FORJADORES DE MÉXICO: VENUSTIANO CARRANZA GARZA (3a. y última parte)
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- 20 abr 2025
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Rafael Urista de Hoyos, Cronista e Historiador
Don Venustiano Carranza era literal y auténticamente el “Primer Jefe”. Su autodenominación, avalada por otros poquísimos revolucionarios, mostraba su infinita soberbia, pero se apoyaba indudablemente en la razón de quien sabe ejercer el poder y hace respetar la autoridad. Hombre formado bajo las reglas autoritarias y antidemocráticas del porfiriato e inspirado en un liberalismo muy a la mexicana, Carranza esperó hasta el último momento antes de incorporarse a la Revolución de 1910. Por su vasta experiencia política, Madero--- por quien nunca sintió aprecio y si mucho odio--- lo nombró Secretario de Guerra y Marina en su gabinete provisional. Criticó los arreglos de paz aceptados por don Francisco I. Madero; vio en los Tratados de Ciudad Juárez la futura derrota del movimiento armado: “Revolución que transa, revolución que se suicida”, fue su única expresión. El asesinato de Madero en 1913 le dio la razón. Sin que nadie pudiera hacerle sombra, desde la gubernatura de Coahuila desconoció a Huerta y se levantó en armas enarbolando el “Plan de Guadalupe”. Su intención era clara: restaurar el orden constitucional roto con el golpe de Estado y, de paso, ocupar la presidencia de la República.
Don Venustiano se veía a sí mismo como un nuevo Juárez. Pensaba, actuaba y ejercía el poder como el propio don Benito. Frente a sus amigos se mostraba frio e impasible, frente a sus enemigos, implacable. Lo movía la historia. El sentido de sus decisiones sólo tenía una lógica a la luz de su conocimiento del pasado. Una de las medidas adoptadas por el Primer Jefe fue poner en vigor la añeja ley del 25 de enero de 1862, con la cual, en 1867, fueron juzgados Miguel Miramón, Maximiliano y Tomás Mejía, y todos aquellos que hubiesen prestado servicios a la intervención francesa y al imperio de Maximiliano. En 1913, Carranza la utilizó para combatir a sus enemigos mexicanos y no a invasores extranjeros como lo hizo don Benito Juárez.
Ante propios y extraños se mostraba impenetrable, sereno, calculador, serio, tan autócrata en la charla como en todo lo demás. Sólo un hombre con su carácter y su visión pudo manejar egos y temperamentos como el de Álvaro Obregón y Francisco Villa. Reunir a su alrededor a revolucionarios tan diferentes como el inepto y temeroso Pablo González y el eficiente y valeroso Lucio Blanco o ganarse la confianza de intelectuales como Isidro Fabela y Luis Cabrera. Con excepción de Zapata, cuya única bandera era su Plan de Ayala, Carranza logró mantener bajo su jefatura la unidad revolucionaria durante un año y medio, tiempo suficiente para acabar con Victoriano Huerta.
A la hora del triunfo Carranza no vaciló como lo hizo Madero. La rendición del gobierno huertista fue incondicional y no tuvo empacho en ordenar la disolución del ejército federal. De acuerdo con el plan de Guadalupe debía asumir la presidencia de la República y convocar a nuevas elecciones, pero al interior del ejército constitucionalista se anunciaba la crisis: diferencias entre Carranza y Villa apuntaban hacia un enfrentamiento irremediable. La Soberana Convención Revolucionaria--- último intento para evitar la guerra ---desconoció a Carranza como primer jefe del ejército constitucionalista. Don Venustiano ni se inmutó, sabía de antemano cual sería la resolución. Sin reconocer tampoco al gobierno surgido de la Convención, Carranza se vio nuevamente en Benito Juárez. Siguiendo los dictados de la historia de Juárez abandonó la ciudad de México y estableció su utópico gobierno en Veracruz, desde ahí pretendía, al igual que don Benito, iniciar la gran reforma del Estado.
Desde las arenas de Veracruz expidió una serie de disposiciones agrarias, fiscales, de trabajo, de libertad municipal, de estado civil, judiciales y en materia de minas y petróleo con lo cual tomó las banderas ideológicas de sus enemigos ---como el caso de la ley agraria, golpe brutal contra el zapatismo--- y legitimó su movimiento a traves de un marco jurídico. Con el triunfo de Obregón sobre Villa en 1915, Carranza regresó a la Ciudad de México, y a pesar de las dificultades con Estados Unidos provocadas por la invasión de Villa a Columbus, en los últimos meses de 1916 la mente de Carranza ya estaba puesta en la gran reforma del Estado. En otro arrebato de historia juarista, el primer jefe encargado del poder ejecutivo, designó a Querétaro capital de la República y sede del próximo congreso constituyente.
