FORJADORES DE MÉXICO: ÁLVARO OBREGÓN SALIDO (2a. Parte)
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- 15 jun 2025
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
La Convención de Aguascalientes se reunió a mediados de octubre. Los participantes iniciaron los debates declarando que la Convención era soberana, es decir, que no obedecía órdenes de ningún caudillo aludiendo principalmente a Villa y Carranza, anhelosos de liquidar la pugna entre los dos personajes, así como de trazar la política que debía seguir el futuro gobierno constitucional, quisieron dar máxima solemnidad al compromiso que iba a negociarse, y para tal efecto se consiguió una bandera mexicana y todos los generales firmaron en la franja blanca como constancia de la promesa empeñada de acatar las órdenes que emanasen de la Convención. Obregón, después de estampar su firma, en un arranque de teatral lirismo declaró: “Todos los que hemos firmado en esta bandera someteremos al que se declare rebelde. Y no sólo eso: yo prometo que me quitare los galones de general e ire de sargento a batir al que se rebele contra esta Convención”.
Aunque no reconocía autoridad a la Convención, Carranza envió una carta en la que dijo estar dispuesto a renunciar a la primera jefatura si se establecía un gobierno preconstitucional que llevase a cabo las reformas políticas y sociales necesarias, y si al mismo tiempo que se separaba él, Villa y Zapata renunciaran al mando de sus ejércitos. Finalmente, si la Convención ordenaba al primer jefe marchar al extranjero, los otros dos caudillos debían recibir igual orden. Villa recibió estoicamente aceptando esas propuestas e incluso proponiendo fusilarlo a él y al viejo barbón para acabar ahora sí con las dificultades; lamentablemente no se le tomó la palabra.
Obregón fue comisionado fue comisionado para trasladarse a la ciudad de México y comunicar a Carranza su destitución. Pero Carranza, en vez de esperar al enviado, abandonó la capital, que se había vuelto insegura, y se escabulló primero a Toluca, luego a Tlaxcala y Puebla, y después a Orizaba. Obregón anduvo rastreándolo por todos esos lugares hasta que el 8 de noviembre lo alcanzó en esta última ciudad y pudo platicar con él. Después de la entrevista, lejos de arrancarse los galones para combatir como sargento para combatir quien desafiara las órdenes de la Convención, como lo era Carranza, se puso de acuerdo con Carranza para traicionar vilmente a la Convención, saliendo inmediatamente para hacer los preparativos para luchar contra los convencionistas. El otro traidor, Venustiano Carranza, prosiguió su viaje a Veracruz para establecer allí su espurio gobierno.
La Convención de Aguascalientes eligió como Presidente de la República ---y por lo tanto jefe tanto de Villa como de Zapata--- al coahuilense de Ramos Arizpe Eulalio Gutiérrez que como primer acto de su gobierno trato personalmente de convencer a Carranza de someterse a la Convención y al no lograrlo lo declara rebelde al mismo tiempo que reinstala a Villa en la jefatura de la División del Norte nombrándolo Jefe de Operaciones de los ejércitos convencionistas, y ordenándole la ocupación de la ciudad de México que fue evacuada por los carrancistas el 23 de diciembre de 1914.
Mientras se entrevistaba con Carranza en Orizaba, Obregón había planeado trasladarse a Salina Cruz, Oaxaca, para embarcar allí los restos de su ejército hasta Manzanillo y reunirse después con las tropas carrancistas que seguían activas en Jalisco. Carranza le ordenó que reforzara primero las defensas de Jalapa y Perote en previsión de un ataque combinado de villistas y zapatistas contra Veracruz. Pero Villa había negociado con Zapata dividirse el país en dos zonas, la norte para él y la sur para Zapata. Fiel a su compromiso, dejó al suriano la tarea de liquidar a Carranza, desoyendo la opinión expresada por el general Ángeles en el sentido de que los morelenses carecían de capacidad para realizar operaciones bélicas de gran envergadura y le sugería irse con todo sobre Veracruz y echar a Carranza al mar. Y el tiempo y el mismo Zapata le dieron la razón al general Ángeles, ya que aquel ni siquiera intentó dirigirse a Veracruz y por el contrario constantemente ayudó a los convoyes militares carrancistas que se dirigían al bajío a refaccionar a las fuerzas de Obregón que enfrentaban a los villistas de la División del Norte. Emiliano Zapata, un auténtico traidor, receloso de la estela triunfal de Villa, siempre conspiró con los enemigos del centauro para hacerle el mayor daño posible.
