FORJADORES DE MÉXICO: MAXIMILIANO DE HABSBURGO (1a. Parte)
- .
- 27 abr 2025
- 10 Min. de lectura

Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
EMPERADOR DE MÉXICO. 28 DE MAYO DE 1864 A 15 DE MAYO DE 1867.
El 3 de julio de 1832 nace en Viena, Austria, el segundo Emperador de México Maximiliano de Habsburgo. Hijo del Archiduque de los Habsburgo Francisco Carlos y de Sofia de Baviera. Tuvo una esmerada educación con tendencias liberales. Su preceptor el conde Enrique de Bombelles, lo hizo entrar en la marina donde conoció varios países. Contralmirante y Comandante en 1854, embajador en Francia en 1856 y gobernador de las provincias Lombardo venecianas en 1857, contrae nupcias con la princesa Carlota Amalia, hija del soberano de Bélgica Leopoldo I.
El emperador de Austria, Francisco José, hermano de Maximiliano, tuvo que afrontar las derrotas austriacas de Magenta y Solferino a manos de los revolucionarios lombardinos que auspiciados y apoyados por el emperador francés Napoleón III lograron independizar los reinos de Lombardía y Venecia de la tutela austriaca. El emperador austriaco Francisco José aun dándose cuenta que la debacle austriaca se debía a sus propias e irresponsables medidas, responsabilizó a su hermano Maximiliano de todos sus males y le retiró todos los cargos que tenía en el gobierno del imperio. Los dos hermanos tuvieron encuentros terribles cuando discutieron los acontecimientos que habían llevado a Austria al desastre italiano; se aseguró que, en presencia de la corte, Maximiliano abofeteó a su hermano.
Las perspectivas de las vidas de Maximiliano y Carlota habían cambiado y eso afectó la relación matrimonial. Discretamente comenzaron a vivir separados. Mientras ella permanecía en el castillo de Miramar, Maximiliano acompañaba a la isla de Madeira a su cuñada, la célebre emperatriz Sissi, quien en ese entonces había contraído una enfermedad pulmonar y necesitaba aire puro. Después, Carlota pasó una larga temporada con la emperatriz en su villa asistiéndola en su enfermedad, ya que ella siempre los había apoyado aun en contra de su esposo el emperador. Maximiliano por su parte emprendía un crucero por el Brasil. En Miramar, ellos comenzaron a llevar otra vida. La grandeza quedaba relegada a memorias del pasado; Un conde comentaría: “El archiduque Max busca diversiones pasajeras en varios lugares y bebe en exceso. La archiduquesa Carlota se muestra reservada, rígida, siempre con los labios apretados. Ambos necesitan un aliciente con urgencia”.
Ese aliciente llegaría por vías inesperadas. En 1858, Benito Juárez había asumido la presidencia de México. Su gobierno había nacionalizado las propiedades eclesiásticas y el 17 de julio de 1861 había decretado la suspensión de pagos a Francia, España e Inglaterra. El emperador francés Napoleón III, en un intento por ganar posesiones e influencia en Norteamérica y al mismo tiempo detener las ambiciones territoriales de los Estados Unidos, envió en 1862, un desembarco a su país vecino: México. Al avanzar territorio adentro y después de sufrir dolorosos e inesperados tropiezos por parte de las fuerzas mexicanas, finalmente llegaron a la capital y tomaron la ciudad de México. Supuestamente la agresión era para cobrar las deudas francesas a México, pero en realidad Napoleón quería mantener el control del país y establecer un gobierno pelele y decidió ofrecer la corona del país conquistado a un personaje que fuera dócil y manejable y quien mejor que el archiduque austriaco Maximiliano quien había perdido el favor de su hermano y quien se encontraba desempleado y sin cargo alguno.
