FORJADORES DE MÉXICO: MAXIMILIANO DE HABSBURGO (2a. parte y última)
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- 4 may 2025
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
Maximiliano, ya en México y en su función como emperador, recibió al arzobispo de México, Monseñor Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, y éste le exigió: ---“Promulgue las órdenes de reintegración de los derechos y las propiedades de la Iglesia confiscados por Benito Juárez”. Maximiliano simplemente le contestó que tenía que estudiar el problema. Pero Maximiliano nunca lo haría, porque esa concesión implicaría trastornos y animadversión contra él. La realidad de las cosas era que el emperador siempre había sido de ideas liberales y no monárquicas, situación que en su momento fue la causa de perder el favor de su hermano el emperador de Austria Francisco José ya que éste, en su fuero interno, consideraba un problema que su hermano fuera el sucesor heredero del trono austriaco, por lo que cuando Maximiliano aceptó el trono de México, aprovecho la oportunidad (un político mexicano diría “la coyuntura”) para desposeerlo de todo derecho al trono de él y de su posible descendencia.
Aunque fueron los conservadores patrocinados por la clerecía mexicana los que trajeron a México a Maximiliano y lo hicieron emperador creyendo que como buen monárquico derogaría todas las leyes que Benito Juárez había proclamado contra los bienes eclesiásticos, quedaron estupefactos e indignados cuando éste no sólo confirmó las leyes contra la primacía eclesiástica, sino que también se hizo solidario con muchas disposiciones establecidas por don Benito Juárez. Desde un principio Maximiliano demostró ser un auténtico liberal y enemigo del conservadurismo mexicano.
El emperador hizo un recorrido a caballo por el país dejando de regente a la emperatriz, para demostrara que México era un país seguro en el que se podían hacer inversiones. Carlota y Maximiliano estaban rodeados por distinguidos vieneses y oficiales del ejército francés. Ella organizaba bailes y recepciones para todas las clases sociales. El emperador era sencillo, le conmovía la pobreza de los indios, los mendigos, los niños en harapos y en condición de calle. Compartiendo ideas con Carlota, firmó decretos para reducir y en algunos casos cancelar las deudas de los indios y ordenó, además, que estas no pasasen a los hijos. Prohibió que se les obligasen a trabajar prolongadamente, así como los castigos corporales. Dispuso medidas sanitarias, educación, cría de ganado, explotación de las minas de carbón, prolongación del camino ferroviario a Veracruz.
La ambición de su esposa, la adulación de un grupo de mexicanos, las deudas económicas y la falta de carácter lo llevaron a ocupar el inexistente trono de México. Pudo sostener su fantasioso imperio mientras contó con el apoyo de las bayonetas francesas, porque, de origen, el imperio mexicano nació muerto. Surgido su gobierno de un acto de alevosa usurpación, Maximiliano nunca pudo remediar los graves problemas que aquejaron a su administración: la escasez de dinero, la falta de un heredero, los pleitos con la Iglesia católica y la resistencia de los republicanos encabezada por Benito Juárez. Tales impedimentos sumados a la falta de carácter de Maximiliano y su tibieza para tomar decisiones, se convirtieron en las balas del pelotón que le quitó la vida en 1867.
No tenía idea de la realidad mexicana. El emperador decretaba leyes tras leyes, pero ignoraba el desequilibrio financiero que había. Para empezar se fijó un sueldo de un millón quinientos mil pesos anuales ---excesivo incluso para la época---, cuando el presidente Juárez recibía treinta y seis mil pesos, si las circunstancias del erario le permitían cobrar. El sueldo de Carlota y los gastos de la corte no eran menos escandalosos. Para cubrir semejante dispendio, fue necesario recurrir a préstamos con Francia, que con el tiempo se volvieron impagables; la misma situación que enfrenta nuestro México en este 2025.
Fue traído por los conservadores, pero Maximiliano gobernó como un liberal. A su juicio, el clero era el culpable de una buena parte del atraso del país, por lo que ratificó las Leyes de Reforma dictadas años atrás por Juárez e inició la revisión y legitimidad y finalmente ratificó la desamortización y la nacionalización de los bienes eclesiásticos por lo que casi se gana la excomunión sugerida por el arzobispo mexicano Labastida y Dávalos quien fue desautorizado por el Papa Pio IX. En otra medida criticada por los conservadores, el emperador decretó la igualdad de cultos por lo que la religión católica dejó de ser la única en el país. Paradójicamente, estas medidas habían llevado a los conservadores a una guerra contra los liberales y buscar el establecimiento de la monarquía.
