la sierra de Tlatlaya, que se encuentra en el Estado de México. Fue así que el 3 de enero del año 1817, Leona dio a luz su primera hija dentro de una cueva de la montaña cercana a Achipixtla. Le pusieron por nombre Genoveva y su padrino de bautizo fue el general don Ignacio López Rayón.

  Ya no era muy fácil escapar de las fuerzas realistas, que recorrían la región en todas las direcciones. Aunque la familia Quintana Roo se escondió en una escondida barranca del rancho de Tlacocuzpa, en Sultepec.  Poco tiempo después el 14 de marzo de 1818 el señor don Andrés tuvo que huir de ese lugar para distraer a los realistas del lugar donde se encontraba su familia.  Un año más tarde, el comandante realista Vicente Vargas al mando de veinte soldados y avisados por dos insurgentes traidores, capturaron a Leona, su hijita y todos los que la seguían en el pueblo de Tlacocuzpa.

  De allí los llevaron a Temascaltepec.  En ese lugar se encontraron con la buena noticia de que el virrey había concedido el indulto para don Andrés Quintana Roo, su esposa y su hija, pero con la condición de que lo cumplieran en España; Leona y don Andrés se negaron rotundamente. Finalmente fueron confinados en Toluca donde les dieron por cárcel la ciudad, sin poder salir de ella ni a la ciudad de México donde don Andrés tenia asuntos pendientes que arreglar principalmente su cedula de abogado.

  Cuando Leona tenía 32 años, tuvo a su segunda hija a la que le pusieron el nombre de María Dolores.  Después de tres años pudieron salir de Toluca y regresaron a la ciudad de México, donde don Andrés se dedicó a ejercer su profesión de abogado, sin dejar de lado su velada participación en el movimiento insurgente donde su esposa Leona era una activísima integrante de las acciones insurrectas.

  Al triunfar el Ejército Trigarante los esposos Quintana Roo estuvieron muy activos en defensa de la República Federal.  Don Andrés fue diputado, senador y presidente del Tribunal Supremo de Justicia.  También en el año 1822, fue nombrado Subsecretario de Estado y de Relaciones Exteriores, por el comandante Agustín de Iturbide.  Pero por desacuerdos políticos ante las ambiciones imperialistas de Iturbide, Quintana Roo y su familia fueron perseguidos nuevamente viéndose obligados a huir a la ciudad de Toluca donde ocultados pasaron muchas penurias.

  Desde 1821 al declararse la independencia de México, Leona solicitó a traves de su esposo, que se le devolvieran sus bienes incautados por el gobierno virreinal y fue hasta 1823 cuando el Congreso tomó la decisión de que la señora doña Leona Vicario recibiera, en reconocimiento a su lucha a favor del movimiento de independencia y como compensación parte de sus bienes incautados por el gobierno de la Nueva España:  las propiedades de la calle de Sepulcros de Santo Domingo, esquina con cocheras, que había pertenecido al Mayorazgo Flores Valdés y después a la inquisición; además de las propiedades de los números 9 y 10 de esta última calle.  También le otorgaron la hacienda pulquera de Ocotepec, en los llanos de Apan.

  La familia Quintana Roo y todas las personas a su servicio se mudaron a la casona de Santo Domingo, donde vivieron 19 años y por fin pudieron gozar de una época de tranquilidad.  Los señores tomaron la decisión de habitar la parte alta de la casa, que era suficiente para todos, y rentar la planta baja tal y como se acostumbraba en esa época.

  El primer inquilino que tuvieron fue el del general Antonio López de Sant Ann, famoso por encabezar el “Plan de Casa Mata” que terminó con el gobierno del emperador Agustín de Iturbide.  También por esos años Leona recibió una distinción que no esperaba: en 1827, la ciudad de Saltillo fue nombrada “de Leona Vicario”, aunque este reconocimiento duró poco tiempo y fue seguid por el primer ataque público que recibiera en 1828:  se acusaba a doña Leona de defender a los españoles, por no apoyar la ley de expulsión y de haber actuado por amor y no por patriotismo.

