FORJADORES DE MÉXICO: MIGUEL HIDALGO Y COSTILLA (2a. Parte).
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- 24 nov 2024
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
Cerca del mediodía, la columna insurgente estaba completamente lista. Alrededor de 800 hombres, de los cuales la mitad iban a caballo. Hacía la tarde de aquel histórico 16 de septiembre de 1810, el ejército insurgente, formado por la mañana de ese día, se puso en marcha nuevamente. Eran un puñado de hombres mal armados que pretendían enfrentarse contra el poderoso ejército virreinal, compuesto por más de treinta mil efectivos.
En poco menos de dos semanas, el ejército insurgente obtuvo una serie de rápidos y fáciles triunfos. De Dolores pasaron a Atotonilco, de ese lugar extrajo Hidalgo del santuario una imagen de la Virgen de Guadalupe y la transformó en bandera de los insurgentes. Se dirigieron después a San Miguel el Grande, Chamacuero, Celaya y en ese lugar se le otorgó a Hidalgo el grado de Capitán General y a Ignacio Allende el de Teniente General, llegando posteriormente a Salamanca. La columna avanzó durante diez días con rumbo a Irapuato. En el camino se fueron uniendo muchos campesinos, indígenas y mestizos de la región y las plazas son tomadas sin derramamiento de sangre.
En los pueblos tomados se procedió al encarcelamiento de los europeos, la confiscación de sus bienes y el acopio de armas. Se encontraban ya en vísperas de librar la primera batalla al acercarse a la ciudad de Guanajuato. Al amanecer del día 28, Hidalgo mandó llamar a los jefes Mariano Abasolo e Ignacio Camargo y le ordenó que viajaran a Guanajuato y entregaran al intendente Riaño un oficio de rendición.
Al regresar Abasolo y Camargo con la repuesta negativa del intendente Riaño, se ordenó abrir fuego contra el fuerte con tal vehemencia que los defensores que se encontraban dentro de las trincheras de la Alhóndiga, se replegaron al interior de esta. En esta batalla cayó muerto el propio intendente Riaño, justo en la entrada del fuerte. Las puertas se cerraron y a través de las almenas y las troneras del fuerte se abrió fuego nutrido contra los insurgentes que se replegaron sin poder entrar a la fortaleza.
De alguna manera los insurgentes lograron prender fuego a las enormes puertas del fuerte y así, el mismo 28 de septiembre, después de una sangrienta lucha en la que la multitud aniquiló a los defensores, se pudo tomar la fortaleza. Al haber dominado la plaza los insurgentes pudieron vengarse, los que se habían rendido imploraban piedad, pero en vano, nadie perdonó ni a los españoles ni a los criollos. Al tomar la Alhóndiga, y consumarse la victoria, el Ayuntamiento salió a hacerle entrega de la ciudad a Hidalgo, como comandante en jefe de las fuerzas insurgentes.
Como parte del desprestigio del que Hidalgo fue objeto al unirse a los insurgentes, por esos mismos días se habían expedido en su contra edictos de excomunión; argumentaban que únicamente buscaba fortuna personal. El obispo de Valladolid Abad y Queipo, en un tiempo un gran amigo de él, expidió igualmente un edicto que lo excomulgaba. Lo acusaba de sedición, insultos a la religión y al monarca, perjurio y perturbación del orden público, además de llamarlo anárquico y destructor.
De Guanajuato se dirigió a Valladolid, ciudad que fue tomada por las fuerzas insurgentes el 17 de octubre de 1810, sin que sus defensores opusieran resistencia. La toma de Valladolid le produjo un considerable aumento de fuerzas y recursos. Había llegado a esa ciudad al mando de cincuenta mil hombres y al término del sitio, su ejército ya sumaba ochenta mil; muchos de los cuales eran militares profesionales. En ese lugar permanecieron varios días organizando Hidalgo sus tropas para salir a tomar la capital del virreinato. Se le acusó también, pero esta vez por parte de sus tropa, que ya no debía mencionar el nombre de Fernando VII, lo que causó conflicto con algunos de mis hombres, en especial con Allende, con quien empezaba a tener diferencias ideológicas.
En el Monte de Las Cruces, en las afueras de México, los insurgentes alcanzaron la victoria, el 30 de octubre, derrotando al coronel realista Torcuato Trujillo que con dos mil hombres les hizo frente en el monte referido pero que finalmente se vieron obligadas a retirarse en forma por demás precipitada, llegando hasta Santa Fe con apenas cincuenta y un soldados de los dos mil iniciales, y algunos oficiales sobrevivientes entre ellos el teniente Agustín de Iturbide.
La victoria del Monte de Las Cruces fue, lamentablemente, desaprovechada por Hidalgo, pues en vez de lanzar sus tropas sobre la ciudad de México para apoderarse de ella y posiblemente capturar al propio virrey Francisco Javier Venegas, aprovechando el desconcierto que su victoria había generado en las filas españolas, ordenó la retirada de las tropas hacia Ixtlahuaca, por el camino de Toluca.