El rey Leopoldo I de Bélgica, padre de Carlota, estaba muy enfermo y murió el 10 de diciembre de 1865. La carta con la noticia llegó el 6 de enero de 1866. Maximiliano entró sollozando y se lo dijo a su mujer. Ella se sintió desolada. El país estaba muy revuelto. En 1866 Benito Juárez dirigía la lucha contra la invasión francesa y contra el imperio de Maximiliano. En los Estados Unidos la guerra civil había llegado a su término y el presidente Abraham Lincoln había sido asesinado un año antes y el nuevo presidente, Andrew Johnson, exigió a Napoleón III retirarse de México. Maximiliano no había logrado vigorizar su régimen y el emperador francés comenzó a retirar sus tropas.
Con su negligencia habitual, Maximiliano nunca se preocupó por formar un ejército imperial mexicano, y cuando comenzó el retiro de las tropas francesas, sólo pudo sostener el imperio unos meses; hasta el momento de su retiro los invasores habían logrado tener en México más de cincuenta mil hombres, entre franceses, austriacos y belgas. Como a Maximiliano le fue imposible pacificar al país por la vía militar, tuvo que recurrir al terror, publicando el famosos decreto del 3 de octubre de 1865, que puso fuera de la ley y ordenaba la ejecución de todas las personas que formaran parte de bandas armadas; o las auxiliasen con recursos, avisos, noticias, consejos o alimentos; o les proporcionasen escondite o bien alterasen el orden público por cualquier causa.
El peligro era inminente y el emperador pidió a Carlota que se fuese a Europa con el fin de pedir ayuda. En París Napoleón III envió a su emperatriz Eugenia a visitar en su hotel a Carlota y rehusó darle una entrevista con el pretexto de que estaba enfermo. Carlota, que estaba decidida a todo, decidió entrevistarse con el emperador para pedirle que apoyasen a su marido en México, y este la mando a entrevistarse con el Consejo de Ministros ya que él por muy emperador que fuera no podía hacer nada. A la mañana siguiente, ella recibió en el Gran Hotel a los ministros de Asuntos Extranjeros, de Guerra y de Finanzas, y les hizo una brillante exposición acompañada de lágrimas y reclamos, pero ellos rechazaron sus argumentos. Al día siguiente, el Consejo de Ministros votó unánimemente poner término a la intervención en México; la guerra europea contra Prusia y aliados estaba por iniciarse y no podían distraer fuerzas en ninguna parte del mundo.
Carlota estaba trastornada, frenética y comenzó a decir que querían envenenarla. Obsesionada fue a Roma a pedirle ayuda al Papa. Ella había empujado a su marido a México y ella debía de salvarlo, se decía constantemente. Le concedieron una audiencia con el Sumo Pontífice, pero la respuesta fue la misma. Carlota siguió diciendo que la querían envenenar. Le trajeron chocolate y ella metió los dedos en la taza del Papa y se los chupó. Dijo con absoluta seguridad que en la suya habían puesto veneno. Irracionalmente se negó volver al hotel y quiso dormir en el Vaticano, fue, en la historia del papado, la única mujer que ha dormido en el Vaticano. De allí en adelante la locura se apoderó de ella. Su hermano Felipe, el conde de Flandes, llegó por ella para llevársela a Miramar. Finalmente Carlota nunca recobró la razón y murió recluida en el castillo de Laeken, Bélgica, el 18 de enero de 1927 a los 87 años pronunciando el nombre de su amado Maximiliano.
Maximiliano tuvo una política paternalista hacia los indios, que por la nacionalización de los bienes del clero y de manos muertas habían perdido sus tierras y veían a los republicanos verdaderos enemigos de la religión. De ahí que una parte del ejército que lo apoyaba contara entre sus filas con oficiales indios como el general Tomás Mejía. Maximiliano en un intento desesperado buscó un acercamiento con los liberales y tratar de conciliar los intereses de la nación, pero nunca recibió respuesta de los republicanos. Abandonado por los franceses, acosado por la contraofensiva republicana encabezada por los generales Porfirio Díaz, Mariano Escobedo y Ramón Corona, entre otros, y obligado por los conservadores, por su esposa Carlota e incluso por su madre la archiduquesa Sofía, a permanecer en México y no abdicar como eran sus intenciones, Maximiliano decidió sucumbir con el imperio y ordenó al coronel Miguel López que abriera las puertas del convento donde estaba recluido para rendirse a las fuerzas republicanas. Su efímero sueño imperial se esfumó en Querétaro junto con su vida tres años después de su llegada.
Los últimos momentos de Querétaro son obscuros; los imperialistas han sostenido siempre que la plaza fue entregada el 15 de mayo por la traición del coronel Miguel López, que disfrutaba de la confianza del emperador, y entregó el convento de La Cruz; pero según un informe del general Mariano Escobedo al presidente de la República, veinte años más tarde, el 8 de julio de 1887 (para entonces ya era el presidente Porfirio Díaz), López obró por instrucciones secretas recibidas del emperador Maximiliano. Según esta versión (la del general Escobedo que fue el que recibió la rendición ), Maximiliano al ver el sufrimiento de su ejército y de la población ya que hasta el agua para beber les faltaba, temeroso de que los generales que lo acompañaban no quisieran rendirse, se dispuso a entregar la plaza, en la creencia de que se le permitiría marchar a Europa, bajo su palabra de honor, de que nunca haría armas contra la República.