A principios de abril Obregón estableció su campamento en Celaya, y a los pocos días Villa llegó a Irapuato distante 50 kilómetros. El duranguense había restablecido el orden en el norte y regresó al centro de la república con la intención de aniquilar a los rivales. Había desoído los consejos de Ángeles, quien le hizo ver lo peligroso que era extender demasiado su línea de abastecimiento y lo mejor sería esperar a su enemigo más al norte, donde la División pudiera recibir pronto auxilio en caso de necesitarlo y para los rivales fuera difícil reabastecerse de pertrechos. Pero Villa estaba tan seguro de que el “perfumado” Obregón huiría en cuanto se viera atacado por los villistas, que no prestó oídos al consejo. De esa manera comenzó a escribirse la historia de las derrotas villistas en el Bajío; la soberbia y el creerse invencible perdieron al centauro.
El 6 de abril de 1915 tuvo lugar el primer encuentro en Celaya. Villa disponía cerca de diez mil hombres, contra otros tantos del rival; sus hombres avanzaron hasta el centro de Celaya e hicieron repicar las campanas de una iglesia en una muy anticipada celebración de una supuesta victoria, y eso los hizo perder ya que al día siguiente en un fulgurante contraataque obregonista los hizo replegarse a Irapuato. Para el día 13 Villa, sin recibir nuevos refuerzos y cegado por su autosuficiencia, imprudentemente cargó contra las defensas de Obregón y por espacio de 24 horas, tanto a la luz del día como en la obscuridad de la noche, el caudillo duranguense envió cargas de caballería que los ametralladoristas carrancistas escudados en sus loberas (agujeros cavados en el suelo) derribaban una tras otra. Luego de sufrir algunos centenares de bajas Villa se resignó a su segunda derrota y se replegó aún más allá de Irapuato, hasta León.
Todavía entonces Ángeles quiso convencerlo de que carecía de elementos para seguir luchando y que lo indicado era retirarse a sus lugares del norte, reorganizarse con todas las secciones villistas diseminadas y esperar allá a los carrancistas de Obregón y que fueran ellos los que se alejaran de sus zonas de abastecimiento y se convirtieran en atacantes sabedor Ángeles que Obregón era el mejor en labores defensivas, pero en el ataque distaba mucho de ser el mejor estratega. Pero Villa no estaba para escuchar consejos, y ordenó avanzar desde León hasta Silao.
Las batallas de León, Silao, Trinidad y Santa Ana del Conde, duraron cuarenta días y arrojó decenas de miles de muertos por ambas partes. En el transcurso de la lucha, concretamente en la hacienda de Santa Ana del Conde, Obregón perdió el brazo derecho, destrozado por una granada; con la mano restante sacó una pistola dispuesto a suicidarse, pero un oficial lo detuvo. El mando del ejército pasó a manos del general Benjamín Hill. Dos días más tarde Villa tuvo que retroceder hasta Aguascalientes donde fue derrotado nuevamente retirándose a Zacatecas y de ahí hasta Torreón y finalmente Chihuahua.
Desde agosto de 1915 los constitucionalistas tuvieron ininterrumpidamente en su poder la ciudad de México y el 19 de octubre de Washington los reconoció como gobierno de facto. De acuerdo al Plan de Guadalupe, Carranza debió haber asumido desde agosto la Presidencia Provisional para convocar a elecciones y devolver la normalidad constitucional al país, pero lejos de hacer esto, prolongó su estancia once meses en Veracruz y luego anduvo otros seis recorriendo la República y recibiendo homenajes, banquetes y bailes. Visitó Tampico, Torreón, Saltillo, Monclova, Cuatrociénegas, Querétaro, Guanajuato y Guadalajara. A todas partes lo seguía una comitiva de 1500 personas; ya parecía una caricatura de Porfirio Díaz.
