FORJADORES DE MÉXICO: ÁLVARO OBREGÓN SALIDO (3a. y última parte)
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- 22 jun 2025
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Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
La rebelión desatada por el Plan de Agua Prieta se extendió con rapidez. Jefes y tropas del Ejército Federal se sumaron a las filas de los rebeldes El 5 de mayo de 1920, después de participar en las celebraciones de la tradicional fiesta patria, Carranza recibió noticias de que ya se combatía a 50 kilómetros de la capital. El general Benjamín Hill avanzaba sobre la ciudad de México y tras él venía Álvaro Obregón con los soldados que se le unieron en Guerrero. Pablo González, que también tricionaba a su jefe y protector, se había apoderado de Puebla y marchaba sobre la capital. El general Francisco Murguía, jefe de las tropas leales a Carranza, reconoció que la capital de la República era ya indefendible.
Abandonado por casi todos, el aún Presidente de la República decidió salir de la ciudad de México y trasladar su gobierno a Veracruz, donde esperaba contar con la ayuda de su yerno, el general Cándido Aguilar, recientemente instalado en Jalapa como gobernador de la Entidad por el mismo Carranza. El general Guadalupe Sánchez. Jefe de las fuerzas del Estado, se proclamaba leal a su jefe Carranza. Con la ayuda de estos dos hombres y de Murguía, Carranza planeaba recuperar la ofensiva y someter a obregonistas, pablistas y demás jefes rebeldes.
La burocracia civil capitalina, temerosa de perder sus empleos y aun la vida, se incorporó en masa al éxodo. En total sumaban diez mil individuos, entre los burócratas y sus familias, los que se presentaron en la estación de Buena Vista para mudarse a Veracruz. El Palacio Nacional quedó vacío, pues los muebles, máquinas, cajas fuerte, etc, etc, fueron empacados para llevárselos; por supuesto, de la tesorería se retiraron cuanta moneda, billete y barras de oro o plata fue posible encontrar. El plan del viaje a Veracruz fue una calamidad desde el principio. Los adictos a Carranza lograron reunir veintiún carros de ferrocarril y cinco mil soldados, entre ellos los cadetes del Colegio Militar, además de cañones, archivos y maquinaria para fabricar armas y municiones. En medio de la confusión, funcionarios de todos niveles, algunos acompañados de sus familias, buscaban afanosamente un lugar en los atiborrados trenes.
Por fin, siete horas después de lo previsto, partieron de la Ciudad de México. Iban escoltados por la caballería al mando del general Francisco Murguía. Ataques constantes y cada vez más furiosos de los rebeldes encabezados por Guadalupe Sánchez, que a última hora traicionó a su jefe, retrasaban la marcha. Para entonces, tropas de Cándido Aguilar, yerno del Presidente, de las que se esperaba les abrieran paso hasta el Golfo de México, habían defeccionado cortando la vía a Veracruz. El largo convoy quedó paralizado en la estación Aljibes en Puebla
Era indispensable abandonar el convoy y marchar a caballo a través de la sierra de Puebla. Carranza y un centenar de civiles, así como un puñado de soldados, y los cadetes del Colegio Militar, montaron en sus caballos y se dirigieron a la sierra. Antes de partir quemaron los archivos, y con la prisa dejaron en un tren tres millones y medio de pesos en oro y $58,000 pesos en plata, que no tardaría en recuperar el entonces oscuro mayor Adolfo Ruiz Cortines.
Se iniciaron seis días de pesadas cabalgatas, de ascenso a la sierra por veredas tan estrechas y resbalosas por las que sólo un caballo y su jinete podían transitar; por pueblos cuyo nombre ni siquiera aparece en la mayoría de los mapas: Santa Lugarda, Temextla, San Francisco Ixcamaxtitlán, Zitlacuautla, Tetela de Ocampo, Cuautempan, Tenango, Amixtlán, Tlapacoyan, Tlaltepango, La Unión Huauchinango y al final Tlaxcalantongo; en La Unión se les incorporó el general Rodolfo Herrero quien les sugirió se trasladaran a Tlaxcalantongo. Poco antes de toparse con Carranza y sus fugitivos, Obregón le envió un telegrama a Herrero que decía: “Ataque a Carranza y rinda parte de que murió en el combate” aunque algunos historiadores (obregonistas por supuesto) niegan la autenticidad del documento; pero “haiga sido como haiga sido”, Herrero mismo le da veracidad al dar el golpe final al Presidente.
