FORJADORES DE MÉXICO: SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ (SAN JUANA INÉS DE ASBAJE RAMÍREZ)
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- 10 nov 2024
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
Juana Inés nace el 12 de noviembre de 1651 en la hacienda de San Miguel Nepantla, jurisdicción de Chimalhuacán de Chalco en él actual Estado de México. Fue hija del capitán Pedro Manuel de Asbaje y de doña Isabel Ramírez de Castilla. Pasa de los tres a los ocho años en la hacienda de Panoayan, muy cerca de Amecameca, donde vive con sus abuelos, ya que el padre, Pedro de Asbaje había desaparecido sin dejar huella.
Sus abuelos, Pedro y Beatriz Ramírez eran andaluces de Sanlucar de Barrameda y habían arrendado una finca donde el abuelo tenía doce esclavos, familias enteras que trabajaban la tierra: el ganado y el trigo que se cultivaba.
Así entre gemidos de bueyes y vacas, la ordeña, la trilla, el fogón de la casa, Juana Inés escuchó las voces de los indígenas que trabajaban el campo como peones. La Nueva España era un caldo de mezclas, la olla de las culturas de la infancia de Juana Inés nieta de andaluces, hija de criolla y vasco, criolla ella misma abrevo de sus orígenes peninsulares y de las voces negras y náhuatl que convergieron en la hacienda de Panoayan,
A temprana edad sabía leer y escribir y a los ocho años llegaba a la ciudad de México por agua, desde Chalco hasta la acequia de la Plaza Mayor, ya entonces pedía entrar a la Universidad. Fue a tal grado su erudición que la virreina Leonor Carreto, esposa del virrey don Antonio Sebastián de Toledo, Marqués de Mancera, la invitó entrar a Palacio como invitada personal y a la que pronto llamará “mi muy querida”.
En Palacio estará cerca de la música entre bailes y tertulias, y del latín que aprenderá en las veinte lecciones del bachiller Oliva. En Palacio entrará a su ánimo la voz del confesor de la virreina, el jesuita Antonio Núñez de Miranda, famoso por sus cualidades de oratoria, quien seguramente será quien anime a la joven Juana Inés a los diecinueve años a optar por las Carmelitas Descalzas.
Desde el balcón de la virreina, Juana Inés contemplará el bullicio de la plaza protegida por la celosía que será preámbulo de la que la separará del mundo en el Convento de San Jerónimo.
Aquí habrá de ensalzar sus oídos con conversaciones privilegiadas como las de los bachilleres, funcionarios civiles y eclesiásticos, los virreyes mismos y la bandada de acentos peninsulares, criollos y tal vez mestizos que se dan cita en Palacio. También escuchará las voces criollas de las jovencitas que sus padres mandan a Palacio a entrenarse en las costumbres de la realeza para así conseguir el mejor marido. Escuchará las misas en latín en la catedral, el órgano monumental, los coros y sin duda los parlamentos en el teatro Coliseo tan vivo entonces.
Y luego será el convento de San Jerónimo, porque la orden de las descalzas fue tan dura a su inclinación por el estudio, donde llegue el sosiego de los libros. Allí será el sonido de los rezos, el deslizar de los pies de las hermanas, los coros y el jicareo del agua en la fuente del convento los que acompañe sus veinticinco años.
Escuchará las composiciones de Juan Hidalgo, de Joseph de Torres, de Juan Gutiérrez de Padilla. Será el locutorio donde las conversaciones de su querida y cómplice María Luisa Manrique, condesa de Paredes, marquesa de La Laguna, virreina de la edad de Juana Inés, ocurran y donde se sellen complicidades hasta el final. Allí Juana Inés habrá de escuchar a su amigo Sigûenza y Góngora discurrir y disentir sobre el cometa y su influencia en los destinos. Allí escucharla el ruido de la fama que tocará su puerta de la mano del primer volumen de sus obras publicado en Sevilla, “Inundación Castálida” y del segundo, publicado en Madrid, ambos por empeños de la ex virreina y amiga de sor Juana.
Fue en el convento donde no solamente acumuló libros sino una gran cantidad de conocimientos que le valió reconocimiento y algunos premios como los ganados en 1663 en el certamen universitario del Triunfo Parténico. Además de haber sido una gran científica, su obra comprende poesías líricas, dramáticas , alegorías, sacras, festivas y populares de muy variados temas y una obra dramática formada por “Autos Sacramentales”, “Loas” y “Comedias”. Dentro de su prosa se encuentra: “Neptuno Alegórico”, “Explicación del Arco” “Razón de la fábrica alegórica” y “Aplicación de la Fábula” “Carta Atenagórica” y “Respuesta a sor Filotea de la Cruz”.
Mujer singular en todos los tiempos, no tenía más remedio que profesar para poder dedicarse a su vocación. Para su desgracia en aquel tiempo se satanizaba que las mujeres se dedicaran a los libros y a la cultura y el obispo de Puebla le dirigió una carta bajo el nombre de Sor Filotea, en la cual criticaba y condenaba su actitud como poco piadosa. Sor Juana le contestó en su famosa “Respuesta a Sor Filotea”, documento único que nos permite atisbar la problemática de una mujer inteligente y científica en el siglo XVII.
Cerca del final de su vida, escuchará el cepillar de los libros que abandonan sus repisas y caen en cajas, las balanzas e instrumentos de medición y ópticos de su biblioteca científica, laúdes y flautines que se irán depositando en carretas que los sacarán del convento para alimentar grandes piras en llamas por orden del cruel y satánico arzobispo Aguiar y Seijas.
Se quedará a solas en la celda con el sonido del eco de las paredes desvestidas de libros. Aquí se escuchará el sonido de la piedra, cuando Sor Juana coloque en el hueco de la arquería de la enfermería del convento, el cofre con su profesión de fe firmada con sangre: “Yo, la peor del mundo”.
En el convento de San Jerónimo exhalará su último aliento en abril 17 de 1695, después de un falso silencio donde queda el ruido de su vehemencia y la contundencia de sus escritos, y la alta música de sus versos y su inteligencia.






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