La incógnita de los motivos de Hidalgo para retirarse cuando la capital estaba prácticamente en sus manos, ha persistido hasta nuestros días, prestándose a las más variadas especulaciones, señalando que se debió: a un desacuerdo entre Hidalgo---que pensaba en retirarse para reconstruir y disciplinar a sus fuerzas--- y Allende---que consideraba que se debía tomar la ciudad de México de una vez--- ; al temor de quedar atrapados en la ciudad ante la acometida del ejército realista del brigadier Félix María Calleja, quien venía ya de Querétaro con dos mil infantes, cinco mil de caballería y doce cañones para auxiliar a la capital; al temor de Hidalgo de que ocurrieran saqueos y desmanes como los de Guanajuato, en la capital misma del virreinato; y a la falta de parque y pertrechos militares para sostener una nueva batalla, entre otros motivos.
Intentando tomar el camino a Querétaro, los insurgentes--- mermados ya por numerosas deserciones--- se encontraron con las fuerzas de Calleja en San Jerónimo Aculco el 7 de noviembre, perdiendo la acción en poco tiempo. Ante la derrota se presume un nuevo desacuerdo entre los jefes insurgentes y poco después Hidalgo regresó a Valladolid, mientras Allende tomó el camino a Guanajuato dividiéndose así las fuerzas patriotas.
En pocos días alistó Hidalgo en Valladolid varios cuerpos de infantería y caballería, aunque mal armados, y fabricó varios cañones; pero al recibir el 14 de noviembre la noticia de la toma de Guadalajara, decidió marchar hacía esa ciudad; esa ciudad había sido tomada por el esforzado guerrillero insurgente José Antonio Torres llamado por su tropa “el Amo Torres”. En el avance de Hidalgo hacia Guadalajara, ya unido nuevamente con Allende, al pasar por el pueblo de Charo fue alcanzado por el cura don José María Morelos y Pavón, quien estaba al tanto de mi levantamiento. Nos habíamos conocido en el Colegio de San Nicolás, del cual era yo rector y catedrático, aunque nunca fui su maestro. Al reconocernos presentí que Morelos poseía un gran espíritu, era un ser de valor desmedido y un hombre de acción excepcional. Unido Morelos a nuestro regimiento, continuamos juntos nuestra marcha hasta Indaparapeo donde pedí a Morelos que hiciera la revolución en el sur del país. Nos despedimos y el cura de Caracuaro regresó al sur, dirigiéndose a la costa, en especial al puerto de Acapulco, con un grupo de hombres armados.
Sabedores los insurgentes que Calleja con su poderos ejército se dirigía a Guadalajara, se reunió un consejo de guerra para decidir lo que en aquellas circunstancias debiera hacerse, decidiéndose por fin, después de acalorados debates salir al encuentro de Calleja y presentarle batalla. El ejército insurgente, que se calculaba en ochenta mil hombres, comenzó a salir de Guadalajara el 14 de enero de 1811, al mediodía. La desmesurada columna, que gigantesco monstruo serpenteaba por el camino, fue a acampar al Puente de Calderón. El 16 de enero llegó el ejército de Calleja, y acampo a la vista del enemigo, trabándose un combate reñido con las avanzadas al oscurecer. El ejército realista contaba con sólo 8,000 hombres y 10 cañones; pero su armamento y disciplina como también sus oficiales eran lo mejor de Europa.
Tenaz fue la resistencia que opusieron los insurgentes y después de seis horas de combate el resultado de la batalla se fue inclinando a su lado, y cuando los realistas se estaban reagrupando para iniciar su retirada, una granada cayó en forma inesperada en un carro de municiones de los independientes, produciendo una gran explosión matando a varios centenares de ellos aunado el incendio del pasto bastante crecido y seco, de una gran extensión de terreno. Llenóse con esto de pánico la multitud colocada detrás de la gran batería, que comenzó a huir en todas direcciones con lo que se decidió la batalla, convirtiéndose en una espantosa derrota para los insurgentes. Después de este fortuito e inmerecido triunfo, que acababa con el principal núcleo insurgente, Calleja ocupó Guadalajara.
De inmediato las fuerzas insurgentes, o lo que quedaba de ellas, regresaron a Guadalajara, y a la mañana siguiente se avanzó hacía Zacatecas y antes de llegar a esa ciudad, en la hacienda del Pabellón, Hidalgo fue desposeído del mando supremo, acusado de las derrotas. Ignacio Allende tomó el mando absoluto y las fuerzas continuaron su camino por Coahuila, dirigiéndose hacia los Estados Unidos para pedir apoyo para seguir la lucha, y concertar una alianza con esa superpotencia.