No fue sino hasta mediados de 1916 cuando Carranza se instaló en la ciudad de México. Llegó sin previo aviso y sin el aparato acostumbrado, con el evidente propósito de evitar toparse con impertinentes que le recordaran su obligación de volver al orden constitucional. El puesto de Primer Jefe, que le permitía gobernar dictatorialmente con base en “las facultades extraordinarias de que me hallo investido”, ofrecía mucha más comodidad que el de Presidente de la República. En septiembre de 1910 carranza expidió un decreto para elegir todo un Congreso Constituyente, que reformaría la Constitución por la que se había luchado, para incorporarle las inquietudes surgidas en el curso de la lucha armada. Sólo después de que ese Congreso terminara sus labores y se promulgara la nueva Constitución habría elecciones para la Presidencia; para entonces ya no sólo eran modificaciones sino una nueva Constitución para satisfacer el ego del autócrata.
La nueva Constitución estableció el sufragio universal directo, pero en las elecciones presidenciales sólo votaron 213,000 ciudadanos y Carranza obtuvo 197,383 votos que constituyeron casi el 90% de la votación general, votos emitidos en su mayor parte por soldados y burócratas obligados a sufragar por el candidato oficial: Carranza.
Esa nueva Constitución fue promulgada el 5 de febrero de 1917, exactamente 60 años después que se proclamara la 1857, que en su tiempo fue presentada como solución para todos los males de México, pero que tampoco funcionó. Álvaro Obregón fue nombrado Ministro de Guerra en el gabinete carrancista aunque Carranza siempre lo trató con mucho desdén pues lo consideraba como su próximo contrincante en la lucha por la presidencia. Finalmente los dos personajes llegaron al acuerdo de que Obregón le dejaría la presidencia a Carranza y el esperaría para el próximo periodo. Obregón, de acuerdo el pacto secreto con Carranza, renunció al Ministerio de Guerra prometiendo no presentarse como candidato en las elecciones a efectuarse el 11 de marzo de 1917, y se fue a cultivar sus tierras en Sonora.
Obregón, ya en su Estado Sonora, y con el apoyo de la presidencia de la República, se apropió de mil quinientas hectáreas de las tribus yaquis de las mejores tierras sonorenses en las que empleaba mil quinientos peones; monopolizó las exportaciones de garbanzo de toda la costa del Pacífico, adquirió minas y puso en marcha un negocio de exportación de cueros mientras esperaba la Presidencia prometida por Carranza.
A mediados de junio de 1919 Obregón se convenció de que Carranza no iba a cumplir lo pactado con él ya que don Venustiano ya declaraba un gobierno civil para el próximo periodo, y eso lo hizo declarar “por la libre” su candidatura a la Presidencia en un manifiesto repleto de críticas veladas al régimen. En noviembre, el hosco Plutarco Elías Calles, en un intento de Carranza de distanciarlo de Obregón, fue trasladado a la capital de la República desde Sonora donde el gobernador era don Adolfo de la Huerta, para darle el cargo de Secretario de Comercio, Industria y Trabajo. Calles aprovechó el nombramiento para acercarse al líder máximo de la CROM, Luis N. Morones, quien había concertado un pacto secreto con Obregón para apoyar su candidatura a cambio de que, una vez llegado a la Presidencia, diera un trato preferencial a los líderes obreros comenzando por el propio Morones. A principios de febrero de 1920, la intriga quedó al descubierto y Calles se vio obligado a renunciar para trasladarse a Sonora, donde De la Huerta ocupaba la gubernatura y el obregonismo era irreprimible. Carranza lanzó como su candidato al ingeniero Ignacio Bonillas, un anodino sonorense que había sido embajador en Washington y era casi desconocido en México.
El infeliz Bonillas fue repudiado en todo México. Obregón, mientras tanto, viajó a la capital para responder a una falsa acusación de ser cómplice del general disidente Cejudo en conspiración contra el régimen. El 13 de abril de 1920 huyó al Estado de Guerrero, donde el comandante militar general Fortunato Maycote le ofreció su apoyo para iniciar una rebelión en forma. Mientras tanto, en Sonora, el gobernador De la Huerta y su aliado Plutarco Elías Calles proclamaban el Plan de Agua Prieta, en el que se desconocía el gobierno de Carranza.






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