En septiembre de 1916 Carranza expidió otro decreto de modificaciones al plan de Guadalupe. Bajo el nuevo ordenamiento se convocó a elegir todo un congreso constituyente, que reformaría la constitución por la que se había luchado, para incorporarle las inquietudes surgidas en el curso de la lucha armada. Sólo después de que ese congreso terminara sus labores habría elecciones legislativas y presidenciales inhabilitados como candidatos a una diputación. Así resultó que el 85% de los elegidos provinieran de la clase media; que sólo el 12% perteneciera a la clase baja urbana o rural, y según un estudioso, que el 3% fueran ricos. Del total de los diputados constituyentes, más de la mitad eran abogados, maestros de escuela o periodistas. Por lo tanto, bajo ningún punto de vista eran individuos representativos del México rústico de 1916.
El 5 de febrero de 1917 Carranza llevó a feliz término la idea que traía en mente desde la revolución de 1913. En la nueva Constitución convergieron ciertamente todas las demandas sociales, políticas y económicas que habían dado sustento ideológico a la lucha armada. Sin embargo, en su discusión, la Carta Magna fue excluyente. La Constitución de Carranza fue obra de sus incondicionales. Nadie se permitió escuchar las voces de los derrotados. El nuevo pacto social surgido de la Constitución se construyó únicamente con la visión de los vencedores.
El proyecto constitucional presentado por Carranza a los diputados legitimaba de hecho el porfiriato al que nunca dejó de pertenecer, reduciendo las facultades de los poderes Legislativo y Judicial y aumentando los del Ejecutivo. Con el poder así obtenido, el presidente podría quitar e imponer gobernadores a su antojo, igual que Porfirio Díaz ( de los veinte gobernadores electos durante el régimen de Carranza, por lo menos 17 fueron impuestos autoritariamente.) Los legisladores aprobaron el proyecto carrancista añadiéndole otros artículos de su cosecha. Los legisladores obregonistas también dedicaron gran parte de sus peroratas a lanzar virulentos ataques anticlericales. Pensaban equivocadamente que la Iglesia Católica aún era el organismo todopoderoso que fue antes de la Guerra de Reforma, o fingían creerlo para ganar prestigio de valentones atacando a una corporación impotente para defenderse.
La nueva Constitución fue promulgada el 5 de febrero de 1917, exactamente 60 años después que se proclamara la de 1857 el mismo día de febrero, que en su tiempo fue presentada como una panacea para todos los males de México y que tampoco funcionó. Irritado por las adiciones hechas a su proyecto constitucional, Carranza recibió a Obregón de mal talante cuando éste se presentó en Querétaro para presenciar la aprobación de los artículos 3º sobre las religiones), 27 sobre los recursos naturales, 123 sobre la legislación laboral y130 relativo a los extranjeros; todos modificados por los diputados obregonistas. Luego de agrias discusiones entre los dos otrora aliados, Obregón presentó su renuncia al Ministerio de Guerra, que pasó a llamarse secretaria. Carranza se abstuvo de nombrar nuevo secretario y conservó el mando directo de las fuerzas armadas, con lo que obviamente pretendía el surgimiento de otro caudillo militar.
Con la máxima ley promulgada Carranza asumió constitucionalmente la Presidencia. La nueva Constitución también estableció el sufragio universal directo popular cancelando definitivamente las elecciones por electores propias de la era juarista. Pero en las elecciones presidenciales de marzo de 1917 sólo votaron 213,000 ciudadanos y Carranza obtuvo apenas 197,383 votos, emitidos en su mayor parte por soldados y burócratas obligados a sufragar por el candidato oficial y único.
El carácter inescrutable de don Venustiano le permitió cubrir la investidura presidencial con cierto velo de respeto y misterio. Pero si en algo era transparente lo fue en la forma como ejercía su poder y su autoridad incluso hasta llegar al extremo de la crueldad. Cuando tuvo a sus enemigos a tiro de piedra, no pensó siquiera en conciliar, sino en eliminar aun recurriendo a la traición y al asesinato. En 1919 ordenó al general Pablo González acabar con el zapatismo a través de cualquier medio posible. El 10 de abril de 1919 recibió la noticia de que el cadáver de Emiliano Zapata era exhibido en Cuautla, Mor., asesinado en una traicionera emboscada al entrara la hacienda de Chinameca, Mor. Mese más tarde le informaron le captura del otrora brazo derecho de Villa general Felipe Ángeles, por quien profesaba un enfermizo odio sólo por ser una personalidad muy superior a él. Ángeles también fue víctima de una traicionera emboscada orquestada por el dinero carrancista, y por medio de un juicio que fue una farsa Ángeles terminó frente al pelotón de fusilamiento el 26 de noviembre de 1919.
Por sistema y superando los niveles a que llegó Porfirio Díaz, Venustiano Carranza ofreció a sus generales abundantes facilidades para enriquecerse, en la creencia de que le permanecerían fieles con tal de no poner en peligro sus fortunas mal habidas. Muchos de ellos poseían cantinas, prostíbulos y casas de juego, o por lo menos obtenían elevadas sumas gestionando por encargo de un tercero las licencias de funcionamiento para estos negocios. También gestionaban a cambio de elevadas comisiones la devolución de propiedades que ellos mismo incautaban, u obtenían comisiones mineras o de tala de bosques para luego venderlas a particulares que las ponían en explotación. Otro filón era el cobro de cuotas especiales por permitir a los hacendados y los comerciantes el alquiler de furgones ferroviarios.