Herrero señaló a Carranza una choza grande que, según dijo, era la mejor del caserío y que por esa noche serviría de Palacio Nacional. Luego, sospechosamente, pide permiso a Carranza de retirarse a un lugar donde se encontraba un hermano herido. Después de medio, cenar los rendidos fugitivos se durmieron en distintas chozas. Llovía incesantemente. Eran las cuatro de la madrugada del día 21 de mayo de 1920 cuando se oyeron gritos y vivas a Obregón y mueras a Carranza y un grupo de individuos protegidos por las sombras dispararon sus rifles y pistolas sobre la choza donde dormía el Presidente. Carranza recibió tres balazos en el pecho, uno en la mano izquierda y otro en la pierna del mismo lado. Algunos historiadores afirman que los tres balazos se los dio él mismo para suicidarse.
Herrero fue detenido y conducido a la ciudad de México por un obregonista en ascenso, el general Lázaro Cárdenas. Tras pasar una semana en la prisión militar de Santiago Tlaltelolco, el magnicida fue gratificado generosamente y reincorporado al ejército con su grado de general. Fue uno de los cañonazos de cincuenta mil pesos de los que hicieron famoso al “incorruptible” (¿?) Álvaro Obregón.
El 24 de mayo de 1920, el Congreso atiborrado de legisladores obregonistas designó Presidente Provisional de la República a Adolfo de la Huerta, otorgándole 224 votos contra 29 emitidos a favor del ingenuo e inepto Pablo González. La desaparición de Carranza benefició a Obregón y propició el empoderamiento de los sonorenses cuya influencia política perduraría hasta la presidencia de Lázaro Cárdenas.
Las elecciones presidenciales se llevaron a cabo sin contratiempos y sin dejar dudas de quien fue el triunfador, ya que éste sólo tuvo por rivales al deslucido carrancista Alfredo Robles Domínguez y al chiflado Nicolás Zúñiga y Miranda. Obregón asumió la Presidencia el 1º de diciembre de 1920, en tanto que De la Huerta pasaba a hacerse cargo de la Secretaría de Hacienda.
Poco antes de renunciar al Ministerio de Guerra, en 1917, Obregón había contraído segundas nupcias con una guapa sonorense, María Tapia. (Desde 1907 era viudo; sus dos hijos quedaron al cuidado de una hermana cuando el se incorporó a la Revolución. Se retiró a Sonora con su nueva esposa, y por un tiempo se le veía feliz, pero cuando pasaba el tiempo y aumentaban los indicios de que Carranza no iba a cederle la Presidencia, el carácter se le ensombreció.
Por fortuna de Obregón, a su llegada a la Presidencia se materializó el primer gran auge petrolero mexicano, que con una producción de 191 millones de barriles en 1921 hizo del país el segundo productor mundial. En 1916 y 1917 Carranza había decretado algunos impuestos a la producción petrolera, bajos pero no tanto para que el gobierno recibiera fuertes sumas por ese concepto: 58 millones de pesos sólo en 1922. La posguerra había provocado asimismo un auge minero, y a consecuencia de todo esto la tesorería obregonista llegó a recaudar 291 millones de pesos en 1924, más del doble de lo que obtuvo en 1910 Porfirio Díaz.
Muy probablemente, Obregón ambicionaba en realidad hacer un gobierno de dinámico empresario norteño y estimular el desarrollo de la agricultura y la industria para crear fuentes de trabajo, y en este empeño el concurso de los inversionistas extranjeros le hubiera venido de perlas. Pero los ecos de la Revolución Soviética estremecían al mundo. En Yucatán, Felipe Carrillo Puerto ---un ex conductor de tren que había sido discípulo del procomunista Salvador Alvarado y hablaba maya, por lo que tenía gran influencia popular--- implantó la celebración oficial del natalicio de Karl Marx y organizó a los campesinos en ligas de resistencia que empezaron a invadir haciendas en nombre de la Tercera Internacional bolchevique. En el Distrito Federal Morones azuzaba a una multitud para enarbolar una bandera rojinegra y ovacionara a los bolcheviques.
Desde los primeros días del cuatrienio obregonista el gabinete fue un hervidero de intrigas futuristas en las que se enfrentaban los partidarios del Secretario de Guerra general Benjamín Hill, con los del Secretario de Gobernación, Plutarco Elías Calles. El Presidente y el Secretario de Hacienda Adolfo de la Huerta organizaron un banquete de reconciliación. Hill y Calles posaron ante los fotógrafos deshaciéndose de mutuo afecto. Pero en cuanto terminó la fiesta Hill empezó a sentirse enfermo. Poco después falleció y hasta la fecha hay la creencia de que fue envenenado por la dupla Obregón-Calles para deshacerse de un fuerte contrincante en sus planes para alternarse en el poder. De esa forma fueron eliminados posibles rebeldes a sus propósitos: Lucio Blanco fue ultimado en el Río Bravo un día de junio de 1922, el inepto general Pablo González decidió continuar en el exilio descartando sus planes de insurrección, Francisco Murguía penetró en México por Brownsville en plan de rebeldía, pero fue capturado y fusilado y la misma suerte corrió en Nayarit Juan Carrasco, otro general revoltoso y ya antes el general Ángel Flores, un posible contrincante electoral, había sido eliminado con el método del envenenamiento.