El emperador, después de la ocupación del convento de La Cruz por fuerzas liberales, se dirigió al Cerro de las Campanas en unión de algunos de sus generales y enarbolando una bandera blanca se presento al general Ramón Corona, a quien Maximiliano se entregó como prisionero. Corona lo llevó entonces al general Escobedo, que era el jefe de los sitiadores, a quien el emperador rindió su espada. En la entrevista que ambos sostuvieron, Maximiliano pidió trasladarse a Europa, pero Escobedo le contestó que no era él a quien correspondía disponer de los prisioneros, sino al gobierno de la República, y lo remitió preso al convento de La Cruz y de allí al de Santa Teresa. Este mismo día es aprehendido el general Miramón, en una casa donde era atendido por el doctor Licea de una herida en una de las piernas; el general Tomás Mejía se entregó junto con su emperador.
El 14 de junio a las once y media de la noche es pronunciado la sentencia de muerte para Maximiliano, Miramón y Mejía. Los defensores solicitaron el indulto al Presidente Juárez pero éste lo negó concediéndoles sólo tres días de vida. Personajes como el emperador Francisco José de Austria-Hungría, la reina Victoria de Inglaterra y el emperador de Francia Napoleón III, pidieron por medio del Secretario de Estado de Estados Unidos Mr. Seward, el indulto para Maximiliano, y lo mismo hicieron por cuenta propia el patriota italiano Giuseppe Garibaldi y el literato francés Victor Hugo, y hasta la princesa de Salm-Salm trato por medio de sobornos intentar la fuga de Maximiliano. Sin embargo, Juárez negó el perdón “por oponerse a este acto de clemencia las más graves consideraciones de justicia y la necesidad de asegurar la paz de la nación”. El día 19 de julio a las siete y cinco de la mañana fueron fusilados el archiduque de Austria Maximiliano de Habsburgo y los generales mexicanos Miguel Miramón y Tomás Mejía, en el cerro de Las Campanas de la ciudad de Querétaro.
Con paso firme, los tres sentenciados se colocan frente a un tosco muro de adobe, levantado precipitadamente el día anterior por tropas del batallón de Coahuila. A manera de despedida, Maximiliano da un fuerte abrazo a sus generales y pide a Miramón que se coloque en medio diciéndole: “General, un valiente debe ser admirado hasta por los monarcas”. Después, dirigiéndose a los presentes, alza la voz y dice: “Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y la libertad de México. Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria. ¡Viva México! Miramón saca un papel de su chaleco y lee un discurso. Rechaza quedar bajo el estigma de un traidor: “Protesto contra la acusación de traidor que se me ha lanzado al rostro. . .Muero inocente de este crimen”. Tomás Mejía permanece en silencio, pero es el único de los tres que mira directo a los ojos de los soldados del pelotón de ejecución.
Son las siete y diez minutos de la mañana de este día 19 de julio de 1867, El eco de los disparos en el cerro de las Campanas rebota en las esquinas de la ciudad de Querétaro. A continuación, todas las campanas repican al unísono. Muchos soldados emocionados, rompen la orden estricta de silencio y gritan: “¡Muera el imperio! ¡Viva la República! Después de cinco años de una guerra cruenta, el drama de la invasión francesa ha concluido. El segundo imperio pasó al terreno de la historia.
El cadáver de Maximiliano fue pedido por el Barón de Magnus y el doctor Bachs para conducirlo a Viena, pero el Presidente Juárez les advirtió que sólo una petición oficial del gobierno austriaco podía ser entregado. El ex monarca consiguió que su cadáver fuera embalsamado para su remisión a Europa. La tarea fue encomendada al doctor Licea, quien por no disponer de los líquidos adecuados inyectó algunos substitutos que dejaron el cadáver en un estado horroroso. Fue necesario conseguir otros médicos que colgaron el cuerpo por los pies varios días, hasta que se le salieron los líquidos inadecuados y pudieron hacer un embalsamamiento correcto. Para entonces el tal doctor Licea ya había realizado un brillante negocio: rasuró la barba y el cabello de Maximiliano, y los vendió metidos en unos relicarios que atesorarían amorosamente como recuerdo varias generaciones de imperialistas queretanos. Finalmente fue hasta el 28 de noviembre que se entregaron los restos del Archiduque Maximiliano de Habsburgo al ser presentada la petición oficial por el canciller del imperio austro-hungaro, en nombre del emperador Francisco José. El cadáver s embarcó en aquella misma fragata, La Novara, en que Maximiliano viniera, lleno de ilusiones, y que ahora se había convertido en su capilla ardiente.






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