El conde Rechberg, ministro de asuntos extranjeros de Austria, fue a Miramar: ---“Vengo con el encargo de una misión secreta a preguntarle de parte de los gobiernos austriaco y francés, si aceptaría reinar en México como emperador”. Maximiliano recibió la proposición con apasionado interés, viendo un medio de servir a su país aunque el inocente no se daba cuenta que al país que serviría era Francia. Recordó que Hernán Cortés, conquistador del imperio azteca, había regalado ese país rico y poderoso, a Carlos V, el rey de España, un antepasado suyo. No obstante, respondió a Rechberg que tendría que hablar con su esposa y reflexionar sobre su proposición.
Sin embargo, esto no era tan fácil como parecía, en un período lleno de controversias. Cuando el archiduque aceptó irse a México y convertirse en emperador, jamás imaginó la tragedia que le esperaba. A Maximiliano le estaban ofreciendo la oportunidad de liderar y regir un país tres veces más extenso que Francia y potencialmente más rico que Austria. Carlota, su mujer, estaba ilusionadísima. ---¿Qué más podría ofrecerte la vida? ---le decía animándolo. Tras estudiar libros y hacer consultas personales para ponerse al corriente de la situación en México, finalmente el archiduque envió una provisional respuesta por escrito, diciendo que estaba profundamente agradecido por el honor que le habían otorgado, pero puso dos condiciones para aceptar el trono: un concreto apoyo militar por parte de las potencias europeas con exclusión de Austria y que los propios mexicanos le expresasen el deseo de hacerlo soberano de México.
Em emperador austriaco, Francisco José, pensaba en la dinastía ante todo, y comenzó a pensar sobre la posición de Maximiliano ante Austria. En caso de que el muriese su hermano, Maximiliano, podría ser regente de Austria, durante la minoría de edad de su hijo, el príncipe Rodolfo. Y si fracasaba en la empresa de México podría regresar a Austria y situarse en línea directa de sucesión al trono. O si tenía hijos, podrían llegar de México algún día a reclamar sus derechos sobre Austria. El emperador le escribió una carta aclaratoria y un documento para que su hermano Maximiliano lo firmase, diciéndole que, si él se disponía a aceptar el trono de México y fundar allí un imperio con la ayuda de Dios, el daría su consentimiento, pero tenía que renunciar al trono de Austria, por si y por sus herederos. Las renuncias serían irrevocables.
El 10 d abril de 1864 llegaron al castillo de Miramar una comisión de migrantes mexicanos formada por diez individuos encabezados por José Gutiérrez de Estrada y José Manuel Hidalgo con la encomienda de ofrecerle a Maximiliano la corona del imperio mexicano. Los ocho antimexicanos restantes son: Ignacio Aguilar y Morocho, Francisco Javier Miranda, Joaquín Velázquez de León, general Adrian Wolf, Tomás Murphy, Antonio Escandón, Antonio Suárez de Peredo, José Landa y Ángel Iglesias. Maximiliano y Carlota los esperaban en el salón de audiencias. Maximiliano llevaba su uniforme de vicealmirante austríaco con las insignias del Toisón de Oro y la gran Cruz de San Esteban. Tenía 31 años. Por su parte Carlota, Carlota, vestía un modelo carmesí adornado con encajes y atravesaba su pecho la cinta negra de la Orden de Malta. Sobre la cabeza llevaba una corona archiducal. Un collar de diamantes daba toque final a su encanto. ---¡Es bellísima! ---murmuraban los que estaban presentes, admirados. Gutiérrez de Estrada, al tiempo que le entregaba un documento con membrete del gobierno mexicano que contenía miles de firmas de supuestos mexicanos que lo aceptaban como emperador, mismas que eran apócrifas, pronuncio un discurso en francés y español meloso y demagógico muy al estilo político mexicano, abundante en frases elogiosas y en asquerosa actitud de adulación a los próximos emperadores de México.