En 1923 Pancho Villa cometió la imprudencia de declarar que su amigo “Fito” de la Huerta era su candidato para suceder a Obregón. El general Francisco Villa residía en su feudo la hacienda de Canutillo en Durango; el 20 de julio lo asesinaron a traición unos pistoleros orquestados por el Presidente Obregón y su secuaz Calles. En total se atribuía a Álvaro Obregón la muerte de más de un centenar de generales desafectos a su gobierno el cual los justificaba aplicando la célebre formula obregonista: “Hay que liberar al país de sus libertadores.
Tanto o más que todo lo anterior a Obregón le preocupaba obtener para su gobierno el reconocimiento de los Estados Unidos. Los angloamericanos (los estadounidenses) exterior, indemnizara a los extranjeros por daños sufridos durante la Revolución, y garantizara por escrito que las medidas revolucionarias que se estaban tomando no afectarían a los inversionistas del país del norte. De no aceptar, Obregón debía atenerse a las consecuencias. Los norteamericanos también estaban inquietos por los párrafos del artículo 27 constitucional que otorgan al gobierno mexicano la facultad de expropiar “mediante indemnización” casi cualquier propiedad.
Al asumir Obregón la Presidencia, los estadounidenses pidieron que sus exigencias quedaran claramente consignadas en un Tratado de Amistad y Comercio. En vano señaló el Secretario de Hacienda don Adolfo de la Huerta, que un documento de tal naturaleza, refiriéndose a los Tratados de Bucareli, implicaría dar a los angloamericanos el privilegio de intervenir en nuestros asuntos internos, o sea, México quedaría como un protectorado de los Estados Unidos. Sin embargo, Obregón aprobó los citados convenios sobre la base que mejorarían las relaciones con Estados Unidos y el crédito del gobierno. El 14 de mayo de 1923 se iniciaron, en el edificio ubicado en el número 23 de la calle Bucareli, las conferencias de las que resultó el célebre tratado que lleva el nombre de la bulliciosa calle capitalina. La firma tuvo lugar el 15 de agosto y las relaciones diplomáticas se reanudaron 15 días después.
Ya en el año 1924 y acercándose el término del régimen obregonista, Obregón platica con De la Huerta y Calles el problema de la sucesión presidencial y refiriéndose a don Adolfo le dice que al dejar la Presidencia el no se preocupa por lo que vendrá después porque el sabe cultivar la tierra y puede volver a sus garbanzales de Sonora. Tu también podrías mantenerte dando clases de canto tu anterior profesión, en cambio el turco éste ---señalando a Calles--- no tiene oficio ni beneficio y necesita vivir de la política. ¿Qué te parecería si le dejáramos la chamba a él?
Después de esta plática prácticamente quedaron delineados los dos contrincantes en las próximas elecciones. La mayoría de los votantes tal vez habrían preferido al honesto y cordial De la Huerta frente al hosco y déspota Calles, pero los argumentos de ese género carecían de peso en la realidad mexicana donde el poder definía los movimientos políticos de la nación, y el poder lo tenía el Presidente Obregón quien se definió por su lacayo Calles que le serviría de marioneta cuatro años, para después él (Obregón) volver al poder y detentarlo en forma definida al estilo Porfirio Díaz.
El 4 de diciembre de 1923, después que el presidente de su partido, señor Jorge Prieto Laurens, le presentó pruebas de que Obregón había decidido imponer en la presidencia a su lacayo Calles y que para eso estaba preparando su próximo asesinato, tal y como lo había hecho anteriormente al mandar asesinar al general Francisco Villa para restarle un valioso aliado y a él (obregón) quitar de en medio a un formidable contrincante en la lucha que ya se avecinaba con la rebelión delahuertista, don Adolfo aceptó trasladarse a Veracruz, donde podría acogerse a la protección del general Guadalupe Sánchez.
Sólo tras un par de días de discusiones De la Huerta aceptó firmar el plan por el que se convocaba a derrocar al gobierno: se había iniciado la Revolución delahuertista. Más o menos la mitad de los generales se declararon a favor de De la Huerta. Los rebeldes dominaban casi todo el Estado de Veracruz y desde allí avanzaron hasta tomar la estratégica plaza de Puebla. Llegaron a controlar los Estados de Campeche, Yucatán, Tabasco, Chiapas, Jalisco y gran parte de Michoacán donde ocuparon la capital Morelia. Parecía que la lucha ya estaba decidida a favor de los rebeldes, pero aparecieron, como siempre, los Estados Unidos: protegieron a Obregón al abastecerlos de todos lo pertrechos de guerra, mientras que a los delahuertistas los aisló de tal manera que empezaron a perder todo lo ganado, hasta que De la Huerta no tuvo más remedio que autoexiliarse en La Habana, Cuba.