Sin embargo, desde febrero de 1811, en la propia Coahuila, se gestaba un movimiento contrarrevolucionario y se aprestaban atrapar a los jefes insurgentes cuando atravesaran la región. La revuelta estaba dirigida por el otrora insurgente coronel Ignacio Elizondo convirtiéndose así en un miserable traidor.
El 16 de marzo se celebró un consejo de guerra en Saltillo, al que concurrieron Hidalgo, Allende, Jiménez y don Ignacio López Rayón, quien se les había unido en esa ciudad, y demás jefes insurgentes, decidiéndose quedaran allí dos mil quinientos hombres, al mando de don Ignacio López Rayón, saliendo los caudillos al país vecino, siendo seguidos a distancia por una reducida tropa al mando de Rafael Iriarte, como una escolta de protección. El itinerario que siguieron los caudillos fue de Saltillo a Santa María Anhelo, Punta del Espinazo del Diablo y finalmente Acatita de Baján, donde se detuvieron por las norias de agua que allí había.
Al día siguiente, el traidor Ignacio Allende se había apostado con su gente, entre los que abundaban los indios comanches, detrás de una loma. Un pequeño grupo de sus hombres permanecían en la loma, fingiendo rendir tributo a la comitiva de los caudillos y al mismo tiempo indicando a Elizondo de la llegada de ellos.
En un coche viajaban Ignacio Allende, su hijo Indalecio y Jiménez y fueron inmediatamente capturados cuando descendían de la loma. Aquí se le dio muerte al hijo de Allende e hirieron al teniente Joaquín Arias, puesto que se negaron a rendirse oponiendo resistencia. Poco después arribo Hidalgo a caballo y encabezando una escolta de cuarenta soldados, Elizondo lo saludo con un gesto como para darle confianza y lo dejó pasar hasta que llegó a la retaguardia de las tropas emboscadas. Ahí el propio Elizondo se le acercó y le pidió que se rindiese. La primera reacción de Hidalgo fue la de oponerse, pero al ver la enorme diferencia de fuerzas, prefirió entregarse, por lo que fue desarmado y custodiado por sus captores.
Hidalgo se enteró más tarde que en el transcurso del día siguieron llegando grupos de insurgentes que fueron aprehendidos y conducidos a Monclova. Sólo Iriarte logró escapar con la caballería, y prefirió huir en vez de intentar una batalla para liberar a los que habíamos caído prisioneros. Al saberse de su deserción por Ignacio López Rayón, Iriarte fue sometido a corte marcial, condenado a muerte y ejecutado de inmediato, por órdenes de Ignacio López Rayón.
De Acatita de Baján fuimos llevados a Monclova, y posteriormente a Chihuahua donde llegamos después de un mes. Hidalgo fue recluido en el Colegio de la Compañía de Jesús, transformado para aquel entonces en hospital militar. Siguiendo las instrucciones del gobierno virreinal, se procedió con la mayor brevedad a la formación de los procesos. Así, en cortísimo tiempo, se dieron por terminadas las causas, y se ejecutaron las sentencias todas a la pena capital, con excepción de la de Hidalgo. La mayoría de los reos, unos treinta en conjunto, fueron condenados a ser pasados por las armas, por la espalda, como traidores al rey.
Las ejecuciones comenzaron el 10 de mayo, siendo fusilados el 26 de junio Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez. En cuanto a Mariano Abasolo, su conducta fué verdaderamente indigna durante el proceso; pues pretendiendo salvar la vida a todo trance, echó toda la culpa a sus compañeros, delató algunos que habían sido considerados como poco importantes y debido a sus negativas y delaciones, así como a los heroicos esfuerzos de su esposa, salvó la vida, mandándosele deportado a España, donde, castigo divino, fue reducido a prisión muriendo al poco tiempo. Sólo el desconocimiento de este proceso pudo hacer que se le declarara como héroe de la independencia por la estúpida ignorancia de los políticos mexicanos oficialistas.
Después de algunas contestaciones entre las autoridades eclesiásticas y militares, se dictó sentencia de muerte para don Miguel Hidalgo, sin oírlo en defensa, y se procedió a degradarlo como sacerdote, ejecutándose la sentencia el 30 de julio de 1811, a las siete de la mañana, en el mismo patio de su prisión, sufriendo la pena con la mayor entereza, aún cuando se necesitaron varias descargas de fusilamiento.
Los cadáveres de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez fueron decapitados, y sus cabezas remitidas a Guanajuato donde se les colocó dentro de unas jaulas de hierro, en los cuatro ángulos de la Alhóndiga de Granaditas. El gobierno virreinal estaba convencido que con la muerte de los caudillos fusilados en Chihuahua, acabaría el movimiento insurgente. Pero no fue así.
Así terminó la primera época de la guerra de independencia, emprendida por un pueblo inerme que no podía soportar por más tiempo la dominación española.






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