Pablo González, que en cuestión de pillerías no era ningún inepto, se enriqueció presionando a los cultivadores de algodón de la Comarca Lagunera a efecto de que le vendieran sus productos por bilimbiques carrancistas desvalorizados, para luego venderlo en dólares a los Estados Unidos. Obregón robó a los yaquis un latifundio de tres mil quinientas hectáreas de las mejores tierras sonorenses, en el que empleaba mil quinientos peones esclavizados; monopolizó las exportaciones de garbanzo de toda la costa del Pacífico, adquirió minas y puso en marcha un negocio de exportación de cueros; y todo eso con la anuencia del Presidente Carranza y bajo la amenaza de que el que no hiciera negocios con ellos se le aplicaría la expropiación de todos sus bienes. Pero aun así ni González ni Obregón perdieron la ilusión que Carranza los escogiera (a uno de ellos) para sucederlo en la presidencia (la reelección estaba prohibida en el nuevo orden constitucional).
Con la nueva Constitución en sus manos, Carranza intentó consolidar el poder presidencial. Quiso alejarlo de la violencia revolucionaria, dotarlo de una estructura jurídica, de un marco legal que garantizara su estabilidad frente a cualquier acontecimiento. Pero al acercarse la sucesión presidencial en 1920, el visionario, el hombre que conocía la historia de México en con detalle, el nuevo Juárez, no tuvo una adecuada lectura de los tiempos políticos y violentó su propia historia: impuso por todos los medios a su alcance, a un candidato civil, desconocido y gris, de nombre Ignacio Bonillas, cuando el país llamaba a gobernar al victorioso y carismático Álvaro Obregón.
Una serie de desencuentros con Carranza sirvieron de pretexto a los sonorenses para desafiar al gobierno federal y, el 23 de abril de 1920, Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles se levantaron en armas contra el Presidente. Si en 1913 Carranza había logrado reunir a la mayor parte de los revolucionarios en torno a su persona, en 1920 logró hacerlo, pero en su contra. La rebelión se generalizó en el país entero. Grupos de todos los rincones de la República ---zapatistas, villistas, maderistas, convencionistas, porfiristas y hasta una gran parte de los mismos carrancistas--- se levantaron en contra del viejo “barbas de chivo”. Carranza recurrió a la historia: como en 1914 ---como Juárez en la guerra de Reforma---, intentaría establecer su gobierno en Veracruz. Reorganizar su ejército y dar nuevamente la batalla.
Nada debía minar su autoridad. Su fortaleza emanaba de la legalidad. Lo sabia y con esa actitud enfrentó su destino. “ La principal virtud de Carranza es la tenacidad ---escribió el periodista Vicente Blasco Ibáñez---, una tenacidad vencedora del tiempo y del espacio, y despreciadora del destino. Hay que reconocer que Carranza se defiende contra la desgracia de un modo heroico”.
La historia le dio la espalda. Luego de varios días recorriendo los desfiladeros de la sierra de Puebla, soportando la intensa lluvia tropical, padeciendo el terrible calor y con la posibilidad de encontrar al enemigo en cualquier momento y recorriendo poblados ínfimos: Santa Lugarda, Temextla, San Francisco Ixcamatitlán, Zitlacuautla, Tetela de Ocampo, Cuautempan, Tenango, Amixtlán, Tlapacoyan, Tlaltepango, La Unión Huauchinango y al final Tlaxcalantongo.
Era cerca de la media noche del 20 de mayo de 1920. Antes de conciliar el sueño pensó por última vez en la historia, en sus desconocidos designios, en sus caprichos que mueven la voluntad de los hombres. Consciente de su situación, con cierto pesimismo se le oyó decir: “Digamos como Miramón en Querétaro: Dios esté con nosotros las próximas veinticuatro horas”; ya era la madrugada del 24 de mayo.
Alrededor de las 4 de la mañana se oyeron gritos de “¡Viva Obregón! ¡Muera Carranza!” y un grupo de individuos protegidos por las sombras dispararon sus pistolas. Carranza recibió tres balazos en el pecho, uno en la mano izquierda y otro en la pierna del mismo lado; Algunos historiadores creen que los tres balazos se los dio el mismo para suicidarse.
Murió con la dignidad de quien se conoce como protagonista de la historia. Estoico frente a la desgracia, nunca aceptó el título de general, prefería el término utilizado por amigos y enemigos, el que portaba con gallardía. “Quizá no sea este el genio que a México le hace falta ---escribió Martín Luis Guzmán---, ni el héroe, ni el genio político desinteresado, pero cuando menos no usurpa su título: sabe ser el Primer Jefe”.






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