Con la partida de su jefe, la rebelión delahuertista perdió toda su fuerza al no poder contener a tan formidable enemigo los Estados Unidos. Calles pudo ya sin obstáculos reanudar su campaña con toda tranquilidad. La farsa de las elecciones se celebro el primer domingo de julio y tomó posesión el día 1º de diciembre de 1924.
El regreso del general Obregón al poder comenzó a plantearse desde 1926, cuando un grupo de diputados presentó la iniciativa de reforma constitucional que permitiría la reelección después de un período fuera de la Presidencia.
Entre quienes no estaban convencidos de la reelección destacaron dos antiguos colaboradores de Obregón, los también generales Francisco R. Serrano y Arnulfo R. Gómez, quienes se postularon al gobierno de México. Los dos generales antes de postularse fueron a pedirle permiso a su antiguo jefe para dicha postulación y éste les dijo que podían hacerlo sin problema de su parte e incluso les dio su apoyo personal. Sin embargo, los dos generales confiados en la palabra de Obregón nunca se imaginaron que fueran traicionados por su antiguo jefe, ya que éste al enterarse de que efectivamente se postularon candidatos, se disgustó tanto que ordenó al Presidente Calles que acabara con ellos de una forma u otra; Calles aún siendo el Presidente siempre obedecía a su amo y señor.
La conjura de los dos chacales (Calles y Obregón) se realizó sin el menor tropiezo: el general Serrano y un grupo de seguidores fueron sorprendidos y apresados cuando festejaban el onomástico del nuevo candidato en Cuernavaca. Luego los trasladaron supuestamente a la ciudad de México, pero los automóviles que los conducían se detuvo en la población de Huitzilac, donde los asesinaron de manera brutal; era el 3 de octubre de 1927 Los cadáveres fueron entregados en el Castillo de Chapultepec ---entonces residencia presidencial--- donde Obregón confirmó personalmente, y con una sardónica sonrisa, que la “misión” había sido cumplida. Por su parte el general Arnulfo R. Gómez después de ser tenazmente perseguido y capturado, fue fusilado en Coatepec, Veracruz, el 4 de noviembre de 1927.
Obregón ya reelecto Presidente, el 17 de julio de 1928 se le ofreció un banquete en el restaurante “La Bombilla”, en San Ángel Distrito Federal, en donde un dibujante que se le acercó para enseñarle una caricatura suya le disparó con su revólver y lo mató instantáneamente. Su nombre era José de León Toral; fue apresado y condenado a muerte. En la investigación se encontró que la abadesa de un convento, Concepción Acevedo de la Llata, conocida como la “Madre Conchita”, era su cómplice, por lo que fue sentenciada a purgar 20 años de prisión.
El cuerpo agonizante se precipitó sobre su costado izquierdo unos cuantos centímetros de la mesa donde estaban servidos los alimentos. Algunos obregonistas se lanzaron de inmediato sobre el magnicida para evitar que tratara de suicidarse. Otros gritaron que nadie le disparara, muerto no servía; era necesario conservar la vida de Toral para saber quien había fraguado el atentado. No faltaron los arrebatados revolucionarios que exigían la sangre del asesino al ver como se esfumaban sus aspiraciones políticas. Todo era confusión, Obregón recibió varios impactos de bala, había perdido la batalla de su vida a los 48 años de edad y lo hizo con la muerte, en el restaurante “La Bombilla” de San Ángel el 17 de julio de 1928
La pistola de José de León Toral, una “Eibar-Star” calibre 32 de manufactura española, tenía capacidad para seis tiros. Cinco los había destinado para acabar con Obregón y el último lo reservó para dispararse en la sien luego de cumplir su cometido: acabar con la vida de Obregón a cambio de la suya. Paradógicamente, la autopsia demostró que trece y no cinco, fueron las balas que acabaron con la vida del caudillo.
El presidente electo había sido asesinado. ¿Complot? ¿La mano justiciera de un asesino solitario? Como quiera que fuese todos eran sospechosos: los fanáticos religiosos por su abierta oposición al jacobinismo de los sonorenses expresada con las armas en la mano en la guerra cristera; el Presidente Calles por mera ambición y manifiesta rivalidad; el líder obrero Luis N. Morones porque había perdido la carrera por la silla presidencia frente al “manco”, incluso la vieja guardia revolucionaria tenía sus motivos: el ambicioso general modificó la Constitución para violentar el ya entonces sagrado principio de la no reelección para perpetuarse en el poder. Quizá ningún otro político en la historia reciente de México había acumulado tal cantidad de razones para ser asesinado.






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