  Sin embargo, tres años después, en 1831, bajo el gobierno autoritario de Anastasio Bustamante, tanto Andrés como Leona fueron insultados y perseguidos.  El diputado Quintana Roo había protestado por los maltratos que el depuesto presidente Gómez Pedraza había sufrido a manos del ministro de guerra, eso le valió la persecución.  Cuando Leona fue a reclamar a Bustamante protección para su marido, sufrió el escarnio público: periódicos del gobierno la llamaron “apoderada” de Quintana Roo, que no podía defenderse solo.  Respondió en la prensa a la injuria y más arreció la burla hacia ella, de los que habían sido realistas y ahora se hallaban en altos cargos del gobierno nacional.  Eran los días en que el país se estremecía con el asesinato de Vicente Guerrero.

  El ataque más brutal fue el del ministro Lucas Alamán a través de un artículo sin firma, en el que como algo casual decía que Leona había recibido casas y haciendas en pago de unos créditos por haberse unido a la causa persiguiendo a su novio Andrés y no por patriotismo, por lo cual no merecía que se le hubiese premiado con propiedades.

  Frente a esta canallada Leona escribió una carta al ministro y como los periódicos adictoa al gobierno no quisieron publicarla, apareció ne “El Federalista”, periódico de Quintana Roo.  La carta es sin duda la primera publicada por una mujer, defendiendo su derecho a pensar por si misma.  La carta decía, entre otras cosas:

 “Confiese señor Alamán que no es sólo el amor es el móvil de las mujeres; que ellas son capaces de todos los entusiasmos y que los sentimientos de la gloria y la libertad no le son extraños. . . Por lo que a mí toca, sé decir que mis acciones y opiniones han sido siempre muy libres, nadie ha influido absolutamente en ellas y en este punto he obrado con total independencia. . . Me persuado qué así serán todas las mujeres, exceptuando las muy estúpidas, y a las que por efecto de su educación hayan contraído un hábito servil.  De ambas clases hay también muchísimos hombres”

  Cuando los franceses pretendían invadir a México en la llamada “Guerra de los Pasteles” en 1838, Leona y Andrés dispusieron la entrega de caballos y cargas de maíz, además de todo lo necesario para la marcha cómoda de una división.  Andrés incluso estaba dispuesto a ir a pelear él mismo si fuera necesario.

  Luego de una breve enfermedad y a pesar de todos los esfuerzos, el 21 de agosto de 1842 murió en su casa, en los altos de la calle de Los Sepulcros, a las nueve de la noche a los 53 años, acompañada de su gran amor, don Andrés, y de sus hijas.

  El presidente Santa Anna decretó que se le hicieran funerales de Estado y el mismo acompañó el cortejo.  Muchos años estuvieron los restos de doña Leona en el Panteón de Santa Paula, pasaron luego a unirse a los de su esposo en la Rotonda fe las Personas Ilustres y actualmente descansan ambos en la Columna de la Independencia,

  Doña Leona recibió honores en vida y se le reconoció su labor a favor de la insurgencia, sin embargo, a medida que pasaron los años, su figura fue borrándose poco a poco de la memoria popular.  Su nombre está grabado en letras de oro en el recinto del Congreso y varias escuelas y pequeños pueblos, se llaman en honor de ella.  Sin embargo su labor a favor de la insurgencia y de la formación de este país nuestro así como su valor para defender su derecho, son poco conocidos hoy.   

     

   

 
 
 

Comentarios


242796515_513847439926491_706636508859440771_n.png

C.P. Paúl A. Garza Dovalina
contacto@solucionesnove.com
cel: +52 (878) 109 0775
tel: +52 (878) 795 4799

242796515_513847439926491_706636508859440771_n.png
bottom of page