Maximiliano, en español y con voz trémula, dijo: “De acuerdo con los deseos de los notables y de la nación mexicana puedo ahora con toda justicia mirarme como un elegido soberano. Trabajaré por la libertad, el orden, la grandeza e independencia de vuestro país. Acepto la corona”. Gutiérrez de Estrada se arrodilló ante él, tomó su mano, la besó, y lo proclamó Emperador, exclamando: ¡Dios salve a Su Majestad Maximiliano I! ¡Dios Salve a Su Majestad Carlota!. Todos los presentes vitorearon a los nuevos Emperadores. S izó la bandera mexicana, mientras Maximiliano se arrodillaba ante ella y el abad de Lacroma le tomaba el juramento de fidelidad; en 1859 la pareja había comprado la minúscula isla Lacroma, en la costa dálmata, donde Ricardo Corazón de león había naufragado en tiempos pasados. ---¡Ya soy el Emperador de México! ---se dijo en un estado de confusión emocional y buscó refugio en un salón solitario. Tendría que trasladarse a miles de kilómetros a una desconocida tierra y enfrentarse a difíciles deberes y decisiones. Le dolía mucho abandonar la tranquilidad de su palacio de Miramar.
Los nuevos emperadores tuvieron que posponer la fecha de su partida. Maximiliano no quería que se le hablase de México y se pasaba horas paseando y sollozando por los salones y parques del castillo; Sólo recibía a su médico. El viaje no se podía aplazar más y el 14 de abril de 1864 la pareja imperial partió con su séquito, aclamada por una multitud. A última hora llegó un telegrama de la archiduquesa Sofia, su madre, dándole su bendición. Las lágrimas brotaban incontenibles de los ojos del emperador y dijo: ---a partir de este momento todo pertenece al pasado…Miramar, Trieste, la isla de Lacroma, Viena, Austria, Europa…La pareja alzó sus brazos y agitaron sus manos en gesto de despedida. La travesía imperial la hicieron en El Novara. La principal escala fue en Italia en el puerto de Civita Vecchia, donde tomaron el camino que llevaba a Roma para ver a su santidad el Papa Pio IX, quien los había invitado al Vaticano. La pareja continuó el viaje con escalas en Gibraltar y Martinica.
Los nuevos monarcas se dieron a la tarea preparatoria de la administración del imperio mexicano. Maximiliano se dedicó a organizar y escribir el protocolo imperial que habría de establecer en la corte mexicana. Al llegar a aguas de Veracruz, el barco disparó sus cañones para anunciar la llegada del emperador de México. Pero no vieron la menor señal de actividad ni en el puerto ni en la ciudad. No había adorno alguno de bienvenida; eran las dos de la tarde del día 28 de mayo de 1864. Los emperadores y su séquito esperaban a que llegase alguien a darles la bienvenida según las instrucciones de París en las que se ordenaba a la ordenanza militar francesa en el puerto una recepción oficial y un banquete. Pero no fue hasta dos horas más tarde que apareció el contralmirante de la armada francesa. ---Han llegado demasiado pronto--- les dijo con arrogancia.
Maximiliano hizo preguntas recibiendo defraudantes y evasivas respuestas. El comité encargado de recibirlos estaba en Orizaba y el presidente de la regencia, el mexicano Nepomuceno Almonte hijo del generalísimo Morelos, había “olvidado” la fecha exacta de la llegada del emperador. Por su lado, el comandante de las fuerzas francesas de ocupación el coronel Aquiles Bazaine no estaba preparado para escoltarlos a la ciudad de México. Se necesitaba un numeroso destacamento de fuerzas francesas o los emperadores corrían el riesgo de ser asaltados en el trayecto. Maximiliano y Carlota intercambiaron miradas. Ellos no eran deseados. Lejos de ser un libertador, como se lo habían asegurado los embajadores mexicanos, Maximiliano era visto como un enemigo.
Por fin tomaron el tren hasta la estación de totalco, donde terminaba la vía férrea, de ahí en adelante continuaron el viaje en diligencias tiradas por mulas a través de caminos atroces. Los seguía su séquito compuesto por 100 personas. La pareja imperial no pudo asearse hasta llegar a Puebla. Allí recibieron su primera entusiasta bienvenida. La caravana continuó su camino, pero en las márgenes del río Chiquihuite, que estaba crecido, una de las ruedas de la calesa del emperador se hizo pedazos y pasaron momentos muy desagradables. En Córdoba, los indios los recibieron en masa con antorchas encendidas y gritos de júbilo, rodeando al emperador para verlo de cerca. ¿no sería este hombre de barba rubia, según la antigua creencia transmitida de siglo en siglo, la reencarnación de Quetzalcoatl, el prestigioso soberano, el misterioso salvador que aparece y desaparece diciendo que volverá? Los indios los agasajaron con discursos y una gran cena preparada en su honor.
En Puebla los recibieron con una gran recepción. Las calles estaban engalanadas con flores y banderas imperiales.” ¡Viva Napoleón! ¡Viva el emperador Maximiliano!”, vitoreaban. Los monarcas quisieron mostrar un signo de afecto hacia sus súbditos, pero les advirtieron que desistieran: ---Esta región está azotada por la viruela y es altamente contagiosa. De Puebla pasaron a Cholula. Las alturas les hacían sangrar la nariz. Después de un descanso, la marcha se reanudó en dirección a la Villa de Guadalupe. ---Deseo oír misa ante la milagrosa virgen ---dijo el emperador. Carlota y él conocían la historia de la virgen y el humilde indio Juan Diego.
La capilla estaba situada a tres millas (doce kilómetros) de la ciudad de México. La ceremonia religiosa fue breve. Al salir se encontraron con una multitud que había venido desde la capital a recibirlos. Maximiliano y Carlota se emocionaron y ya en la ciudad de México se reunieron con las más altas personalidades. En triunfal procesión se dirigieron a la Plaza Mayor (Zócalo) adornada con arcos de triunfo, banderas y cuadros con sus rostros. El 12 de junio de 1864, la pareja llegaba a la Catedral, donde una multitud los esperaba para verlos. Ellos entraron y se llevó a cabo la coronación en el altar mayor. Allí, Maximiliano prestó juramento de fidelidad. Después, todas las campanas de las iglesias comenzaron a repicar.
Acto seguido, los emperadores se encaminaron al Palacio Nacional. Las habitaciones que les prepararon resultaron. Apenas se durmieron los despertaron unas picaduras: ---¡Ay! ¡AY! Gritó Carlota horrorizada---. Esto está lleno de chinches y cucarachas. ¡Sácame de aquí, Max, o me muero! El emperador buscó refugio en la sala de billar, donde improvisó una cama sobre una mesa para él. Carlota durmió en un sillón. Desde el viaje que Maximiliano había hecho a Brasil, ellos no dormían juntos. S decía que él había contraído una enfermedad venérea y no quería contagiarla. En realidad, y en la intimidad estaban separados, el papel oficial era el único lazo que los unía. La ambición de Carlota en cuanto ser emperatriz, estaba satisfecha, pero en el amor estaba frustrada. Ellos decidieron instalarse en Chapultepec, residencia imperial próxima a la capital.
El castillo edificado entre 1785 y 1787, necesitaba reparaciones, la veta creadora de Maximiliano cobró nuevo ímpetu. Soñaba con baños romanos como los de su castillo de Miramar, y encargó el trabajo de remodelación a varios famosos arquitectos, entre ellos, Rodríguez Arangoity. ---Me encargaré de la decoración estilo Toscano y de que me construyan una terraza jardín anexa a mi cuarto ---dijo Carlota. S redujo el espeso bosque en la parte superior del castillo para abrir calzadas y extendieron una avenida desde las puertas del castillo hasta la Catedral que llamaron el Paseo de la Emperatriz (hoy Paseo de la Reforma).
Carlota eligió su corte, todas mujeres mexicanas casadas y la condesa Paula von Kollonis, que había venido con ella desde Miramar, continuó desempeñando su papel de consejera y confidente. El emperador estaba ocupado con una multitud de asuntos, haciendo innovaciones. Con gran elocuencia pronunciaba sus discursos en español, pero debido a su fuerte acento era parcialmente entendido. Sus frases perdían enteramente su sentido.






Comentarios